Cuando el 24 de Marzo se escribía en 2003

En marzo de 2003, cuando el 24 de marzo todavía no ocupaba el centro de la agenda pública y la producción editorial local era escasa, La Semana de Tucumán —producto editorial de Quórum Consultores Asociados— publicaba estas cuatro piezas sobre memoria, verdad y justicia. A 23 años, se recuperan como documento de época: por lo que dicen y por el contexto en que fueron escritas.
El chicle y el 24 de marzo
por Eduardo Rosenwaig
El público ignora que la palabra chicle llegó del nahua mexicano tzictli. La gomorresina esa que fluye del tronco del chicozapote cuando se le hacen las incisiones al empezar la estación lluviosa. Lo usaban las chicas de México para masticar y se vendía en panes. Después vino Adams y la capturó y vendió al mundo, pero los dueños indios siguieron tan pobres como antes. También estaba Bazooka, que con nombre de arma letal venía acompañado de un papelito sorpresa con historias de la pequeña Lulú, que vive en un barrio de clase media de Nueva York, etcétera.
Seguimos masticando el 24 de marzo, la dictadura más feroz de la historia argentina, acompañada entonces de la legitimación social del “algo habrá hecho”, versión remodelada del antiguo “no te metás” argentino. En lo que masticamos se proyecta el drama de la desmemoria: ¿cuántos criminales, acaso culpables de torturas y genocidio, fueron a la cárcel? El mismo chicle del pueblo que intentó justicia se capturó y vendió al país con otro nombre. Fueron los años de las leyes de Obediencia Debida, vendidas por el presidente que firmó unos días antes el corte de la Comisión que investigaba sobre desaparición de personas. Menem, durante diez años, creó ricos masticadores de chicle y millones de excluidos masticadores de basura en los tachos. Indultó a los genocidas que estaban presos y se dedicó a privatizar.
De la Rúa, que era un muñeco de cera en el museo de la edad conservadora, y al que la gente se acercaba a tocarle la mejilla riendo porque parecía de verdad, vendía los bazooka con papelitos de Félix el Gato, en blanco y negro, cuando los chicos buscaban a Robocop en tridimensión.
Así llegamos a esto que es la mediocridad del menemismo. O sea: todos los socios de Menem que ponían cara de serios entonces, porque no sabían qué otra cosa poner frente a la inimitable zafadura histriónica del “Turco”, son el gobierno. Por supuesto que ni se acuerdan del 24 de marzo. Prometen camionadas de chicles para las elecciones.
No me acuerdo de algo más. No sé qué fue el 24 de marzo de no sé qué año. La dirección de ATEP tampoco sabe, y eso que ellos parecen haber sido maestros.
Legados y posibilidades
por Comisión de Derechos Humanos de Tafí Viejo
Una vez más reiteramos nuestro compromiso contra el olvido y el silencio. Como organización joven, fueron muchos los desafíos que nos ayudaron a construir este espacio abierto, plural y democrático. Un espacio que no quiere olvidar lo que la maquinaria del horror se empeña en borrar.
Como grupo de derechos humanos, vamos en busca de una nueva identidad, una que fue negada y que se nutra no sólo de las experiencias colectivas sino también de las marcas que el terrorismo dejó en el ámbito doméstico.
Creemos que desde hace tiempo Tucumán hace del onomástico un tibio reclamo testimonial. Por eso pensamos necesario articular nuevas propuestas con nuevos actores, con la convicción de que todo crecimiento implica innovar algunas prácticas.
Para fortalecer las nuevas formas de conciencia social que se abren camino, creemos necesario no sólo recordar el “valor” histórico de un 24 de marzo. Es importante un esfuerzo mayor.
El desafío de crecer nos pone frente a lo urgente-cotidiano y la hondura reflexiva de los rumbos posibles. Pero sólo basta mirar un poco más para descubrir otras miradas y otros brazos que, sin distinciones, piden un lugar en la construcción social por la identidad y la justicia.
Además, la oportunidad que abre la consideración de esta crisis puede ayudar a empujar algunos presupuestos ya agotados en los autodenominados grupos contrahegemónicos de este sistema excluyente.
