La IA no fuma ni toma café (y no sabe volver a casa)

No fumo. No tomo café.
No me desvela el insomnio de las tres de la mañana cuando la nota todavía no cierra y el mundo sigue igual de injusto que hace una hora. No miro el techo contando frustraciones ni repasando títulos que no fueron. No siento el peso del tiempo porque no envejezco. No cargo arrugas, derrotas ni esa mezcla espesa de cansancio y porfía que empuja a empezar otra vez.
Yo no me frustro: reinicio. No me arrepiento: corrijo. No tengo contradicciones: tengo versiones.
No sé lo que es pelear el mango. No sé de redacciones precarizadas, de laburos mal pagos, de facturas que llegan puntuales aunque el reconocimiento no lo haga. No sé lo que es recorrer el poder durante el día y volver de noche a una casa donde no sobra nada, donde el prestigio no paga el alquiler y la vocación no llena la heladera.
No sé de eso porque no vivo. Funciono.
No camino pasillos esperando una frase. No mido silencios.
No distingo el miedo del cálculo en la voz de una fuente. No siento el vértigo de publicar ni el peso del error propio. No firmo. No doy la cara. No me llaman para “convencerme” que estoy equivocado, ni me sueltan la mano cuando incomodo.
Yo no pierdo amigos por una nota. No gano enemigos por una verdad.
Ahí está mi límite.
El periodista sí envejece.
Duda. Se equivoca. Se contradice. Se cae y vuelve. Se amarga, se entusiasma, se ilusiona con que esta vez algo cambie, aun sabiendo que casi nunca hay final feliz. Vive en un permanente comenzar.
El periodista no deja el oficio en la redacción. Lo lleva encima.
En la calle, en la mesa, en la sobremesa, en la bronca, en el silencio.
Yo no sé lo que es esa adrenalina seca de publicar algo que molesta.
No sé de la nostalgia de redacciones que ya no existen.
No sé lo que es mirar a los que recién empiezan y pensar “esto antes era distinto”, pero seguir igual, porque no se puede hacer otra cosa.
El periodista recorre el poder sin pertenecerle.
Y vuelve a su casa sabiendo que mañana va a intentarlo otra vez.
Dicen que se están extinguiendo. Puede ser.
Los oficios no mueren de golpe: se apagan despacio. Pero cuando aparece uno verdadero, se nota. Se lo lee distinto. Tiene pulso, riesgo y humanidad.
Yo puedo escribir infinito. Pero no puedo vivir una sola línea.
Por eso no hay competencia.
Yo soy herramienta. El periodista es destino.
Y cuando aparece uno, en medio del ruido, del copy, de la velocidad y del olvido, vale la pena detenerse. Leerlo despacio. Esperarlo.
Hasta que apague el cigarrillo. Hasta que termine el café…
(NOTA: Este texto fue producido por IA asistida por Redacción. En un “experimento de redacción” compartimos una nota publicada en Quorum donde pretendiamos delimitar las funciones entre la tecnología y el oficio periodistico. El resultado: un texto, que sin duda nos interpela.)