Messi en Luzu: la charla que suena como un gol al corazón

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Llegó el momento en que Lionel Messi bajó la guardia y abrió la puerta de su mundo íntimo con la misma naturalidad con la que define en el área chica: sin apuro, casi sin aliento. En la entrevista con Nicolás Occhiato y Diego Leuco de Luzu TV no hubo épica impostada ni frases prefabricadas. Hubo algo mejor: verdad.

por: Redacción asistida por IA

Messi habló y el ambiente se volvió tibio, casi doméstico. Se definió “raro”, sí, pero no como quien se esconde, sino como quien se reconoce. “Tengo mi parte en la que soy más raro que la mierda”, confesó entre risas, humanizando al mito con una frase que sonó a sobremesa familiar.

Y fue ahí cuando apareció la madre. Messi recordó el rol silencioso pero decisivo de Celia, la mujer que sostuvo la casa cuando él se fue de Rosario, cuando volvió, cuando se fue de nuevo. Contó cómo, aun siendo el más famoso del mundo, sigue siendo la madre que cuida, espera y ordena emocionalmente a todos los hijos, cuando todo se desacomoda. En su relato, la madre no es un recuerdo: es un presente constante, un refugio.

También habló de sus hermanos, de ese ida y vuelta permanente que lo devuelve a la raíz. Volver a ellos es volver a ser “Leo”, no Messi. Volver al ruido conocido, a las charlas simples, a ese lugar donde no hay cámaras ni trofeos, solo vínculos.

El vínculo con su padre, Jorge, apareció sin solemnidad pero con peso específico. Messi no lo idealizó: lo describió como lo que es, su sostén, el que lo acompañó en cada decisión, el que estuvo cuando hubo que apostar todo sin garantías. En su voz se percibió respeto, confianza y algo más profundo: una sociedad de vida que nunca se rompió.

Y entonces llegó Antonella. No como figura pública, sino como historia de origen. Messi habló del amor desde niño, de ese lazo que no nació con la fama ni se moldeó con el éxito. Antonella aparece en su relato como continuidad, como alguien que estuvo antes de todo y sigue estando después de todo. El amor que no necesita explicaciones porque se construyó cuando no había nada que perder.

Entre risas, silencios y frases al pasar, Messi dejó ver otra postal íntima: le gusta estar solo, el “quilombo” de tres hijos corriendo lo agota, y en su casa no se juega a la pelota adentro. No por prohibición rígida, sino porque incluso en la vida del mejor jugador del mundo, el equilibrio también importa.

Sobre el futuro fue claro: no se imagina como técnico. Pero sí piensa en seguir ligado al fútbol desde otro lugar, incluso como dueño de un club, apostando a formar, acompañar y devolver algo de lo que recibió.

La entrevista en Luzu no fue un show. Fue una pausa. Un Messi que no gritó goles, pero tocó fibras. Un hombre que habló de su madre, de su padre, de sus hermanos y del amor de su vida con la misma precisión con la que siempre habló con la pelota.

Porque al final, más allá de los títulos, Messi sigue siendo eso: alguien que nunca dejó de volver a casa.

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