RIESGOPAIS

Hay una escena que se repite en la conversación pública argentina. Alguien mira el número del Riesgo País, levanta las cejas con gesto dramático y sentencia: “Estamos peor que tal o cual país”. Lo dice con la solemnidad de un médico que acaba de leer un electrocardiograma.

El número proviene del índice que calcula JPMorgan. Una herramienta pensada para inversores. Su función es simple: estimar la probabilidad de que un Estado pague o no pague su deuda.

Eso mide. Nada más. No mide si el sistema educativo funciona. No mide si una familia puede alquilar. No mide si un hospital público atiende. No mide si la gente vive sin miedo a cruzar una avenida.

Pero en la Argentina ese número se transformó en una especie de oráculo nacional. Un indicador financiero terminó ocupando el lugar de diagnóstico existencial.

Y ahí empieza la confusión.

Porque la calidad de vida de una sociedad se mide con otros instrumentos: esperanza de vida, acceso a educación, desigualdad, movilidad social, cobertura sanitaria. Variables que utilizan organismos como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo o la propia Organización de las Naciones Unidas para evaluar cómo viven realmente las poblaciones.

El Riesgo País mide otra cosa: la percepción del mercado sobre la deuda.

Es como juzgar la salud de una persona mirando únicamente el límite de su tarjeta de crédito.

De allí surge una paradoja incómoda. Hay países atravesados por guerras, tensiones étnicas o conflictos estructurales que presentan indicadores financieros más “saludables” que economías socialmente más estables.

No porque la vida allí sea mejor. Sino porque pagan.

Los mercados valoran previsibilidad financiera. No evalúan la cohesión social, la tranquilidad de las ciudades ni la estabilidad cultural.

Por eso conviene recordar una herramienta escolar que algunos comentaristas económicos parecen haber olvidado: la regla de tres simple.

Si el Riesgo País mide deuda, y la deuda mide capacidad de pago, entonces el Riesgo País mide crédito. No mide vida.

Sin embargo, en el debate público argentino el indicador se utiliza como si describiera el estado anímico del país. Sube el número y parece que todo colapsa.

Baja el número y algunos creen que ya cruzamos el Atlántico rumbo a Europa. Ni una cosa ni la otra.

Hay además una contradicción curiosa. Muchos de los que se angustian mirando el Riesgo País sueñan con copiar modelos de sociedades que enfrentan problemas estructurales que aquí, sencillamente, no existen.

En Argentina no hay guerras religiosas. No hay conflictos étnicos crónicos. No hay regiones controladas por carteles de droga que reemplazan al Estado.

No hay ciudades enteras atravesadas por epidemias de opioides donde personas caminan dobladas por el fentanilo.

El país tiene problemas serios, nadie lo discute: inflación persistente, desorden macroeconómico, ciclos de crisis recurrentes.

Pero también tiene activos invisibles para el radar financiero: capital humano, recursos naturales, integración social relativamente alta y un sistema sanitario que, con limitaciones, no está estructuralmente colapsado.

El mercado no mide eso. Porque el mercado no mide sociedades. Mide flujos de pago. La política tampoco escapa a la lógica de las percepciones.

En una entrevista reciente con Luis Majul, el presidente Javier Milei describió su propia realidad con parámetros que dependen más de su autopercepción que de datos verificables: sostuvo que podría cobrar medio millón de dólares por conferencia, que su estado físico equivale al de alguien de treinta años y que bajó más de veinte kilos.

Puede ser cierto. Puede ser exagerado. Puede ser simplemente una construcción narrativa.

Pero el punto no es personal. Es cultural. Vivimos en una época donde la percepción cotiza tanto como los hechos. Los mercados operan sobre expectativas. La política también.

El precio de un bono no refleja necesariamente la vida cotidiana de la sociedad que lo emite. Refleja lo que otros creen que ocurrirá con ese país. La percepción termina dominando el diagnóstico. Pero conviene hacer una última pregunta incómoda.

¿De qué sirve tener un riesgo país de un dígito si tu cielo está cruzado por misiles?

¿De qué sirven los hoteles de lujo, las torres de vidrio y el glamour de sentirse potencia si la fragilidad es estructural?

¿Qué vale más: un bono confiable o una sociedad que puede vivir sin miedo?

Hay países con balances impecables y barrios blindados. Economías brillantes que conviven con fracturas sociales profundas. Potencias financieras cuya estabilidad depende de tensiones militares permanentes.

Ese también es un costo. Y no es menor.

Tal vez el problema argentino no sea solo económico sino cultural: hemos aprendido a despreciar lo que tenemos mientras idealizamos lo que otros pagan a precios altísimos.

Queremos salarios europeos, estabilidad escandinava, infraestructura asiática y glamour estadounidense.

Pero rara vez discutimos el costo histórico, político y social que esas sociedades pagaron —y aún pagan— para sostener esos modelos.

No todo progreso es gratis. Y no toda prosperidad se mide en una pantalla financiera.

Quizás por eso el debate argentino debería abandonar una vieja costumbre: la queja automática.

Antes de repetir que todo está mal convendría mirar el cuadro completo. Comparar realidades, no sólo indicadores.

Porque puede ocurrir algo curioso: que el país que algunos creen condenado tenga, en realidad, condiciones que muchos otros perdieron hace tiempo.

La tranquilidad cotidiana. La convivencia social. La posibilidad de caminar por una plaza.

Cosas que no aparecen en ningún índice de JPMorgan.

Pero que, cuando desaparecen, ningún riesgo país de un dígito alcanza para reemplazarlas.