Que alguien le avise a Milei que es Presidente

La épica alcanza para llegar. Para gobernar hace falta otra cosa: Estado, territorio y límite.
Gobernar no es hablar fuerte. Es hacerse cargo. Y ahí es donde el oficio empieza a faltar. A Javier Milei se lo ve cómodo en la intemperie del discurso y desfasado cuando el cargo exige densidad. Maneja el micrófono; todavía no termina de asumir el peso de la lapicera.
No es una cuestión de ideas, es de lugar. La Presidencia no es una tribuna ni un set televisivo. Es el punto donde todo converge: intereses que chocan, urgencias que no esperan, territorios que no son hashtags. El que está ahí no explica el mundo: lo ordena. Y ordenar implica elegir que se prioriza cuando no alcanza para todos.
El método que lo llevó hasta la Casa Rosada es conocido: tensión alta, enemigos nítidos, narrativa filosa. Sirvió para llegar. Pero gobernar no es sostener la tensión: es absorberla. Un país no se conduce con la mecha prendida; se apaga incendio por incendio.
La escena de hoy lo muestra sin filtro. En Tucumán, miles de personas sacan barro, salvan lo que pueden, recomponen lo básico. No hay teoría ahí, hay urgencia. En paralelo, el Presidente aterriza para hablar de lo que considera central. Dos planos que no se cruzan. Dos prioridades que no dialogan. Esa distancia no es ideológica: es de realidad.
Cuando la gestión se repliega sobre una economía en abstracto, el relato crece mientras la realidad se contrae. Los números pueden cerrar; la vida no. Persiana que baja, empresa que achica, empleo que se rompe, angustia que se acumula. El dato sin contexto ordena el discurso, no la vida.
El descalce también se siente lejos del centro. En Tucumán —como en buena parte del interior— la presencia presidencial pierde espesor institucional: menos articulación, menos previsibilidad, menos Estado. El federalismo sin coordinación es una palabra elegante para un problema concreto. La libertad sin realidad es una entelequia.
Gobernar no es “postear”, es integrar. No es hablarle a los propios, es sostener a los que quedan afuera. No es administrar un Excel, es conducir un país que no entra en una planilla. La macro ordena, sí. Pero el país no vive en la macro: vive en la escuela que abre, en el hospital que responde, en la obra que conecta, en el trabajo que sostiene.
En tiempos donde el odio y el miedo ordenan la conversación pública, la tentación es profundizarlos. Rinden. Simplifican. Pero no gobiernan. Con odio no se come, con odio no se educa, con miedo no se cura. La política puede tensar; el Estado tiene que resolver.
También cambia la vara. Lo que antes era estilo hoy es conducta institucional. Lo que antes era opinión hoy es decisión con efectos, lo que antes era un posteo en X puede trasformarse en una estafa. La frontera entre lo público y lo privado deja de ser difusa y pasa a ser exigente. No por moralina: por responsabilidad.
La síntesis es simple y, por eso, incómoda. La Argentina no eligió un personaje. Eligió una función. Y la función no se declama ni se performa: se ejerce.
Porque cuando el Presidente no pisa la realidad, la realidad termina pasándole por arriba.