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En la provincia subtropical, donde el año empezó pasado por agua y siguió bajo una humedad política persistente, el oficialismo dejó de expandirse para aprender a no desbordar. Osvaldo Jaldo no construye volumen: administra bordes. Y en ese ejercicio, cada nombre cuenta menos por lo que suma que por lo que podría romper si se va. (foto de archivo)

Sucede que, visto desde arriba —como en Desde arriba todo se ve distinto— el poder en Tucumán no se mide en aplausos sino en silencios. En los que aceptan. En los que esperan. En los que, aun incómodos, deciden no moverse. “No sobra nadie” no abraza: advierte. Delimita. Marca hasta dónde se puede tensar sin que el sistema ceda.

En ese clima espeso, el gobernador afina una práctica antigua con modales nuevos: contener para que nada se disperse. Intendentes en línea, estructuras activas, interlocutores siempre a mano. No hay épica en la escena; hay cálculo. La política deja de ser una promesa y se vuelve una mecánica: sostener, cerrar, evitar fugas. Que nadie rompa, que nadie arme por afuera con volumen suficiente como para alterar la geometría.

Late, sin embargo, un murmullo que no se disipa. Un peronismo que observa ese pragmatismo con desconfianza, que le pone nombre —corrimiento, desdibujamiento— y lo mastica en voz baja. Pero no rompe. No todavía. Porque en la provincia subtropical también se sabe leer el clima: afuera, la intemperie no ofrece refugio. Y el miedo a perder ordena más que cualquier consigna. Se traga, se acomoda, se sigue.

Ahí, casi sin escena, trabaja Miguel Acevedo. No impone, amortigua. Escucha antes de que el desacuerdo tome forma, acerca antes de que la distancia se vuelva ruptura. Es política en estado líquido: ocupar los intersticios para que nada se quiebre del todo. En tiempos de rigidez discursiva, su elasticidad sostiene.

Pero hay zonas donde la humedad ya no alcanza para soldar. En Rossana Chahla la tensión deja de ser abstracta y toma cuerpo. Sus sociedades de origen —ese entramado que la impulsó— entraron en colisión con la lógica de poder de Jaldo. Carlos Cisneros y la estructura de La Bancaria dejaron de ser un complemento para convertirse en fricción. No es un roce menor: es una intersección que incomoda y expone.

Porque cuando los cimientos discuten con el techo, la casa cruje. Chahla gestiona, ordena, muestra, cambia funcionarios, pero el margen se le vuelve fino. Ya no alcanza con surfear: el oleaje cambió de dirección. Las lealtades que la constituyeron hoy le exigen definición frente a un esquema que premia alineamientos claros. Y en ese punto, cada movimiento pesa más de lo que parece.

Del otro lado, la cabalgata del enojo perdió tracción en el barro. La declamación, repetida, empieza a quedarse sin aire cuando no encuentra traducción en la vida cotidiana. Los bolsillos flacos no escuchan consignas: piden resultados. Y la política del grito, sin organización, se disuelve en su propia intensidad.

El oficialismo no discute ese enojo: lo encierra. Que circule, pero que no coagule. Que exista como clima, no como estructura. Cerrar la tranquera, dicen sin decirlo. Evitar que la intemperie se vuelva opción.

Así, la provincia se ordena en una lógica de conservación. No hay grandes gestos, hay pequeñas contenciones. No hay expansión, hay perímetro. “No sobra nadie” es menos una invitación que un sistema de defensa: cada pieza en su lugar, cada desvío contenido, cada disidencia administrada.

Y en ese fondo, más profundo que cualquier alineamiento, late otra discusión, menos visible pero más determinante. La política dejó de organizarse alrededor de ideas para empezar a ordenarse por pulsiones. Ya no se milita un programa: se reacciona a un sentimiento.

En Tucumán —como en buena parte del país— dos fuerzas compiten sin decirlo. El miedo, que ordena, disciplina y conserva. Y el odio, que irrumpe, desborda y promete ruptura. Uno garantiza continuidad; el otro ofrece catarsis.

No es una disputa menor. Es la que va a definir, en el tiempo, qué tipo de poder se consolida. Si el que se sostiene en la prudencia de no perder o el que se alimenta de la necesidad de arrasar.

Sucede que cuando la política deja de ser ideología y se convierte en emoción primaria, ya no alcanza con que no sobre nadie. Alguien, tarde o temprano, va a lograr que sobre todo. O que falte todo.