“Peronistas con peluca”

En política, los rumores no suelen nacer por generación espontánea. Se incuban en los despachos, se deslizan en off y, cuando empiezan a repetirse, es porque alguien ya los está midiendo. En la Casa Rosada tomó volumen en las últimas horas una versión consignada por el periodista acreditado Pablo Lapuente Escobar: la posibilidad de avanzar hacia 2027 en un acuerdo amplio con sectores del llamado “peronismo con peluca”.

La frase que sintetiza el clima es tan simple como elocuente: “Son bienvenidos si abrazan nuestras ideas”. No se trata de una invitación doctrinaria sino de una convocatoria funcional. Gobernabilidad, votos en el Congreso, estructura territorial. En ese esquema aparecen nombres propios con peso específico: Gustavo Sáenz, Osvaldo Jaldo y, en menor medida, Raúl Jalil.
El dato no sorprende si se observa la composición real del oficialismo. Las fuerzas libertarias no son un bloque químicamente puro. Están nutridas por dirigentes con pasado en el PJ o en gobiernos peronistas. Daniel Scioli fue candidato presidencial del peronismo. Patricia Bullrich tuvo militancia juvenil en la JP y transitó distintos gobiernos. Diego Santilli se formó políticamente en el peronismo porteño. Guillermo Francos fue funcionario en etapas vinculadas al justicialismo. Y Lisandro Catalán también tuvo recorrido en estructuras peronistas antes de integrarse al actual esquema.
Para muchos, incluso, la propia irrupción de Javier Milei en la escena nacional fue leída en sus inicios como funcional al entonces ministro y candidato Sergio Massa, bajo la hipótesis de que su crecimiento fragmentaría a la oposición tradicional. Esa interpretación —discutida y nunca probada— forma parte del folklore político reciente, pero ilustra un punto más profundo: la génesis libertaria no emergió en un desierto ideológico. Se desarrolló en un ecosistema donde el peronismo, directa o indirectamente, marcaba el ritmo. En esa lectura, la épica antisistema convive con un ADN atravesado por cuadros, prácticas y lógicas del justicialismo.
No es una anomalía. Es el signo de época. El mileísmo, más que un partido clásico, es una fuerza en expansión que absorbió experiencia estatal. El peronismo, por su parte, hace décadas que opera como sistema de poder antes que como identidad cerrada. En ese cruce, el pragmatismo dejó de ser excepción para convertirse en método.
Tucumán aparece en el centro de ese tablero. Existen las coincidencias tácticas entre Jaldo y Milei: disciplina fiscal, énfasis en el orden, acompañamiento legislativo cuando la coyuntura lo exige. Jaldo no abrazó una conversión ideológica; practicó una lectura realista del escenario nacional. Y desde la Casa Rosada valoran esa previsibilidad.
Si el rumor evoluciona hacia estrategia, la provincia podría convertirse en caso testigo de una convergencia formal entre libertarios y peronistas territoriales. El oxímoron seduce, pero la política argentina ya naturalizó paradojas más audaces.
Por ahora, son versiones que se deslizan tras las bambalinas del poder. Pero en la Argentina reciente, los rumores suelen anticipar movimientos. Y cuando la Casa Rosada empieza a hablar de “bienvenidos”, rara vez es solo una frase al pasar.