Desde arriba todo se ve distinto

por Néstor Luna (Director de Quorum)
Desde el helicóptero el territorio no discute. Se deja mirar.
Los ríos parecen líneas engrosadas por la lluvia, los pueblos puntos fijos, los problemas superficies delimitadas. La imagen del gobernador Osvaldo Jaldo observando Tucumán desde el aire no es una postal institucional: es una escena cargada de contexto. Está mirando las consecuencias de las inundaciones, los daños estructurales que dejaron las tormentas, los cauces alterados por una naturaleza que no siempre acepta correcciones.
Los ríos, se sabe, pueden ser contenidos, desviados, encauzados. Pero siempre buscan volver. Tarde o temprano, el agua retoma su curso.
Con las sociedades no ocurre lo mismo. Los pueblos pueden perder su cauce cuando las emociones desbordan, aun cuando los líderes intenten contenerlas.
Las encuestas y sondeos que hoy ubican a Jaldo en una posición de centralidad refuerzan una sensación conocida: la de estar arriba. No importa tanto el número preciso (volátil, discutible) como el efecto político que produce. Confirma una idea de control, de eje, de continuidad. Desde esa altura, el mapa parece responder a las mismas coordenadas de siempre.
Sucede que la política no se decide en el aire.
Se decide abajo, donde el orden es menos prolijo y los sentimientos pesan más que los cálculos.
El poder, cuando se concentra, se vuelve silencioso. No por ausencia de voces, sino por exceso de filtros. Jaldo construyó un liderazgo donde las decisiones no circulan: se acumulan. No se delegan, no se discuten demasiado, no se comparten. No es improvisación ni coyuntura: es método. El poder se ejerce con control, con pragmatismo y con una desconfianza que funciona como resguardo.
Ese mismo método que durante años garantizó estabilidad fue cerrando el círculo. Menos interlocutores reales, más confirmaciones internas. La soledad de la cima no siempre se percibe como soledad; muchas veces se confunde con tranquilidad.
Gobernar fue, en buena medida, evitar el desorden. Administrar tensiones. Sostener equilibrios. El statu quo se convirtió en un valor político en sí mismo. Un refugio. Pero cuando la política se limita a conservar, empieza a perder capacidad de interpretación.
Tucumán lleva décadas bajo el mismo signo político con matices de acuerdo a quién ocupa el sillón de Lucas Córdoba. Eso construyó estructura, pero también hábitos. Leer la realidad con categorías antiguas. Interpretar fidelidades como permanentes. Suponer que la estabilidad garantiza lealtad. Seguir leyendo diarios en sepia en una sociedad que ya cambió al color.
Hoy el voto ya no se explica principalmente por obras ni por gestión. Se explica por emociones. Dos, sobre todo.
Odio, hacia quienes se perciben como responsables de los males acumulados.
Miedo, a perder lo poco o mucho que se tiene.
Sucede, que el poder tradicional suele administrar mejor el miedo que el odio. El primero se contiene, se calma, se gestiona. El segundo no reconoce cauces, no atiende llamados a la prudencia ni respeta jerarquías.
El pragmatismo de Jaldo (su capacidad de adaptación y lectura táctica del contexto) es, a la vez, fortaleza y límite. Sirve para sostener el orden, no siempre para anticipar un cambio cultural profundo. Porque administrar no es conducir. Y conservar no es proyectar.
Desde el helicóptero, Tucumán no se ve en calma. Desde abajo, se siente en movimiento.
La cima del poder ofrece panorama, pero no siempre perspectiva. A veces, cuanto más alto se está, más fácil es confundir silencio con aprobación y estabilidad con consenso. En tiempos donde las emociones desbordan y las fidelidades se vuelven frágiles, gobernar mirando desde arriba puede alcanzar para administrar el presente.
Porque allá arriba, los ríos (con mayor o menor caudal) terminan corriendo en un mismo sentido.
En tierra firme, en cambio, las sociedades no siempre acompañan los desniveles: a veces avanzan en contracorriente, incluso cuando el poder cree haberlas encauzado.