Javier en el gobierno, Karina en el poder

La columna de Ignacio Fidanza en La Política Online no describe solo una interna palaciega: expone una arquitectura de poder singular, casi primitiva, donde Javier Milei ocupa el sillón presidencial mientras Karina Milei administra las llaves —reales y simbólicas— del despacho. No es una metáfora exagerada: quien entra, quien sale, quien asciende y quien cae en desgracia parece depender menos de la gestión y más del vínculo con la hermana presidencial.
Fidanza advierte que Karina empuja por un “control total” del gobierno, tensionando incluso con el propio Milei. Pero el dato político más relevante no es la tensión, sino la dependencia estructural del Presidente. Milei no solo gobierna con su hermana al lado: gobierna a través de ella. Cuando Karina se ausenta, el Presidente se repliega. Cuando Karina se enoja, el poder se paraliza. El episodio del viaje suspendido a Estados Unidos —cancelado porque ella no iba— fue una postal demasiado explícita para un sistema que intenta mostrarse racional y moderno.
El texto también deja al descubierto otro rasgo inquietante: Karina no proviene de ninguna tradición política, no tiene formación doctrinaria, ni escuela, ni territorio, ni historia de militancia. No hay peronismo, radicalismo, liberalismo clásico ni conservadurismo que la expliquen. Hay, en cambio, una ambición de poder sin marcos ideológicos, sin límites conceptuales, sin referencias que ordenen la acción. El poder como fin en sí mismo.
Esa ausencia de anclajes se refleja en una concepción profundamente individualista y cerrada del mundo político. El universo libertario real parece reducirse a dos personas. No hay descendencias, no hay ascendencias, no hay tradición que continúe ni legado que respetar. Solo un presente absoluto donde rige una lógica brutal: lo que no conozco no existe. Y si no existe, no merece ser escuchado.
Desde esa mirada, el país federal es un decorado lejano, las provincias son ruido, los actores territoriales son prescindibles y la construcción política horizontal es vista como una amenaza. No hay masa crítica que sumar, sino voces que neutralizar. No hay organización que ampliar, sino estructuras que vaciar. La política, entendida como articulación colectiva, es reemplazada por una administración de lealtades personales.
Los casos que rodearon a Karina —como el escándalo $Libra y otros episodios que aún orbitan sin aclaración— no produjeron autocrítica ni explicaciones públicas. Tampoco generaron retrocesos. El poder no se revisa: se ejerce. Y quien cae en el camino cae sin remordimientos. Libertarios de primera hora, armadores, militantes digitales y dirigentes territoriales fueron quedando al costado de la ruta sin que nadie mirara por el espejo retrovisor.
Fidanza también señala la puja con Santiago Caputo, otro vértice de poder informal. Pero incluso esa disputa refuerza la idea central: el gobierno no funciona como un sistema institucional sino como un triángulo de voluntades, donde la hermana presidencial juega con ventaja porque controla el acceso al vértice principal.
El resultado es un gobierno donde el Presidente habla de libertad mientras el poder real se concentra, se encapsula y se administra sin contrapesos. Milei ocupa el escenario, Karina maneja el backstage. Uno gobierna. La otra manda.
Y en política, cuando quien manda no rinde cuentas, el problema no es solo interno: es sistémico. (Fuente: Ignacio Fidanza, “Karina quiere el ‘control total’ y tensiona con Milei”, La Política Online)