El Dorado de Olivos: la moneda que no fue y el lobista que quiso acuñar un mito

La historia dice que el oro no se come, pero en la Argentina de finales de 2024, algunos creyeron que podía alimentar una mística. Mientras el país dormía bajo el arrullo de la ópera dominical en la Quinta de Olivos, entre las sombras del jardín y el eco de los tenores, se gestaba un negocio de metal y soberbia: una moneda con el perfil de un león y el rostro de un presidente (foto).
Todo consta en los folios de la causa $Libra, ese laberinto judicial que el fiscal Eduardo Taiano y el juez Martínez De Giorgi recorren hoy con linternas de peritaje. En el centro de la escena, un teléfono: el de Mauricio Novelli, un criptolobista de 29 años que, antes de ser un investigado, fue el hombre que susurraba proyectos al oído de los hermanos Milei.
La alquimia en el chat “Proj. Argentina”
El plan no era un delirio solitario. Tenía nombre de grupo de WhatsApp y pedigrí europeo. Junto a Novelli orbitaban Iván Canales Vandewijngaerden (ICV Advisors) y Gregor Beck, un hombre con silla en el Bank von Roll de Suiza y en la poderosa Degussa Goldhandel. El objetivo era tan tangible como un lingote: acuñar piezas de oro y plata de una onza con la efigie de Javier Milei.
El diseño ya estaba listo desde el primer suspiro de la gestión. De un lado, el perfil del mandatario, con el mentón desafiante y el cabello fundiéndose en la melena de un león. Del otro, un sol radiante y el grito de guerra: “¡Viva la libertad, carajo!”.
“Yo sigo insistiendo que debe ser moneda, validada por el Banco Central”, escribía Beck con la urgencia del que sabe que el oro, sin el sello del Estado, es solo una medalla acosada por los impuestos de exportación.
Peregrinación a la Rosada
Los registros oficiales no mienten, aunque a veces callen. Entre abril y noviembre de 2024, la comitiva del metal precioso desfiló por los despachos de Karina Milei. El 5 de abril, la “Jefa” recibió a Novelli, Canales y Beck, acompañados por August François von Finck, heredero de una dinastía de banqueros alemanes.
Para junio, las máquinas en Alemania ya habían escupido la primera “prueba de producción”. El negocio estaba vivo. El precio proyectado: US$ 3.150 la pieza de oro; US$ 50 la de plata. El botín estimado: casi medio millón de dólares de ganancia para repartir entre “Nos y Ellos”, tras un módico aporte del 5% para una supuesta beneficencia educativa.
La noche de los detractores
El domingo 10 de noviembre fue el clímax y el principio del fin. Novelli entró a Olivos a las 18:38. Allí, entre economistas amigos y funcionarios, el lobista tanteó el terreno. El aire estaba espeso.
“J sí quiere que salga”, mandó Novelli por audio a sus socios, refiriéndose al Presidente. Pero el poder en Argentina nunca es un vector lineal. “Él quiere, pero se lo tienen que habilitar”, aclaró, dejando en el aire el nombre de quien debía dar la luz verde final.
A pesar del entusiasmo de Beck —que pedía aprovechar el “momento Trump” y hasta fantaseaba con una moneda que incluyera a Elon Musk—, los “detractores” del entorno presidencial ganaron la pulseada. El 16 de noviembre, el proyecto entró en un stand by eterno.
El epílogo de la desmesura
La moneda de oro quedó en el limbo de las ideas que el escándalo $Libra terminó por enterrar. Novelli, con la velocidad de los que no tienen raíces, pasó de página rápido: apenas unos días después de aquel fracaso, entraba de nuevo a la Rosada de la mano de Hayden Mark Davis, el hombre que meses más tarde lanzaría la criptomoneda que hoy es el epicentro de la tormenta judicial.
El oro no llegó a brillar en las manos de los inversores, pero sus rastros quedaron grabados en los servidores de la DATIP. Es la crónica de una ambición que buscó en el metal una forma de eternidad y terminó encontrando un expediente en Comodoro Py.