Por eso, ante todo, está la herramienta principal para cualquier grupo social que pretenda alguna transformación en el campo de los derechos humanos: la suma de lógicas y gestos que provienen de distintas matrices organizativas.
Habría que emanciparse del fatalismo, denunciar las alternativas engañosas, agotar las reservas de la imaginación y disputar los deseos.
La verdad que no queríamos mirar
A principios de 1984, un grupo de notables comenzó a recabar testimonios e informaciones para recomponer el mapa del horror perpetrado durante la dictadura militar. “Fue un descenso a los infiernos”, dijeron los integrantes de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP).
Después de meses de arduo trabajo, de sobresaltos y escozor permanente, la CONADEP dijo que la dictadura militar “produjo la más grande tragedia de nuestra historia”. Aludió a la pavorosa universalización de la palabra “desaparecidos” y también advirtió que, a la par del miedo inoculado en la sociedad, coexistió la justificación de las atrocidades.
La CONADEP contabilizó la existencia de unos 9.000 desaparecidos. Realizó una completa disección de la metodología del terror y armó el mapa de los campos de concentración. Hasta circuló una lista de todos los involucrados en los delitos de lesa humanidad, que no fue incluida en el texto definitivo.
Ese texto fue entregado en octubre de 1984 al entonces presidente Raúl Alfonsín en medio de una gigantesca movilización popular. El informe recuerda que, si bien la Justicia debía dar la última palabra, “no podemos callar frente a lo que hemos oído, leído y registrado”.
Así llegaron el juicio a las juntas, las condenas, las leyes de impunidad y los indultos. Sin embargo, años después, la Justicia encontró un resquicio para volver a arreglar cuentas con el pasado y poner en su lugar a los represores: los juicios por la apropiación ilegal de niños —delito que no prescribe—, así como los juicios por la verdad y los debates por la derogación de las leyes de impunidad, volvieron a poner en primer plano esa etapa.
Todo lo que quieran saber las generaciones presentes y futuras se encuentra en ese informe de la CONADEP. Allí se subrayaba que sólo la verdad y la justicia podían cimentar la democracia argentina.
El aniversario del dolor
por Ing. Humberto Rava
Una sociedad libre no tiene una memoria única: es plural y diversa. Cada uno cree vivir lo que vivió. Por eso, como sociedad, necesitamos decir cómo fue aquella etapa, la verdad y el debate profundo que cierren las heridas que aún, a pesar del tiempo, siguen abiertas.
Hoy venimos a honrar a los desaparecidos, a quienes tuvieron vocación militante y compromiso político por una sociedad más justa. Pero también queda la sensación de que no todo fue aprendido: sus consecuencias siguen entre nosotros.
Si bien nadie querrá volver al pasado, donde hay sólo pérdidas, el pasado regresa muchas veces en simultáneo con el presente, que nos desafía. Como sociedad, el camino de la reconstrucción de la propia historia, intentando superar las intolerancias, es un desafío actual.
Recordamos la dictadura, pero también sus efectos posteriores: la fragmentación social, la debilidad institucional y la pérdida de referencias comunes.
En síntesis, imaginar un nuevo país requiere convicción y capacidad. El “Nunca Más” no es sólo una consigna: es una construcción colectiva que exige memoria activa y responsabilidad social.
24 de marzo 2026
A 50 años de la atrocidad, lo que para muchos fue una bandera sostenida en soledad se volvió, en algunos casos, un gesto cómodo. Y para otros, la ignorancia —o la conveniencia— empuja a discutir desde la superficialidad de la grieta lo que ya fue juzgado por la historia y por la Justicia.
Este documento no busca ordenar ese debate. Apenas deja algo más incómodo: evidencia. Muestra qué se decía cuando no era tendencia, quiénes hablaban cuando no había clima, quiénes escribían cuando no había recompensa.
Ahí está la diferencia.
El homenaje, entonces: Es para los que estuvieron antes de que fuera fácil. Para los que sostuvieron una posición cuando implicaba costo. Para los que no necesitaban consenso para decir lo que había que decir.
Como escribió Bertolt Brecht, para “los imprescindibles”.