River gana sin convencer: el pragmatismo de Coudet y la cultura de la supervivencia

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River está en una final. Ese dato, por sí solo, ordena cualquier discusión. Porque en el fútbol argentino la épica suele escribirse desde el resultado y no desde el proceso. Y, sin embargo, hay algo incómodo alrededor del equipo de Eduardo Coudet: gana, avanza, resiste, pero rara vez seduce.

La estadística fría lo respalda. Primer torneo, primera final. Un recorrido construido más desde la eficacia emocional que desde el brillo futbolístico. River no atropella. River sobrevive. Y en esa supervivencia empieza a aparecer un rasgo que excede al entrenador y hasta al propio plantel: la adaptación de un club históricamente asociado al paladar negro a una época donde el pragmatismo cotiza más alto que la estética.

Coudet parece haber entendido antes que muchos que el fútbol argentino dejó de premiar las obras completas. Hoy premia la administración del daño. Equipos cortos, partidos incómodos, victorias mínimas y una tolerancia creciente al sufrimiento. River no juega para dominar durante noventa minutos; juega para permanecer vivo dentro de los partidos hasta encontrar un margen. Y casi siempre lo encuentra.

Eso explica parte del fastidio de un sector del hincha. Porque River carga con una contradicción estructural: necesita ganar como cualquier grande, pero además debe hacerlo “bien”. El problema es que el contexto actual castiga a los equipos que se exponen demasiado. La intensidad física, los calendarios comprimidos y la paridad general del fútbol argentino erosionaron la idea romántica del dominio permanente.

Entonces aparece este River. Un equipo que transmite menos autoridad estética que competitiva. Que parece más cerca del cálculo que de la inspiración. Que administra más de lo que arriesga. Y aun así llega.

Ahí está quizá la principal virtud de Coudet. No haber construido un River brillante, sino un River funcional a este tiempo. Uno que entiende cuándo sufrir, cuándo bajar revoluciones y cuándo transformar la tensión en combustible competitivo. El problema es que ese tipo de equipos rara vez enamora. Genera respeto antes que fascinación.

También hay una lectura política dentro del juego. River viene de años donde la vara quedó peligrosamente alta. La era de Marcelo Gallardo no sólo dejó títulos; dejó una identidad casi innegociable. Cada entrenador posterior carga con esa sombra. Y Coudet eligió no competir contra el recuerdo sino contra el presente. Puede parecer menos ambicioso desde lo discursivo, pero acaso sea más realista.

La pregunta de fondo es otra: ¿qué exige hoy el hincha de River? ¿Volver a sentirse representado por una idea estética o recuperar la costumbre de llegar a instancias decisivas aunque sea desde la incomodidad?

Porque las finales también revelan algo cultural. Los equipos que llegan seguido no siempre son los mejores; muchas veces son los que aprenden a convivir con el desgaste sin quebrarse. River, hoy, parece eso. Un equipo que no domina emocionalmente los partidos, pero tampoco se cae. Que juega al borde de la crítica, pero sigue avanzando.

Y tal vez ahí esté la verdadera discusión sobre Coudet: no si su River gusta o no gusta, sino si el fútbol argentino actual todavía permite construir equipos que gusten sin pagar costos competitivos demasiado altos.

Por ahora, los números lo sostienen. Primera competencia, primera final. El resto —la belleza, la identidad, el paladar— sigue en debate.