Villarruel redobla la apuesta y desafía a Milei

La vicepresidenta negó cualquier intento desestabilizador, rechazó presiones para dejar el cargo y apuntó contra el Presidente y su entorno. La interna oficialista escala y deja expuesta una fractura de poder en la cima del Gobierno.
La tensión en la cúpula del Gobierno sumó un nuevo capítulo. La vicepresidenta Victoria Villarruel respondió con dureza a las acusaciones de “golpismo” formuladas por el presidente Javier Milei y descartó de plano una eventual renuncia. “Eso quieren, mi renuncia. Pero no se les va a dar. El 10/12/27 hasta esa fecha ocupo con honestidad mi cargo”, escribió en la red social X.
El cruce se inscribe en el clima posterior a la apertura de sesiones ordinarias, acto atravesado por gestos y señales políticas explícitas. Milei deslizó en su discurso que “propios” sueñan con el sillón de Rivadavia. Villarruel interpretó la frase como una imputación directa y exigió pruebas. “Más grave fue la acusación de golpismo que sugirió el Presidente. Que lo demuestre”, replicó.
La disputa, sin embargo, excede el intercambio verbal. En la Casa Rosada reconocen que el esquema de poder consolidado por Karina Milei redefinió el equilibrio interno. La secretaria general avanzó en la centralización de decisiones estratégicas, desde la estructura partidaria hasta la articulación territorial. Ese proceso dejó a Villarruel con menor margen de incidencia política y sin control sobre resortes clave del oficialismo. La hegemonía del llamado “triángulo de hierro” tensiona la relación institucional y reduce la autonomía de la vicepresidenta.
En paralelo, el Senado se convirtió en otro escenario de reconfiguración. La eventual llegada de Patricia Bullrich como articuladora política en la Cámara alta agrega un elemento adicional. Bullrich mantiene diálogo fluido con gobernadores y bloques aliados; su desembarco fortalecería la estrategia del Ejecutivo en el Congreso y, a la vez, podría eclipsar el rol natural de Villarruel como presidenta del cuerpo. La lectura en despachos legislativos es que la ministra no sólo sumaría volumen político, sino capacidad de orden interno, un terreno que históricamente corresponde a la vicepresidencia.
La respuesta de Villarruel también apuntó al ministro de Defensa, Luis Petri. Lo acusó de dejar un “vacío” en la obra social de las Fuerzas Armadas, IOSFA, y aludió a una causa judicial en trámite. El tono fue áspero y personal. El oficialismo evitó escalar públicamente, aunque en privado admiten que la relación está en su punto más bajo.
El conflicto adquiere densidad institucional. La vicepresidenta no es una figura decorativa; preside el Senado y resulta clave para la gobernabilidad legislativa. El Gobierno necesita cohesión para sostener su agenda económica y reformas estructurales. La exposición de la fractura complica ese objetivo y habilita especulaciones en la oposición, que observa la fisura con atención estratégica.
Villarruel ratifica su mandato hasta 2027 y descarta cualquier presión. Milei consolida un liderazgo concentrado en su círculo íntimo. En el medio, la puja por la hegemonía interna define algo más que un desacuerdo personal: determina quién administra el poder real dentro del oficialismo y qué margen queda para una vicepresidencia que se resiste a quedar desplazada.