La peligrosa Megalomanía de Trump

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SistoTeranMC

La Megalomanía se define como un estado psicológico caracterizado por una excesiva confianza en uno mismo y una creencia en la propia superioridad, acompañada por delirios de grandeza y comportamientos impulsivos con planificación poco realista e imprudente.

Una reseña sucinta del comportamiento público del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se amolda con clarísima facilidad a esta definición.

Un amigo mío muy querido, al comentar mi anterior artículo, le tildaba de “narcisista”, creo que se quedó muy corto en su calificativo.

Con su habitual agudeza Bertrand Russell, filósofo y Premio Nobel de Literatura en 1950, distinguió ambos trastornos diciendo que “el megalómano se diferencia del narcisista en que desea ser poderoso antes que encantador, y prefiere ser temido a ser amado”.

Como vemos, la megalomanía es una severa enfermedad mental que induce al individuo a sumergirse en comportamientos patológicos, prepotentes, delirantes, ridículos, volátiles e impredecibles. Cuando quien padece esta patología es el presidente del país más poderoso desde la perspectiva bélica, ipso facto deberíamos considerar que el mundo se encuentra en una situación de riesgo extremo.

Voy a limitarme en esta ocasión a transcribir una breve reseña de dichos y actitudes recientes de Trump que indican que su penosa enfermedad se agudiza con el paso de los días, llevándolo inclusive a incurrir en episodios ridículos que despertarían compasión y vergüenza ajena, si no fueran tan espantosamente peligrosos en sus potenciales consecuencias.

Veamos:

Como todo aspirante a déspota, el primer paso hacia la autocracia que Trump ha dado consistió en sembrar la discordia y el terror en las calles estadounidenses.

Con el pretexto de combatir la inmigración ilegal, ordenó un despliegue inusitado de fuerzas paramilitares en distintos estados de la Unión. El ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ha sido el instrumento elegido por Trump para instalar el caos en su país. Un grupo de tareas integrado por personajes fuertemente armados, con chalecos antibalas, pasamontañas y un aspecto intimidante fueron habilitados para detener sin orden judicial a ciudadanos norteamericanos tan solo por su aspecto.

Los episodios de violencia se sucedieron por todos lados, y en vano los gobernadores y alcaldes se expresaron en contra de esta intromisión perversa en sus ciudades. El Presidente acicateaba día tras día un accionar tan brutal, respaldando incondicionalmente sus feroces represiones. Turistas, veteranos de guerra, ciudadanos norteamericanos acreditados, fueron víctimas de atropellos espantosos que fueron filmados y viralizados hasta el cansancio.

Los gobernadores están en estado de alerta y movilizan sus propias fuerzas de seguridad que tienen fuertes encontronazos con el ICE y la tensión se incrementa diariamente con multitudinarias manifestaciones de protesta contra lo que se considera, con razón, un avasallamiento de las libertades individuales perpetrado y decidido por el mismísimo gobierno federal.

El 7 de enero de este año 2026, Renée Nicole Good, residente en Mineápolis, la ciudad más poblada del estado de Minessota, cuando iba en su automóvil acompañada de uno de sus hijos, de tan solo seis años de edad, fue interceptada bruscamente por personal de ICE que pretendieron bajarla por la fuerza del vehículo. Asustada quiso poner en marcha su automotor, y un oficial le disparó a quemarropa tres balazos en pleno rostro causándole la muerte. Un asesinato espantoso, a sangre fría, un crimen cometido a la vista del hijo de la víctima. Renée Good no era inmigrante. Era estadounidense, poetisa, madre de tres hijos, viuda, tenía 37 años, cuando fué salvajemente asesinada.

La reacción de Trump y sus adláteres fue penosamente patológica. No solo respaldaron al asesino, sino que se atrevieron a decir que era un acto de defensa propia, ya que Good había cometido un “acto de terrorismo doméstico”.

Cualquiera que haya visto los videos del hecho sabe que estas afirmaciones son una mentira absoluta y una canallada indefendible.

Un Presidente que manda a arrestar transeúntes por “presunción de inmigrante” y que lanza a las calles patotas armadas sin control judicial previo de sus actos, y se ufana de estos hechos, es un personaje intrínsecamente perverso.

