Las fuerzas del cielo bajaron a Tucumán

La política tucumana ensaya una copia doméstica del mileísmo: provocación permanente, enemigos a medida y militancia digital sin territorio. Mucho ruido de semifondo mientras la pelea real sigue sin fecha.
Las peleas de semifondo ya no se disimulan. Se lanzan al ring político tucumano con la estética, el lenguaje y la lógica del combate permanente. No son discusiones de gestión ni debates de ideas: son rounds diseñados para provocar reacción. Los libertarios locales y sus aliados circunstanciales juegan a ser “fuerzas del cielo”, aunque a veces se parezcan más a una versión subalterna del fenómeno que dicen encarnar.
El esquema es reconocible. No nació en Tucumán ni es una innovación criolla. Es la copia local —con menos potencia y más ansiedad— de la estrategia que llevó a Javier Milei al poder. Polarización extrema, construcción de enemigos internos, simplificación brutal de la realidad y una militancia digital que confunde volumen con representatividad. El método no exige cuadros ni estructura: alcanza con un celular, un enojo rentable y la convicción de que el algoritmo reemplaza a la política.
En ese ecosistema proliferan los imitadores. Influencers políticos de entrecasa, comentaristas profesionales del desprecio, tribus digitales que replican consignas como si fueran verdades reveladas. Se citan entre ellos, se amplifican y se convencen de que la indignación es una forma de liderazgo. Los “gordos Dan” provincianos encuentran así su versión comarcana: menos épica, misma lógica.
El objetivo es claro: provocar a dirigentes con volumen real para subirse a la pelea. La diputada Soledad Molinuevo ensaya ese libreto al buscar, una y otra vez, el cruce con la intendenta Rossana Chahla. En Yerba Buena, el concejal Álvaro Apud —PRO con coqueteos libertarios— hace guantes con el intendente radical Pablo Macchiarola. No importa el resultado del round: importa la visibilidad, el clip, el recorte que circule.
La escena se repite en municipios y comunas, con actores distintos y la misma coreografía. Cada declaración es un gancho al hígado pensado para redes. Cada respuesta, una oportunidad para escalar el conflicto. No hay construcción, hay confrontación serial.
Mientras tanto, la pelea de fondo sigue en suspenso. El gobernador Osvaldo Jaldo juega a otra velocidad. Observa el pesaje, mide fuerzas y evalúa si el exministro Lisandro Catalán da la categoría para el combate mayor o si conviene cambiar de retador. En ese nivel, el ruido sirve poco y el tiempo pesa mucho.
La paradoja es evidente. Todo este boxeo discursivo ocurre mientras la economía real —inflación, empresas que cierran, pymes al límite— queda fuera del ring. No genera likes. No viraliza. No sirve para el relato épico del enojo permanente. La crisis no entra en el formato de 30 segundos ni en la lógica del insulto.
Las redes sociales se consolidan así como el escenario central. La política, apenas un decorado. Cualquiera puede convertirse en referente sin pasar por la gestión, el territorio ni la responsabilidad. La única credencial necesaria es el odio bien dosificado y la capacidad de señalar culpables.
No es una campaña. Todavía no. Es algo más inquietante: un entrenamiento constante para una política sin ideas, donde el conflicto deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Mucho golpe al aire, mucho semifondo ruidoso y una pregunta que sigue sin respuesta: ¿quién se animará a pelear de verdad cuando suene la campana?