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El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) informó una caída de la pobreza al 28,2% en el segundo semestre de 2025. El dato es metodológicamente consistente, pero no refleja el deterioro del empleo, el achatamiento de ingresos y la pérdida de densidad de la clase media. Entre la estadística y la vida cotidiana, emerge una zona gris que redefine el mapa social.

La pobreza bajó. Es un dato oficial, verificable y consistente con la metodología que utiliza el INDEC. Pero al mismo tiempo, la sensación social dominante es otra: ingresos que no alcanzan, empleo que se retrae y una clase media que pierde espesor. La aparente contradicción no es tal. Es, en todo caso, el resultado de medir fenómenos distintos con instrumentos distintos.

El índice de pobreza en Argentina se construye a partir de un criterio preciso: la relación entre ingresos y costo de vida. A través de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el organismo releva cuánto ganan los hogares y lo compara con dos umbrales. La Canasta Básica Alimentaria (CBA), que define la indigencia, y la Canasta Básica Total (CBT), que marca la línea de pobreza. Quien supera ese umbral, deja de ser considerado pobre.

En ese marco, la mejora registrada durante 2025 encuentra explicación en una dinámica concreta: los ingresos promedio crecieron por encima del costo de las canastas, en un contexto de desaceleración inflacionaria. La ecuación es simple. Si los ingresos suben más rápido que la línea que define la pobreza, el indicador baja.

El problema es que esa ecuación no captura la calidad de esos ingresos ni su sostenibilidad. Tampoco refleja el tipo de inserción laboral que los genera. En ese punto, los datos comienzan a dialogar con otra realidad menos visible en las estadísticas agregadas.

Durante el mismo período en que la pobreza desciende, el mercado de trabajo muestra signos de debilitamiento. Se reducen puestos formales, crece la informalidad y se consolidan esquemas de ingresos más inestables. El resultado no es necesariamente más pobreza en términos estadísticos, pero sí mayor vulnerabilidad estructural.

Es en ese desplazamiento donde aparece la zona gris. Hogares que logran superar la línea de pobreza por márgenes mínimos, pero que no alcanzan a consolidar una situación económica estable. No son pobres según el indicador, pero tampoco integran una clase media con capacidad de ahorro, consumo sostenido o previsibilidad. En la jerga de economistas, se los define como “nuevos no pobres frágiles”: personas que estadísticamente salieron de la pobreza, pero permanecen a un paso de volver a caer.

La noción de clase media, en ese contexto, no desaparece de manera abrupta. Se erosiona. Pierde volumen. Se fragmenta. Y en muchos casos, se transforma en un segmento expuesto a cualquier variación de precios, especialmente en rubros sensibles como alimentos, tarifas o alquileres.

El propio informe oficial deja ver esa fragilidad en algunos recortes. La pobreza infantil se mantiene en niveles elevados, superando el 40% en menores de 14 años. Las diferencias regionales también persisten, con zonas donde la mejora es más tenue o directamente insuficiente para revertir condiciones estructurales.

Desde el Gobierno de Javier Milei, con el respaldo del ministro Luis Caputo, la lectura es lineal: la baja de la pobreza responde al ordenamiento macroeconómico, la desaceleración de la inflación y la reconfiguración de la asistencia social. Es una interpretación consistente con los números.

Pero la economía no se agota en los promedios. El mercado laboral, el consumo y la distribución del ingreso configuran una trama más compleja. Allí es donde la baja de la pobreza convive con una percepción extendida de retroceso.

La clave no está en desmentir el dato, sino en entender su alcance. La pobreza bajó en términos de ingresos medidos contra una canasta. Al mismo tiempo, creció la fragilidad de los ingresos, se tensionó el empleo y se comprimió la clase media.

Entre ambos planos —el estadístico y el social— no hay contradicción. Hay un desfasaje. Y en ese desfasaje se define, hoy, buena parte de la discusión económica argentina.