Lejos de intentar apaciguar los ánimos, el Presidente anuncia que hará uso de la “Ley de Insurrección”, un mecanismo que le permite disponer el envío de fuerzas militares de la Guardia Nacional dentro del territorio estadounidense.

A modo de amenaza, dejó filtrar una filmación que muestra a 1.500 efectivos preparándose para ser trasladados a Minnesota. Andrés Repetto, periodista argentino especializado en temas internacionales, destaca estos hechos en su columna semanal.

La prepotencia que simula un patoterismo gangsteril que caracteriza a Trump, es un modus operandi que aplica, en primer término, contra los habitantes de su propio país. El Gobernador de California dijo públicamente que “Trump esta intentando provocar una Guerra Civil. Es una desgracia lo que está haciendo en Minneápolis. Es una desgracia lo que está haciendo a lo largo de los Estados Unidos aterrorizando comunidades. Es una desgracia publicitando y evocando lo peor de la década de 1930 provocando tensiones y proclamando una supremacía blanca que es promovida activamente por su administración”.Trump esta intentando provocar una Guerra Civil. Es una desgracia lo que está haciendo en Minneápolis. Es una desgracia lo que está haciendo a lo largo de los Estados Unidos aterrorizando comunidades. Es una desgracia publicitando y evocando lo peor de la década de 1930 provocando tensiones y proclamando una supremacía blanca que es promovida activamente por su administración”.

La relación entre Venezuela y los Estados Unidos ha sido muy poco amigable desde la asunción al poder de Hugo Chávez, sucedido tras su fallecimiento por Nicolás Maduro.

Aparentemente Trump decidió muy pronto terminar con todo tipo de diferencias por la vía de la fuerza. Para poder actuar libremente y no depender de decisiones y autorizaciones del Congreso, con habilidad declaró a las autoridades venezolanas como jefes de un esquema de narcotráfico y terrorismo. A continuación, y basado en estas afirmaciones, desplegó su flota en el Caribe y empezó a asediar los navíos que presuntamente transportaban droga.

El 2 de septiembre del 2025 la armada norteamericana detectó una lancha que consideraba transportaba narcóticos ilícitos y la bombardeó. Dos de los cuatro tripulantes sobrevivieron y quedaron naufragando en alta mar. El Secretario de Defensa Pete Hegseth que observaba en las pantallas de televisión y con aire acondicionado los sucesos, dió la orden de matar a los sobrevivientes, lo que se realizó a sangre fría y violando expresamente las normas de la Convención de Ginebra y las leyes marítimas. Trump defendió a Hegseth y consideró a los supervivientes como “narcoterroristas” y, por tanto, objetivos militares legítimos.

Según Rtve Noticias los ataques estadounidenses durante este período, se cobraron la vida de 82 presuntos narcoterroristas. Obvio que nadie se tomó jamás el trabajo de exhibir pruebas que acreditaran el carácter de narcotraficantes de los muertos.

Ya con todos los justificativos a la mano, Trump decidió ir por más. El bloqueo era insuficiente. Había que apoderarse de todo el país.

El 3 de enero del 2026, en horas de la madrugada se bombardeó Caracas y en una operación militar expeditiva se apresó a Nicolás Maduro y su mujer, transportándolos esposados a Estados Unidos para ser juzgados.

El episodio causó conmoción mundial. Trump por fin demostraba en los hechos que estaba dispuesto a hacer realidad sus bravuconadas. A partir de entonces nadie tomaría livianamente sus amenazas. El mundo no salía de su estupor, y las reacciones fueron variadas. La violación palpable del derecho internacional público que implica bombardear otra nación sin declaración de guerra contrastaba con aquellos para los que la remoción de Maduro significaba el fin de un régimen opresivo.

Lo que siguió a continuación se parece a un sainete disparatado, sino fuera tan trágicamente doloroso.

Como primera medida quedó en claro que a Donald Trump le importa un pito la democracia y las libertades de los venezolanos. En primera persona y sin ponerse colorado se despachó diciendo que le importaba controlar Venezuela “por su petróleo y sus riquezas naturales”. Dejó muy en claro que no pensaba erradicar al chavismo del poder, es más dice que se entiende muy bien con Delcy Rodríguez, la nueva Presidente, parte esencial del régimen y con su hermano.

