Cuando los hechos ya no cambian nada

JABON-QUESO

En la política de estos tiempos los hechos ocurren, se filman, se viralizan… y aun así casi no cambian nada. Lo sucedido con la agresión al diputado nacional Federico Pelli —un episodio que rápidamente circuló en redes y pantallas— ofrece una radiografía bastante precisa de ese fenómeno.

El video se multiplicó en cuestión de horas. La escena es clara: una discusión, tensión creciente y un cabezazo que transforma una disputa política en un hecho de violencia. El agresor, Marcelo Segura, quedó inmediatamente identificado en la secuencia que circuló por miles de teléfonos.

Sin embargo, lo verdaderamente revelador no es el hecho en sí, sino cómo lo procesa la sociedad.

Porque lejos de abrir un debate común, el episodio parece haber confirmado una regla cada vez más visible: cada sector mira la misma escena desde su propia vereda y sale de ella exactamente igual a como entró.

De un lado, los sectores vinculados a La Libertad Avanza reaccionaron con indignación inmediata. Reclamos de responsabilidades políticas, pedidos de renuncias y la exigencia de sanciones para el agresor formaron parte de un discurso que interpreta el hecho como síntoma de una cultura política que no tolera la disidencia.

Del otro, el oficialismo tucumano alineado con el gobernador Osvaldo Jaldo repudió la agresión, pero rápidamente desplazó el foco hacia lo que considera un intento de capitalización política del episodio. En ese relato, el incidente aparece como un capítulo más de la confrontación nacional, atravesada por la discusión sobre recursos, obras y responsabilidades del Estado.

Entre ambas posiciones aparece una tercera lectura, más cínica o más pragmática según quien la formule. En ese registro, algunos describen al diputado como alguien que se “regaló” a la situación. No justifican la agresión, pero sugieren que la política —sobre todo la política territorial— es un terreno áspero donde la ingenuidad suele pagarse caro.

Y luego está el tercer grupo. El más silencioso y probablemente el más numeroso: los que miran el video, comentan algo en redes o simplemente pasan al siguiente contenido sin detenerse demasiado. No investigan quién es quién ni por qué discutían. Para ellos, el episodio es apenas otro ruido en la banda sonora permanente de la política argentina.

Tres reacciones diferentes ante el mismo hecho. Ninguna modifica demasiado la posición previa.

Ese fenómeno tiene nombre en la literatura académica. Desde hace décadas, la psicología social y la ciencia política estudian lo que se conoce como sesgo de confirmación, una tendencia cognitiva por la cual las personas interpretan la información de modo que confirme sus creencias previas. A esto se suma lo que los investigadores llaman polarización perceptiva: cuando grupos con identidades políticas fuertes observan el mismo hecho pero lo interpretan de manera radicalmente distinta.

En otras palabras, la información no corrige las convicciones; se acomoda a ellas.

Durante mucho tiempo se creyó que el acceso masivo a información ampliaría el debate público y permitiría revisar posiciones. La realidad contemporánea parece ir en sentido inverso: la información circula más que nunca, pero las convicciones cambian menos que nunca.

Las redes sociales funcionan más como espejos que como ventanas. Cada comunidad política selecciona qué mirar, qué amplificar y qué relativizar. El resultado es una conversación pública fragmentada en múltiples realidades paralelas.

En ese ecosistema, los hechos ya no discuten las ideas. Las ideas domestican los hechos.

Un video que en otro tiempo podría haber sacudido consensos básicos hoy se integra rápidamente al repertorio narrativo de cada tribu política. Para unos confirma que el adversario es violento. Para otros demuestra que el rival exagera. Para muchos más es simplemente una anécdota pasajera.

Nada nuevo bajo el sol, pero sí intensificado al máximo.

La política argentina —y en buena medida la sociedad— parece haberse acostumbrado a vivir en ese estado de percepciones superpuestas. No hay un terreno común donde discutir lo ocurrido; hay interpretaciones que compiten por imponer su propio sentido.

Quizá por eso el viejo cuento popular sigue funcionando como metáfora. Alguien muestra con evidencia que lo que tiene en la mano es jabón. Pero quien lo prueba insiste en que tiene gusto a queso.

Y cuando cada uno decide de antemano qué sabor quiere sentir, discutir sobre la sustancia se vuelve un ejercicio casi inútil.

En ese clima, incluso un hecho tan concreto como una agresión filmada deja de ser un punto de partida para revisar conductas colectivas. Se convierte apenas en combustible para relatos que ya estaban escritos.

Los hechos ocurren. Las cámaras registran. Las redes viralizan.

Pero al final del día, casi nadie cambia de opinión.