Peronismo en modo supervivencia: entre la acusación de traición y la elasticidad doctrinaria

En el peronismo, la palabra “traición” circula con facilidad cuando el poder se pierde. La escena actual repite esa liturgia: dirigentes señalados por votar leyes del oficialismo, gobernadores cuestionados por negociar fondos, legisladores acusados de “entregar banderas”. Sin embargo, la tensión no es novedosa. Es la expresión descarnada de un movimiento que, sin liderazgo ordenador, vuelve a su estado más pragmático.
La experiencia histórica lo confirma. Bajo Juan Domingo Perón, la doctrina podía expandirse o contraerse según la coyuntura: del estatismo industrial al acuerdo con sectores empresariales; de la tercera posición al realismo geopolítico. La cohesión estaba garantizada por la conducción. Tras su muerte y el gobierno de Isabel Perón, las internas dejaron de tramitarse verticalmente y se transformaron en fractura abierta. Sin árbitro, cada sector buscó salvar su parcela.
Hoy, con Javier Milei en la Casa Rosada, la discusión adopta otra forma. Gobernadores peronistas que acompañan proyectos oficiales argumentan responsabilidad institucional y defensa del interés provincial. Sus detractores hablan de claudicación ideológica. En Diputados y el Senado, las votaciones muestran bloques permeables, acuerdos transitorios y discursos que cambian según el tema. La homogeneidad es una excepción.
La Libertad Avanza explota esa fisura con método. No necesita una ruptura formal del peronismo; le alcanza con su fragmentación operativa. La estrategia es quirúrgica: aislar temas, negociar recursos, ofrecer gobernabilidad a cambio de acompañamiento legislativo. El costo reputacional lo paga el dirigente en su distrito; el beneficio político lo capitaliza el Ejecutivo.
Las denuncias de traición conviven, paradójicamente, con una tradición de versatilidad doctrinaria. El peronismo ha defendido en distintos momentos políticas de fuerte intervención estatal y programas de apertura económica; ha confrontado con el FMI y luego ha renegociado con el mismo organismo; ha sido oposición frontal y aliado táctico. Esa elasticidad, que en tiempos de conducción fuerte se presenta como pragmatismo estratégico, en tiempos de dispersión se percibe como incoherencia.
La coyuntura agrega presión. Provincias con cuentas ajustadas, caída de transferencias discrecionales y necesidad de obra pública enfrentan una ecuación simple: confrontar sin recursos o negociar con costos simbólicos. En ese dilema, muchos optan por asegurar gobernabilidad local. La épica queda subordinada a la administración.
Sin un liderazgo que sintetice y distribuya premios y castigos, el movimiento se parece más a una confederación que a un partido vertical. Cada actor calcula. Cada voto se pesa. Y en ese cálculo, las banderas pueden flamear en direcciones opuestas según el viento del momento.
El peronismo ha demostrado capacidad de mutación a lo largo de siete décadas. La incógnita no es si puede adaptarse, sino bajo qué conducción y con qué narrativa logrará convertir esta etapa defensiva en una nueva síntesis de poder. Mientras tanto, la tensión no es un desvío: es el síntoma.