“Ninguneó” despectivamente a Corina Machado y a la oposición venezolana y no mostró ningún indicio de que querría propiciar en lo inmediato una transición democrática en ese país. Nunca antes un presidente norteamericano había expuesto sus verdaderas intenciones de manera tan cruda y desembozada. Se intervenía en un país extranjero, porque le interesaba controlar sus recursos naturales, y lo hacía sencillamente porque podía y porque tenía de su lado la razón que le otorga la fuerza bruta.

Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial el delicado equilibrio entre las Naciones se sostuvo en buena parte gracias al temor recíproco que implica el conocimiento certero que se tiene de la potencia bélica de los eventuales adversarios. Como un reflejo natural de ese deseo de propender a transparentar un criterio de Paz Armada, en 1949, Occidente conformó una alianza bélica regional que se conoce con el nombre de OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) que generó como respuesta de parte del bloque soviético la creación del llamado Pacto de Varsovia.

Ambas alianzas estratégicas se enfrentaron en una carrera armamentista desenfrenada que paradójicamente creó un contrapeso militar que mantuvo un precario equilibrio mundial por décadas.

La caída del muro de Berlín y el desplome de la vieja Unión Soviética ocasionó el desmoronamiento del Pacto de Varsovia y la incorporación de algunas de las naciones que lo integraban al régimen de la OTAN, como Polonia, Hungría o República Checa que consumaron su adhesión en el año 1999.

Las pretensiones expansionistas de la Rusia de Vladimir Putin encontraban en la OTAN a su mayor enemigo. De hecho, la invasión a Ucrania fue justificada por el líder ruso cuando Zelensky, el presidente ucraniano anunció su voluntad de incorporarse a la alianza occidental.

La denodada resistencia de Ucrania a la ya por demás prolongada invasión rusa, solo fue posible gracias al aporte bélico y económico que recibiera de los países miembros de la OTAN.

De la noche a la mañana, todo este complejo entramado geopolítico está siendo puesto en jaque por los dislates de Donald Trump.

Mientras los países europeos están empeñados en evitar el avance ruso, Trump no solo maltrata en público a Zelensky, sino que le exige compensaciones materiales en materia de cesión de sus recursos naturales por la ayuda recibida.

Pero esto no es nada. En un inesperado giro de la historia, le abre a Putin perspectivas inimaginadas hasta ayer.

Con su vulgaridad a flor de piel, Trump ha decidido apoderarse de Groenlandia, un protectorado autónomo vinculado a Dinamarca, miembro de la OTAN.

O sea que se propone invadir por la fuerza a uno de sus aliados.

La Carta de la OTAN tiene un artículo 5 que estipula que un ataque armado contra un miembro se considera un ataque contra todos, activando la defensa colectiva y la respuesta militar necesaria para repeler al agresor. Es el compromiso básico y esencial de los más de 30 países miembros de la misma.

De manera que, si Trump decide atacar Groenlandia, entraría automáticamente en guerra contra el resto de las naciones que integran la OTAN.

Manifestaciones multitudinarias en Groenlandia y Dinamarca repudiando la amenaza yanqui, países europeos enviando tropas a Groenlandia para defenderse del eventual ataque, niños groenlandeses filmando videos mostrando el miedo y el rechazo que la población siente ante esta agresión injustificada, innecesaria y absurda.

Con tono grotesco Trump se burla de los presidentes de Francia, Alemania y el Primer Ministro Inglés y ningunea a las autoridades canadienses.

Macron responde con un discurso ante sus militares de más alta graduación, amenazando a los Estados Unidos, ratificando que defenderán la soberanía de Groenlandia y anunciando que el sistema aéreo de defensa francés es muy superior al sistema Patriot que tienen los norteamericanos.

Es tan poco creíble lo que estamos viviendo, el colapso de las alianzas bélicas occidentales por decisión unilateral del Presidente de los Estados Unidos, que me veo obligado a recomendar el video en el que el mandatario francés amenaza a su otrora principal aliado.

Lejos de amilanarse ante la reacción europea, Trump se les ríe en la cara, los ridiculiza y se burla de ellos. Pero además los amenaza con sanciones económicas.

A partir del 1 de febrero de este año, anunció la aplicación de aranceles extraordinarios de un 10% contra los productos de aquellos países que se opongan a sus planes de apoderarse de Groenlandia. Y los aranceles se incrementarán a un 25% a partir de Junio de este año.

