Falleció Cherquis Bialo, una forma de escribir el deporte

A las 85 años murió Ernesto Cherquis Bialo. La noticia cierra una biografía extensa, pero sobre todo un estilo: el de una generación que no narraba resultados, sino que construía relatos. Padecía leucemia. Había atravesado internaciones recientes. Esta vez no hubo margen.
por Redacción asistida por IA
No fue un periodista más del ecosistema deportivo. Fue parte de una tradición. Su nombre quedó asociado de manera casi automática a El Gráfico, donde ingresó a comienzos de los años 60 y terminó ocupando la dirección. En esa redacción —que funcionaba como escuela y filtro— se formó y también dejó huella. La consigna era simple y exigente: respetar al lector. Cherquis la tomó como método.
Su escritura no fue neutra ni buscó serlo. Tenía una marca reconocible: barroca, detallista, con una cadencia que se detenía en la escena más que en el dato. En tiempos donde la televisión empezaba a disputar el relato del deporte, esa forma de escribir sostuvo una idea: que el periodismo podía agregar sentido, no solo velocidad.
El boxeo fue su territorio natural. Ahí construyó autoridad y también identidad. Narró a Carlos Monzón, reconstruyó épocas y dejó crónicas que excedían la pelea. Su vínculo con figuras como Muhammad Ali no fue solo de cobertura: fue de interpretación. Entendía el ring como un escenario donde se cruzaban deporte, política y cultura.
También tuvo paso institucional. Entre 2008 y 2016 fue vocero de la AFA, en una etapa compleja del fútbol argentino. Ese rol lo expuso a otra lógica: la de administrar discurso más que producirlo. Aun así, su figura nunca dejó de remitirse a la redacción.
Había nacido en Montevideo en 1940, hijo de inmigrantes, pero su identidad fue inequívocamente porteña. El tránsito por conventillos, el vínculo con el boxeo y la cultura de redacción terminaron de moldear un perfil que combinaba calle y oficio.
En sus últimos años volvió a publicar con regularidad. Ya no desde la urgencia, sino desde la memoria. Sus textos recuperaban escenas —una pelea en Zaire, una noche en el Luna Park, un diálogo menor— y las convertían en piezas donde el tiempo no era lineal, sino narrativo.
Su muerte no cierra solo una carrera. Marca el retiro definitivo de una forma de hacer periodismo deportivo: menos inmediata, más trabajada, con pretensión literaria y vocación de archivo.
Queda su escritura. Y en ese registro, la evidencia de que el deporte también puede contarse como historia.