Monteros Vóley y la liturgia de lo imposible: remontada histórica para entrar en semis

Hay noches en las que el deporte decide dejar de lado la lógica para rendirse ante el temple. En el Polideportivo Municipal “Profesor José Nicolás Russo”, Monteros Vóley Club no solo venció a River Plate por 3 a 2; el equipo tucumano le arrebató una clasificación al destino cuando las luces parecían apagarse. Fue una resurrección en cinco actos, un ejercicio de fe que transformó un 0-2 que olía a despedida en un 18-16 final que ya es parte de la mitología del deporte provincial.
El inicio fue un monólogo de la visita. River Plate saltó al campo con una frialdad quirúrgica, desactivando cada intento ofensivo del “Naranja” y llevándose los dos primeros sets (21-25 y 17-25) con una autoridad que sumió al estadio en un silencio sepulcral. En ese momento, la serie —la única de cuartos de final que necesitó un tercer juego— parecía sentenciada. El libreto indicaba una eliminación digna ante un grande de Buenos Aires. Pero en Monteros, el orgullo tiene su propio cronómetro.
El tercer set fue el punto de inflexión, el instante en que el corazón empezó a ganarle a la táctica. Monteros ajustó la recepción, encontró manos firmes en el bloqueo y, sobre todo, recuperó la mirada desafiante. El 25-23 fue el chispazo que incendió las tribunas. Ya en el cuarto, la superioridad tucumana fue total: un 25-17 que desdibujó a un River que no entendía cómo se le había escapado el control del partido. La atmósfera en el “Russo” ya no era de apoyo, era de asedio.
El tie-break fue un destilado de tensión pura. Punto a punto, sudor contra sudor. No hubo margen para el error ni espacio para los tibios. En el intercambio final, cuando la pelota quema y las piernas pesan como plomo, Monteros Vóley sacó a relucir esa mística que lo ha convertido en un bastión del interior. El 18-16 final desató un estallido que se escuchó en cada rincón de la ciudad.
Monteros está entre los cuatro mejores del país. No llegó allí por el camino fácil, sino por la senda de la épica, levantando un partido imposible ante un rival de fuste. Fue, en definitiva, la victoria de la identidad: esa que dicta que mientras quede una pelota en el aire, en Tucumán nadie se da por vencido.