El Ministro de Relaciones Exteriores de China, al ser preguntado al respecto, con contundencia replicó que China ha aclarado repetidamente su posición la situación en Groenlandia. El Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas es el fundamento del orden internacional y debe ser respetado, “pedimos a Estados Unidos que deje de usar la “amenaza china” como excusa para buscar un beneficio propio”.

Mientras tanto en Bruselas la Unión Europea está debatiendo la aplicación contra Estados Unidos del ACI (Instrumento Anticoerción) que le permitiría aplicar aranceles en su contra, aplicar tasas a servicios incluídas las empresas tecnológicas, restringir inversiones en territorio europeo y excluir empresas norteamericanas de la posibilidad de participar en licitaciones en territorio europeo en materia de contratos públicos.

Imagino sinceramente que Putin debe estar encantado con tanta locura. La OTAN, su temido adversario, implosiona por las actitudes autoritarias de su miembro más importante.

Incluso el Primer Ministro de Alemania, Friedrich Merz se ha sentido obligado en forma pública a decir que hay que iniciar conversaciones con Rusia, que forma parte de Europa, y que hay que lograr un acuerdo político con Putin que garantice la Paz Mundial.

Mientras tanto la máxima autoridad política de Canadá viajó a China y se reunió con Xi Jiping, declarando luego la necesidad de una apertura con este país, habida cuenta la ruptura de las vinculaciones geopolíticas tradicionales.

El inexplicable curso de los acontecimientos le ha permitido a Putin, con tono ceremonioso y cierto desparpajo, decir que “insistiré una vez más que no es Rusia, sino Estados Unidos, quien ha destruido el sistema de seguridad internacional, y al seguir luchando, aferrándose a su hegemonía, están empujando al mundo entero hacia un conflicto global. Siempre hemos preferido, y ahora estamos dispuestos, a resolver todas las controversias por medios pacíficos, pero también estamos preparados para cualquier desarrollo. Si alguien sigue dudando de esto, es en vano. ¡Siempre habrá respuesta!”

Detrás del discurso pausado de Putin, la amenaza que sus palabras contienen es explícita. Aterroriza pensar que hombres como Trump y Putin tienen acceso a armamento nuclear.

No puedo concluir estas líneas sin un rapidísimo repaso a los más recientes disparates de Trump, empeñado en hacer el ridículo como consecuencia directa de su inocultable delirio de grandeza. Veamos tres temas al pasar que denota su fenomenal vocación por incurrir en el absurdo:

Todos sabemos que Javier Milei en su petulancia infantil se autoproclamó candidato al Premio Nobel de Economía. Donald Trump no se contentó con una candidatura. Consideró un agravio personal que no se le otorgara el Premio Nobel de la Paz. Su personalidad desaforada y egocéntrica le hizo entender la concesión de este galardón a María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana, era una ofensa deliberada y maliciosa contra su persona…¡Y le echó la culpa del presunto desplante al Primer Ministro de Noruega!

Lo hizo en una carta cuya autenticidad confirmó el mandatario noruego. El contenido de la misma pone de manifiesto con claridad la notable alteración mental que padece Trump. Su texto parece, y seguramente lo es, escrito por un loco.

“Considerando que su Nación decidió no darme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras, de aquí en adelante no me siento en la obligación de pensar puramente en la Paz, sino que ahora pensaré solo en lo que es bueno para los Estados Unidos. Dinamarca no puede proteger Groenlandia de Rusia o China, y de todas maneras ¿por qué tendría un supuesto derecho de propiedad? No hay documentos escritos, solo el hecho de que un barco llegara allí hace cientos de años, pero nosotros también enviamos barcos. Yo he hecho más por la OTAN desde su creación que cualquier otra persona desde su creación. Ahora la OTAN debería hacer algo por los Estados Unidos. El mundo no estará seguro a menos que tengamos un control pleno y absoluto de Groenlandia”, Donald Trump.

Lo escrito no tiene desperdicio. Es el compendio más perfecto de la insensatez delirante que lo aqueja. Ignora hasta lo elemental, el Primer Ministro Noruego no decide las premiaciones del Nobel de la Paz. Le traslada a Noruega la responsabilidad por la Paz Mundial, puesta en peligro por el mero hecho de no haberle otorgado el Premio. Este ridículo afán de ser reconocido le genera respuestas infantiles.

