Karina consolida su centralidad y expone el repliegue de Caputo

La llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia no sólo resolvió una vacante. Confirmó el corrimiento interno tras el experimento del “purismo” electoral, fortaleció a Karina Milei como armadora nacional y dejó a Santiago Caputo fuera de la foto en más de un sentido.
La designación de Mahiques en Justicia terminó de blanquear una disputa que en la Casa Rosada ya no era un secreto: la tensión entre Karina Milei y Santiago Caputo por el control de áreas sensibles del Gobierno de Javier Milei.
La salida de Mariano Cúneo Libarona fue el punto de inflexión. Pero el dato político no está en la renuncia sino en quién ordena lo que viene. Justicia es una cartera estratégica: articula con el Poder Judicial, interviene en el Consejo de la Magistratura, incide en designaciones y sostiene la ingeniería legal de las reformas estructurales. No es un despacho técnico. Es poder en estado puro.
El nombramiento de Mahiques, con trayectoria en el Ministerio Público Fiscal porteño y vínculos consolidados en tribunales federales, fue leído como una decisión alineada con la Secretaría General de la Presidencia. Karina no sólo avaló el nombre: intervino en el armado del equipo y desplazó perfiles asociados al esquema de Caputo. El control político del área quedó bajo su órbita.
En ese movimiento aparece un actor lateral pero determinante: el entramado de los Menem. La articulación con el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y el peso histórico de Lula Menem como referencia territorial y parlamentaria, consolidan un eje que combina experiencia institucional y lealtad política. No es un dato menor en un Gobierno que necesita mayorías circunstanciales y respaldo técnico en el Congreso.
El trasfondo es electoral. El experimento del “purismo” libertario, impulsado como bandera identitaria por Karina en el armado de listas, dejó secuelas. La apuesta por candidatos propios, sin acuerdos amplios en determinados distritos, redujo márgenes y obligó a recalibrar la estrategia territorial. Ese resultado implicó una baja de acciones para el sector que promovía un esquema más cerrado. Desde entonces, la discusión dejó de ser doctrinaria y pasó a ser pragmática: quién ordena, quién negocia y quién administra el poder real.
Karina emergió de ese proceso con mayor centralidad como armadora nacional. Asumió el control del partido, definió candidaturas y consolidó su influencia sobre ministerios clave. Caputo, identificado con la construcción discursiva y la estrategia de confrontación permanente —las llamadas “fuerzas del cielo”—, comenzó a ver reducido su margen en áreas operativas.
La imagen más elocuente no estuvo en un decreto sino en una transmisión. En la última Asamblea Legislativa, la televisación oficial evitó enfocar a Caputo y a su núcleo duro. La política también se expresa en lo que se muestra y en lo que se omite. En un gobierno obsesionado con la comunicación, quedar fuera de cuadro no es un detalle técnico.
El trípode de poder que sostiene a Milei —el Presidente como vértice, Karina como administradora política y Caputo como estratega— atraviesa una fase de reequilibrio. Justicia fue el escenario visible de esa reconfiguración. Pero el mensaje excede una cartera: delimita zonas de influencia y establece jerarquías.
Milei necesita cohesión para avanzar con reformas que tensionan a la oposición, a los gobernadores y al propio sistema judicial. En ese contexto, la consolidación de Karina como eje político y la articulación con el entramado menemista buscan garantizar gobernabilidad antes que épica.
La designación de Mahiques no es un episodio aislado. Es la evidencia de que, tras la etapa de expansión discursiva, el oficialismo ingresa en una fase de administración de poder. Y en esa transición, la lapicera pesa más que el relato.