osvaldoJaldo

por Néstor Luna (Director de Quorum)

Hay dirigentes que conciben el poder como una tarea colectiva. Otros lo entienden como un bien personal, casi doméstico, que conviene administrar con llave propia. Osvaldo Jaldo pertenece —sin rodeos— a este segundo grupo.

No es una novedad ni un vicio adquirido en la gobernación. Es método. Es formación. Y es una forma de leer la política.

Jaldo no convida poder. No lo distribuye, no lo delega y no lo comparte. En su lógica, el poder no circula: se concentra. Todo lo que intenta moverse por fuera de ese eje termina, tarde o temprano, neutralizado.

Sucede que esto no se verifica en discursos ni en actos partidarios, donde la palabra “consenso” siempre queda bien. Se verifica en los hechos administrativos, en los organigramas y en las ausencias. Basta revisar los decretos de designación del gabinete desde octubre de 2023, publicados en el Boletín Oficial de Tucumán. El patrón es evidente: ministros con bajo volumen político, sin estructura propia y sin autonomía real. No es casualidad. Es diseño.

Los dirigentes con historia, peso interno o capacidad de construcción política quedaron fuera del esquema. No hubo una mesa amplia del peronismo gobernante. Hubo una poda quirúrgica. Nadie se fue denunciando persecución. Simplemente dejaron de estar. En política, a veces, la forma más eficaz de desplazar es no confrontar.

La excepción vuelve a confirmar la regla. Darío Monteros, ministro de Interior, concentra poder territorial, estructura política y proyección familiar: esposa diputada nacional, hijo intendente de Banda del Río Salí. No es pluralidad. Es control. El poder que se tolera es el que no desafía ni compite.

Sucede que Jaldo tampoco convive con los llamados “libres pensadores”. No hay espacio para el disenso interno ni para dirigentes que pretendan pensar en voz alta. La dinámica se repite desde hace años y está documentada en sucesivos recambios de funcionarios y armados legislativos: quien expresa diferencias estratégicas queda fuera del mundo Trancas. No hay expulsiones ruidosas ni escándalos públicos. Hay congelamientos, silencios administrativos y carreras que se apagan sin comunicado.

Este estilo no surge de la nada. Tiene raíz. Jaldo es oriundo de Trancas, un municipio de los más chico de Tucumán, con bajo peso electoral relativo en el mapa provincial. Allí la política se aprende de manera directa: conducción personal, control de lealtades y verticalismo sin intermediarios. No es una crítica geográfica. Es una escuela política. La lógica del patrón criollo no se estudia: se hereda.

Desde el retorno de la democracia en 1983, Jaldo ha ocupado cargos públicos de manera casi ininterrumpida. El dato no es opinable: se verifica en registros legislativos, ejecutivos y en las listas electorales de distintas etapas. Cambiaron los sellos, los liderazgos y los discursos, pero no su lugar dentro del Estado.

Fue Vanguardia Federal; luego “mamilo” con Olijelas Rivas; “mirandista” con Julio Miranda; “alperovichista” durante la hegemonía de José Alperovich; “manzurista” cuando Juan Manzur concentró el poder provincial; y hoy “dialoguista” con Javier Milei. No hay contradicción ideológica porque nunca hubo una identidad doctrinaria rígida. El pragmatismo no es una herramienta: es la ideología.

Sucede que ese pragmatismo también se expresa en un dato poco discutido pero fácilmente rastreable: el uso reiterado de candidaturas testimoniales. Las boletas electorales de distintos turnos muestran postulaciones que no buscaban representar sino posicionar, acumular poder y sostener centralidad. La política entendida como sistema de permanencia.

Otro rasgo distintivo de la conducción del gobernador, es la necesidad de focalizar enemigos. Preferentemente internos. El adversario externo ordena menos que el conflicto dentro del propio espacio. Gobernar tensionando al Partido Justicialista (que preside Manzur), disciplinando hacia adentro y evitando liderazgos alternativos ha sido una práctica recurrente. No hay herejes afuera; hay desviados adentro.

Jaldo gobierna sin mesa política estable. No existe un “círculo rojo” provincial que incida de manera sistemática en la toma de decisiones. Tampoco una usina intelectual o técnica que funcione como contrapeso. Las decisiones no se consultan, no se anticipan y rara vez se explican: se ejecutan. La política queda reducida a la administración del mando.

Sucede, además, una paradoja que en Tucumán todos conocen. En la provincia, Jaldo grita. En Buenos Aires, susurra. Aquí ejerce autoridad sin matices; allá dialoga, espera y acompaña. No es una crítica: es una descripción funcional. Duro con los de abajo, complaciente con los de arriba. Inflexible con subordinados, pragmático con el poder nacional. No por convicción ideológica, sino por conveniencia estructural.

Este método no es abstracto. Tiene expresión concreta y reciente.

Días atrás, el Poder Ejecutivo provincial dispuso el reemplazo del interventor y del subinterventor de la Caja Popular de Ahorros, ambos dirigentes que respondían al gremio bancario y al diputado nacional Carlos Cisneros. En la conferencia de prensa previa, el tranqueño que regreso antes de sus vacaciones por la filtración de unas imagenes que lo mostraban en una playa mexicana, dejo entrever que habría medidas para “el carancheo” político. Algunos aseguran que en la decisión pesaron más las fotos robadas que la real politique. Sin embargo, sin debate público, ni demasiadas explicaciones explotó la decisión y al otro dia la ejecución.

En los corrillos políticos comarcanos, el movimiento fue leído más como un mensaje interno que como una medida meramente administrativa.

La Caja Popular de Ahorros no es un organismo menor. Es una caja de poder histórico, una institución sensible, con memoria política propia. Y el dato no es anecdótico: Osvaldo Jaldo también fue, no hace tanto, interventor de la Caja Popular. Conoce sus pasillos, su lógica y su valor estratégico. Nadie actúa por desconocimiento cuando pisa un territorio que ya transitó.

En política, las decisiones no suelen ser aisladas. Funcionan como señales. Y esta lo fue. Un ajuste fino dentro del propio espacio, sin estridencias, pero con efecto inmediato. Otra confirmación de un estilo que no discute, no comparte y no delega.

A veces, para entender el poder, no alcanza con mirar dónde se ejerce.

A veces, para entender el poder, es necesario recordar que quien hoy decide… ya estuvo antes en todos lados.

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