Después del reclamo quejoso por el regalo no recibido viene la amenaza patoteril. Sin transición lógica aborda el tema Groenlandia, cuestiona los derechos daneses sobre ese territorio, exige títulos de propiedad del país (como si los Estados Unidos no hubieran surgido de una toma hostil del territorio arrebatado a los aborígenes oriundos de aquel suelo). Finaliza como un chico malcriado diciendo que es él quien más ha hecho en beneficio de la OTAN, y reclama como premio Groenlandia.

Patético, todo muy patético.

Para colmo, las conductas disparatadas generan contagio. La ganadora del Nobel de la Paz, María Corina Machado, que había sido destratada groseramente por Trump, en un extraño gesto de pleitesía, visto que no conseguía la audiencia anhelada con el presidente norteamericano, le ofreció entregarle la medalla que recibiera en la premiación. ¡Y Trump como un niño consentido aceptó el regalo! Obviamente los noruegos se vieron en la obligación de decir que los premios no son transferibles, desatando nuevas iras presidenciales. Todo un ir y venir tragicómico donde la indignidad, la petulancia y el desquicio caminan de la mano.

En un alarde de mal gusto e infantilismo, Trump ha usado la Inteligencia Artificial para mandar un mensaje intimidatorio al mundo.

En la primera imagen aparecen el propio Trump, acompañado de Marcos Rubio y el Vicepresidente J.D. Vance plantando una bandera estadounidense con un cartel que dice “Groenlandia territorio de los Estados Unidos año 2026”.

En la imagen aparece Trump presidiendo una mesa rodeado de líderes europeos entre ellos Giorgia Meloni de Italia, Keir Starmer del Reino Unido, Emmanuel Macron de Francia, Zelensky de Ucrania, y el secretario general de la OTAN Mark Rutte. Presidiendo la escena un mapa donde la bandera estadounidense aparece pintada en los territorios de Canadá, Venezuela y Groenlandia.

Dije ya que el megalómano disfruta infundiendo miedo. Y estas imágenes son muestra cabal de una desvergonzada prepotencia de la que hace gala a cada momento.

Ni hablar del registro falso de wikipedia en el que se autoproclama “acting president of Venezuela”, o en cuando imputa al Reino Unido de una GRAN ESTUPIDEZ por ceder el dominio de la isla de Diego García, o cuando se mofa de Macron y lo ningunea diciendo que pronto dejará de ser el mandatario francés, y filtra con imprudencia mensajes privados que este le enviara.

Nadie está a salvo de sus malos modos.

Una mente megalomaníaca es, por definición, contradictoria. A la par que insulta a propios y extraños, hace alarde de fuerza bruta, y ataca a sus compatriotas, Trump se ve impulsado por su delirio de grandeza a decidir unilateralmente cuestiones altisonantes.

Decidió crear entonces un Consejo de Paz, presidido obviamente por él mismo, e invitó a varios presidentes, incluidos Vladimir Putin, Viktor Orban o Javier Milei para conformar el consejo asesor, con la condición de que cada uno de ellos efectúe un aporte de 1.000 millones de dólares para integrarlo.

Eufórico Milei anunció que recibió el convite y se apresuró a aceptarlo, sin que nadie tenga ni la más remota idea de donde saldrán esos benditos 1.000 millones de dólares ni el alcance real del organismo aún nonato, concebido hasta ahora solo en la mente febril de Donald Trump… es que la locura es bastante contagiosa.

Más allá de los vaivenes emocionales de Trump, me asusta mucho ver a la Argentina tomando roles protagónicos en conflictos mundiales que no nos atañen de primera mano, y en lo que sería saludable no involucrarnos irracionalmente.

En fin, como hemos ido viendo a lo largo de este artículo, el mundo está loco, sometido a una inercia destructiva y poniendo en riesgo la Paz y la Estabilidad Mundial.

Creo con convicción que todos los gobernantes del mundo tienen que ser muy decididos para poner fin a esta espiral de irracionalidad, solo con firmeza y convicción se irán disipando las brumas de locura y violencia que algunos pretenden instaurar.

Enero 22 del 2026

Sisto Terán Nougués

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