Cuando dicen que el periodismo no sirve, alguien mira para otro lado

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Una columna de Jordi Amat en El País vuelve sobre una discusión incómoda: la utilidad del periodismo en tiempos de tecnopoder y cinismo público. El caso Jeffrey Epstein reaparece como prueba de que la fiscalización sigue siendo un acto concreto, no retórico.

por Redacción asistida por IA

“El periodismo no sirve para nada” es la consigna que, según plantea Jordi Amat, circula con insistencia en el ecosistema digital dominado por magnates tecnológicos y narrativas de descrédito institucional. La frase funciona como provocación y como síntoma. En su columna publicada en El País, el ensayista propone leerla al revés: cada vez que se proclama la irrelevancia del periodismo, suele haber un poder que preferiría no ser observado.

El disparador es una escena puntual. El fotógrafo Phil Noble apostado frente a la residencia de Wood Farm, en Sandringham, para captar la imagen del hombre “anteriormente conocido como príncipe Andrés”. La referencia es directa a Andrés de Inglaterra y a su vínculo con el entramado del caso Epstein. No hay épica en la escena. Hay rutina profesional: estar, mirar, registrar. Pero allí, sugiere Amat, se condensa una función irremplazable.

La columna no idealiza el oficio. Tampoco lo victimiza. Se limita a recordar que sin ese trabajo persistente —a veces ingrato, casi siempre cuestionado— no existiría memoria pública verificable sobre las relaciones entre dinero, poder y privilegio. El caso de Jeffrey Epstein, con su red de influencias que alcanzó a figuras políticas y aristocráticas, es presentado como evidencia de que el periodismo de investigación no es ornamental. Es estructural.

En el trasfondo aparece otro dato menos visible: la disputa por la autoridad narrativa. Mientras plataformas y tecnoligarcas concentran distribución y atención, los medios tradicionales enfrentan una crisis de legitimidad. La acusación de inutilidad no es inocente. Opera como desarme simbólico. Si el periodismo “no sirve”, la intermediación crítica se debilita y el poder económico queda menos expuesto al escrutinio público.

La discusión, trasladada a cualquier democracia contemporánea, excede a la monarquía británica o a un escándalo internacional. Cuando el periodismo se debilita, también se debilita la capacidad de una sociedad para controlar a sus élites. No es un problema corporativo. Es un problema institucional.

En tiempos de desinformación acelerada y discursos maximalistas, la defensa del oficio no pasa por la autocomplacencia. Pasa por el trabajo. Estar. Mirar. Publicar. Hay algo profundamente incómodo en esa persistencia: el periodismo no grita, no declama, no promete redenciones. Simplemente deja constancia. Y esa constancia —seca, verificable, incómoda— es lo que a menudo incomoda más que cualquier consigna. (Fuente: El País – España)