Los oportunistas de la inundación

En cada desastre aparece un personaje conocido: el indignado profesional de redes. Nunca participa, nunca ayuda, nunca se compromete. Pero siempre encuentra un culpable.
Cada vez que Tucumán enfrenta una inundación, el mismo libreto vuelve a circular. El agua todavía no bajó, los vecinos siguen sacando barro de sus casas y en las redes ya apareció el tribunal moral de turno. Sentencias rápidas, diagnósticos simplistas y un culpable universal: “los políticos”.
El fenómeno no es nuevo. Pero sí cada vez más ruidoso. En plataformas como X o Facebook se multiplican los opinadores seriales que convierten cualquier tragedia en tribuna personal. No informan. No explican. No ayudan. Solo descargan.
Muchos de esos indignados profesionales comparten un rasgo curioso: viven obsesionados con el comportamiento ajeno pero nunca con el propio. Hablan de compromiso público pero no votan. Denuncian el gasto del Estado mientras evaden cada impuesto que pueden. Desprecian la política, aunque en alguna elección se anotaron como candidatos o tienen un familiar que vive de ella.
La crítica, por supuesto, es necesaria. La democracia se alimenta de control y debate. Pero otra cosa muy distinta es el oportunismo moral que aparece cada vez que hay cámaras, barro o dolor.
Porque hay algo que conviene decir sin rodeos: buena parte de ese discurso indignado no nace de la honestidad ni de la solidaridad. Nace del resentimiento. No critican porque aspiren a una sociedad mejor. Critican porque desearían ocupar el lugar que cuestionan.
Es el viejo “carancheo” argentino: sobrevolar el problema esperando el momento justo para sacar ventaja.
Mientras tanto, lejos de las redes, ocurre otra cosa. Bomberos voluntarios, médicos, policías, empleados municipales, vecinos anónimos y organizaciones comunitarias aparecen cuando el agua sube. No hacen discursos. No acumulan likes. Trabajan.
La solidaridad real suele ser silenciosa. No necesita cámaras ni tribunas.
Y ahí está el punto que muchos prefieren ignorar. Mientras hay familias sacando agua de sus casas, durmiendo en colchones prestados o esperando que baje el nivel del río, siempre aparece alguien que decide convertir la tragedia en escenario personal.
Es el pequeño teatro del protagonismo moral.
Porque quienes realmente están sufriendo no tienen tiempo para escribir largos posteos ni para repartir culpas desde la comodidad de un teclado. Están tratando de salvar lo poco que les quedó.
Los que pontifican, en cambio, sí tienen luz, conexión y tiempo para publicar indignación.
Conviene recordarlo: los protagonistas de una inundación son los inundados. No quienes, desde un celular y con Wi-Fi, se dan el lujo de convertir el dolor ajeno en material para decir boludeces.