Y un día volvió Campero

Mariano Campero reapareció con una frase de alto voltaje político: “Vamos a trabajar para terminar con el peronismo en Tucumán”. No fue un desliz retórico ni una consigna al pasar. Fue una definición estratégica. Y, sobre todo, una señal de regreso.
Porque Campero nunca se fue del todo, pero hacía tiempo que no hablaba. La beligerancia libertaria lo trajo de regreso, como si el tablero provincial volviera a importarle.
La declaración, publicada por La Gaceta, lo devuelve a un lugar que conoce bien: el dirigente que intenta ordenar la tropa enfrentado al peronismo y también desde afuera de las estructuras clásicas que alguna vez lo cobijaron.
Campero es, probablemente, uno de los casos más claros de mutación política sin ruptura discursiva. Empezó en la UCR, fue concejal de Yerba Buena, luego intendente durante dos períodos consecutivos, construyó poder territorial y se consolidó como una figura competitiva a nivel provincial. Jubiló dirigentes históricos, coqueteo con alianzas (hasta con Ricardo Bussi) y enfrentó a Germán Alfaro en un interna que ganó en su categoría.
En 2023 dio un salto más ambicioso: fue electo legislador provincial con su propio acople. Esa banca, sin embargo, nunca la ocupó. Prefirió el Congreso nacional, tras ganar la diputación encabezando la lista que apoyó a Patricia Bullrich.
Ese gesto no fue menor: dejó una banca provincial antes de asumirla para apostar a un escenario nacional que, meses después, cambiaría de manos de forma abrupta.
Con la llegada de Javier Milei al poder, Campero se acomodó rápido. Fue uno de los llamados “radicales con peluca”, fundadores de ese híbrido político que decidió acompañar al oficialismo libertario desde el Congreso aun pagando costos partidarios.
El precio fue alto: expulsión de la UCR, ruptura definitiva con el radicalismo orgánico y un corrimiento del esquema Juntos por el Cambio. Pero también obtuvo algo a cambio: visibilidad nacional y pertenencia a la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno.
Hoy integra el bloque de La Libertad Avanza en Diputados. Es libertario en Buenos Aires. En Tucumán, no tanto.
El problema tucumano: sin tribu propia
Ahí aparece la tensión central que explica su frase y el momento elegido para decirla.
Campero no es reconocido como libertario por la conducción provincial de LLA, que lo observa con recelo. Tampoco es parte del PRO tucumano, que hoy mantiene una relación tirante con su entorno. Y su estructura local —con base en Yerba Buena— empieza a ser cuestionada desde esos mismos espacios.
El actual intendente, Pablo Macchiarola, su delfín político, es hoy blanco de críticas tanto del PRO como de sectores libertarios. No por casualidad.
En ese contexto, la frase sobre “terminar con el peronismo” funciona menos como consigna ideológica y más como intento de reordenamiento opositor, con Campero otra vez buscando centralidad.
La hipótesis: volver para no quedar afuera
El regreso discursivo de Campero a la política tucumana puede leerse bajo una hipótesis concreta: si no ordena la oposición, corre el riesgo de quedar atrapado entre un oficialismo provincial fuerte y un espacio libertario local que no lo termina de absorber.
Decir “terminar con el peronismo” es, en ese sentido, una forma de volver a hablarle al electorado opositor clásico, más allá de sellos, pelucas o bloques parlamentarios.
No es nostalgia. Es supervivencia política. Y por eso volvió. No a Yerba Buena. Volvió porque los espacios vacios alguien los ocupa…