Subjetividad y desarraigo estatal en la juventud

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​La crisis de representatividad que atraviesa el escenario político contemporáneo no es un fenómeno estrictamente electoral, sino el síntoma de una mutación antropológica y cultural profunda. El sector juvenil que hoy engrosa los padrones electorales —aquellos nacidos y criados en la intemperie del siglo XXI— no experimenta el desapego hacia las instituciones tradicionales por mera apatía, sino por una desconexión vital y material. Para este colectivo, las promesas del Estado de Bienestar no son un objeto de añoranza ni un derecho adquirido; son una abstracción anacrónica, una arqueología política que jamás intersectó su experiencia cotidiana.

​Para comprender la arquitectura mental de esta generación, es necesario analizar lo que el crítico literario Carlos Monsiváis y diversos teóricos de la post-modernidad denominan ficciones orientadoras: aquellos mitos, relatos y construcciones discursivas que, independientemente de su veracidad fáctica, operan como mapas de navegación social y ordenadores de sentido para los individuos. Cuando el Estado Nación deja de ser el garante del horizonte de ascenso social, el sujeto no queda en el vacío, sino que se abraza a nuevas ficciones para tramitar su incertidumbre.

Sucede que “los nuevos paradigmas”, dan nacimiento a nuevas visiones y pertenencias. Algunas de las principales ficciones orientadoras que vertebran la subjetividad de la juventud precarizada y explican su arraigo en las corrientes del capitalismo tardío o las expresiones libertarias son:

​1. La ficción de la “Soberanía Individual” (El mito del monarca de sí mismo)

​La primera y más potente ficción orientadora es la disolución de lo colectivo en favor de una autonomía radical. Ante la erosión de los lazos solidarios tradicionales (el sindicato, el barrio, el empleo de carrera), el joven se percibe a sí mismo como una unidad económica aislada.

  • El anclaje teórico: Esta noción encaja con precisión en lo que Michel Foucault describió en sus cursos sobre biopolítica (Nacimiento de la biopolítica) como el pasaje al homo economicus contemporáneo: el individuo transformado en “empresario de sí mismo”. Su propio cuerpo, su tiempo y sus habilidades son vistos como un capital que debe gestionar y hacer rendir.
  • La experiencia material: Para un joven que trabaja de repartidor mediante una aplicación, que genera contenidos digitales o que sobrevive en la informalidad, la idea de “patrón” o “jefe” se diluye. La ficción le otorga una narrativa de control: él elige sus horarios, él es su propio jefe. El Estado, bajo esta lupa, no aparece como un protector, sino como un agente confiscatorio (a través de impuestos o regulaciones) que obstaculiza su capacidad de auto-optimización. La soberanía individual es la respuesta psíquica a la desprotección estructural.

​2. La ficción de la “Meritocracia Tecnológica y Digital”

​A diferencia de la meritocracia escolar o industrial del siglo pasado —donde el esfuerzo en el aula o la fábrica garantizaba un progreso escalonado—, la juventud actual se orienta bajo la ficción del mérito indexado a la audacia y la adaptabilidad digital.

  • El anclaje teórico: El filósofo coreano Byung-Chul Han, en obras como Psicopolítica, desentraña cómo la sociedad del rendimiento ha sustituido la explotación externa por la autoexplotación voluntaria bajo la ilusión de la libertad. El individuo se autoexplota en pos de un ideal de éxito que el entorno digital amplifica constantemente.
  • La experiencia material: El algoritmo se convierte en el nuevo tribunal del mérito. La viralidad, el arbitraje de criptomonedas, el desarrollo de software freelance o el comercio digital configuran un ecosistema donde el éxito se percibe como el resultado directo de la astucia y la velocidad propia, no de las condiciones estructurales de partida. Cuando la política tradicional les habla de “redes de contención estatal”, este sector escucha “mediación ineficiente”. La ficción dictamina que el mercado digital es horizontal y democrático; las barreras de clase, por ende, quedan invisibilizadas detrás de la pantalla.

​3. La ficción del “Presentismo Absoluto” (El colapso del tiempo histórico)

​El Estado de Bienestar se fundaba sobre una temporalidad lineal y predecible: el ahorro, la jubilación, la casa propia a largo plazo; en suma, una biografía planificable. La juventud precarizada habita una temporalidad radicalmente distinta, marcada por la inmediatez y la obsolescencia.

  • El anclaje teórico: En Realismo Capitalista, Mark Fisher describe cómo el capitalismo contemporáneo ha colonizado la consciencia, provocando un flujo constante de estímulos que satura el aparato psíquico e impide proyectar el futuro. Es lo que el sociólogo François Hartog denomina “presentismo”: el presente se convierte en la única dimensión real y habitable.
  • La experiencia material: Ante la imposibilidad fáctica de acceder a la vivienda propia o a un empleo con estabilidad garantizada por las próximas décadas, el joven descarta la planificación a largo plazo. Las ficciones orientadoras aquí se vuelven estéticas y de consumo inmediato. El bienestar no se mide en la solidez patrimonial, sino en la capacidad de usufructo del aquí y ahora (experiencias, tecnología, indumentaria, movilidad urbana fragmentada). La promesa estatal de una jubilación digna dentro de cuarenta años resulta una quimera irrelevante para quien debe resolver sus ingresos de la próxima semana.

​4. La ficción de lo “Comunitario Desterritorializado”

​El desarraigo respecto al Estado-Nación y sus símbolos cívicos no implica una falta absoluta de comunidad, sino una transmutación de la misma. La ficción orientadora desplaza el concepto de “patria” o “ciudadanía” hacia comunidades de afinidad globales e hiperconectadas.

  • El anclaje teórico: Conceptos como las “tribus urbanas” de Michel Maffesoli o las identidades globales descritas por Zygmunt Bauman explican cómo, ante la liquidez de las instituciones modernas, los sujetos buscan refugio en lazos volátiles pero intensos, mediados por la estética y los consumos compartidos.
  • La experiencia material: El arraigo ya no se construye en el comité político, el club de barrio o la plaza cívica. Se teje en comunidades gaming, foros de discusión global, redes de creadores de contenido o subculturas estéticas de internet. Estas comunidades ofrecen un sentido de pertenencia y validación que el Estado no provee. Para este colectivo, la burocracia estatal es percibida como una pesada maquinaria territorializada que pertenece al mundo analógico de sus padres, mientras que su verdadera cotidianeidad transcurre en un plano global desregulado.

El desafío de una nueva ontología política

​El error recurrente de las fuerzas políticas tradicionales —tanto de corte progresista como conservador clásico— consiste en juzgar estas ficciones orientadoras bajo la categoría moral de “egoísmo” o “alienación”. No se trata de una falla moral, sino de una estrategia de supervivencia subjetiva.

​Las juventudes no añoran el Estado de Bienestar porque nunca existió para ellas una correspondencia empírica entre las palabras “Estado” y “Bienestar”. Para ellos, el Estado ha sido, fundamentalmente, el administrador de la crisis permanente, el burócrata del estancamiento o la fuerza punitiva.

​Mientras las propuestas alternativas insistan en ofrecer recetas basadas en la nostalgia de un pacto social industrial que ya no tiene bases materiales sobre las cuales sostenerse, las ficciones de la soberanía individual y el mercado digital seguirán funcionando como los únicos mapas disponibles para navegar las aguas de la precariedad. Disputar ese sentido requerirá no una vuelta al pasado, sino la invención de nuevas ficciones colectivas capaces de ofrecer una emancipación real, material y tangible en el siglo XXI.