Nadie sale campeón en enero, pero muchos pierden el año ahí

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Hoy arranca la Liga Profesional Argentina. La jornada inaugural incluye a Aldosivi vs. Defensa y Justicia, Unión vs. Platense, Banfield vs. Huracán, Central Córdoba vs. Gimnasia (Mendoza) e Instituto vs. Vélez, con encuentros que se extienden hasta la noche. Empieza a rodar la “caprichosa” en este enero que podríamos definir como “el mes más mentiroso del fútbol argentino”.

El calor confunde, las fotos engañan y los contratos recién firmados parecen promesas de felicidad eterna. En enero nadie pierde. En enero todos “se refuerzan”. En enero la tribuna todavía no pasó factura.

Pero el campeonato no se gana en enero. El año, en cambio, sí se puede perder ahí.

Este 2026 tiene un condimento especial: es el año del Mundial, y no cualquier Mundial. Es el Mundial del campeón vigente. El fútbol argentino llega con la corona puesta y eso, lejos de ordenar, desordena todo. Porque cuando el país es campeón del mundo, el mercado de pases deja de ser solo una cuestión deportiva y pasa a ser una pasarela de conveniencias.

Muchos jugadores no eligen clubes: eligen vidrieras. No preguntan cómo juega el equipo, preguntan dónde se ve más. No buscan procesos, buscan minutos televisados, aunque el funcionamiento sea una incógnita y el vestuario un rompecabezas. Ahí empieza el verdadero riesgo.

Porque armar un plantel en año mundialista es como construir una casa con gente que ya está pensando en mudarse. Algunos llegan con la valija medio hecha. Otros juegan mirando de reojo la lista del técnico de la Selección. Y otros, directamente, sienten que el club es una escala, no un destino.

En ese contexto, los equipos que no se desesperan sacan ventaja. Y ahí aparece una enseñanza que en Tucumán se entiende mejor que en ningún lado: no todo pase es progreso.

Atlético Tucumán, sin estridencias ni fuegos artificiales, hace tiempo aprendió algo que en Buenos Aires cuesta aceptar: que el refuerzo que más rinde es el que entiende dónde está parado. El que sabe que el Monumental José Fierro no es un trampolín, es un examen. El que llega sabiendo que acá no se juega para la foto, se juega para sostenerse.

No es chovinismo. Es realidad de liga.

En un torneo donde muchos equipos se arman pensando en noviembre, hay otros que se piensan para marzo, abril, mayo… cuando el calendario aprieta, las lesiones aparecen y el humo del mercado ya se disipó. Ahí es donde se ve quién compró por ansiedad y quién construyó por convicción.

La Liga Profesional, además, no perdona la improvisación.

Es larga, áspera, malintencionada. Se juega en canchas pesadas, con arbitrajes que no siempre ayudan y con tribunas que no esperan procesos eternos. El jugador que vino “a mostrarse” suele desaparecer cuando el contexto se vuelve incómodo. El que vino a competir, se queda.

Por eso enero es peligroso. Porque tienta a los dirigentes a resolver con chequera lo que es cultural, a tapar falencias estructurales con nombres propios, a confundir jerarquía con currículum.

El fútbol argentino campeón del mundo vive una paradoja: nunca tuvo tanto prestigio afuera y nunca fue tan frágil adentro. Cada mercado es una sangría potencial. Cada firma es una apuesta. Y cada error se paga con meses de angustia.

Nadie levanta una copa en enero. Pero muchos hipotecan el año ahí, cuando creen que el mercado es una solución y no una herramienta.

Los equipos que entiendan eso —los que prioricen identidad, pertenencia y equilibrio— van a llegar enteros cuando empiece lo serio. Los otros, los que se subieron a la ola mundialista sin saber nadar, van a descubrir demasiado tarde que el problema no era a quién trajeron… sino por qué lo trajeron.

Y en esta liga, la del campeón del mundo, el error se nota más. Porque cuando sos campeón, todos te miran. Y cuando te miran, no hay maquillaje que aguante 90 minutos.

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