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En la apertura de sesiones, el Presidente Javier Milei dejó en segundo plano la liturgia institucional y recuperó el tono de campaña: antagonismo explícito, violencia verbal calculada y el kirchnerismo como enemigo necesario.

La postal fue la habitual: la Asamblea Legislativa de la Nación Argentina reunida, la transmisión oficial, la escenografía republicana intacta. El contenido, no. La apertura de sesiones se pareció menos a un balance de gestión y más a una pieza de confrontación diseñada para consolidar identidad.

Javier Milei habló con la cadencia del polemista. Premisa, exageración, remate. Frases pensadas para el aplauso propio y el recorte en redes. La violencia verbal no fue un accidente retórico sino un recurso central. No hubo búsqueda de síntesis ni matices de ampliación. Hubo delimitación de fronteras.

Fortalecido por los resultados electorales y por victorias parlamentarias que le dieron aire político, el Presidente exhibió seguridad. El tono fue el de quien interpreta esos respaldos como habilitación para profundizar el contraste. En ese marco, el kirchnerismo volvió a ocupar el rol de antagonista principal. No como fuerza opositora circunstancial, sino como adversario estructural, funcional a la narrativa oficial.

La puesta en escena acompañó el mensaje. La transmisión oficial privilegió planos cerrados sobre las bancas libertarias. Aplausos amplificados, gestos celebratorios, cánticos captados con nitidez. Del otro lado, la oposición peronista y de izquierda quedó fuera de cuadro siempre. No hubo equilibrio visual. La narrativa audiovisual reforzó la idea de mayoría homogénea y minimizó la disidencia. La negación no fue discursiva solamente; también fue técnica.

El discurso dejó una señal clara: la moderación no es prioridad cuando el objetivo es cohesionar al núcleo duro. El recinto operó como escenario. La oposición, como contrapunto implícito más que interlocutor real. El público propio, como destinatario central.

Hay además una paradoja ideológica. Milei ha descalificado la tradición maquiavélica como sinónimo de manipulación del poder. Sin embargo, la lógica desplegada respondió a un método clásico: construcción deliberada del enemigo, administración del conflicto y uso del lenguaje como instrumento de eficacia política. Una praxis que privilegia resultado antes que integración.

La liturgia republicana simboliza pluralidad. El stand-up político funciona sobre la polarización. En la apertura de sesiones, la forma terminó condicionando el fondo.

El Presidente eligió el ring antes que el estrado. Y cuando el poder convierte la escena institucional en espectáculo de combate, la República queda reducida a escenografía.