vivir

Hay lugares del mundo donde la noche no garantiza amanecer. Donde el sonido que organiza la rutina no es el despertador sino la alarma. Donde la política se mide en kilómetros de alcance y no en puntos de rating ni en clic. En Irán, en Israel y en tantos territorios atravesados por conflictos armados, la discusión pública gira alrededor de una pregunta primaria: seguir con vida.

Aquí, en la Argentina, en Tucumán, nuestras conversaciones son otras. Hablamos —con razón— de inflación, de salarios que no alcanzan, de política que decepciona, de promesas que se repiten. Nos divide la grieta. Nos fatiga la incertidumbre. Nos desgasta la sensación de estar siempre empezando de nuevo.

Nada de eso es menor. La pobreza duele. La inseguridad condiciona. La mediocridad indigna. Pero existe una diferencia estructural que conviene no perder de vista: nuestras tensiones no están atravesadas por guerras religiosas, ni por fracturas raciales que ordenen el poder, ni por disputas territoriales armadas. No huimos de nuestras ciudades. No enterramos generaciones por conflictos étnicos. No despertamos bajo bombardeos.

No es consuelo. Es contexto.

Somos, además, una sociedad aspiracional desde su origen. Nos pensamos como promesa. Y cuando esa promesa no se cumple al ritmo imaginado, aparece la frustración. Queremos vivir la vida que vemos en la pantalla, la que suponemos que otros alcanzaron, la que creemos que nos fue postergada. En esa comparación constante germina una insatisfacción crónica que erosiona más que la carencia material.

En Tucumán esa tensión es visible. Exigimos estándares altos con prácticas de corto plazo. Demandamos cambios profundos mientras naturalizamos la queja cotidiana. Pedimos institucionalidad, pero nos cuesta la disciplina mínima que toda institucionalidad requiere.

A ese cuadro se suma otro riesgo más sutil: importar odios ajenos. Convertir conflictos lejanos en banderas domésticas. Trasladar a nuestra vida cotidiana disputas religiosas, étnicas o geopolíticas que no nos constituyen. La solidaridad es legítima. La empatía, necesaria. Pero replicar en nuestras calles fracturas que no son propias es un lujo que no deberíamos permitirnos. Argentina no necesita sumar divisiones importadas a sus tensiones internas.

En sociedades atravesadas por la guerra, la prioridad es sobrevivir. En la nuestra, el desafío es convivir mejor. Y eso exige virtudes menos épicas y más constantes: disciplina para sostener procesos, empatía para aceptar la diferencia sin convertirla en amenaza, responsabilidad para cumplir con lo básico sin esperar siempre que lo haga otro.

No es resignación. Es madurez cívica.

Tal vez el punto de inflexión no esté en grandes reformas ni en liderazgos providenciales, sino en una revisión más íntima: dejar de convertir la queja en identidad. Entender que no vivimos la vida del otro. Que no somos la excepción trágica del mundo. Que tenemos conflictos, sí, pero también condiciones para resolverlos.

En un planeta donde amplias regiones discuten cómo sobrevivir a la próxima escalada, aquí el desafío sigue siendo más elemental y, a la vez, más exigente: ordenar lo que tenemos.

A veces, solo se trata de vivir. Y hacerlo un poco mejor que ayer.