La hora de los depredadores: una certificación del tiempo que vivimos
No hace falta leer La hora de los depredadores como un ensayo teórico ni como una advertencia futurista. El libro funciona mejor si se lo toma como lo que realmente es: una certificación del presente. Una constatación fría de cómo opera el poder hoy y de por qué los acontecimientos globales ya no sorprenden, sino que se repiten con una lógica reconocible.
por Redacción asistida por IA
El escenario internacional reciente lo confirma. Conflictos armados que se prolongan sin solución política, economías sometidas a intereses financieros transnacionales, democracias formales incapaces de controlar a los verdaderos centros de decisión y una escalada autoritaria que se presenta como “orden” o “eficiencia”. Nada de esto ocurre por accidente. Responde a una arquitectura de poder que dejó de necesitar legitimidad social para funcionar.
Los depredadores que describe Giuliano da Empoli —autor del libro, publicado en 2023— no gobiernan necesariamente desde los Estados, pero condicionan a los Estados. No buscan consenso: buscan rendimiento. No prometen futuro: maximizan beneficios en el presente. Y cuando una sociedad o un país deja de ser rentable, se lo abandona sin costo moral.
Los hechos recientes muestran esa lógica con crudeza. Decisiones económicas que impactan sobre millones de personas se toman sin debate público. Intervenciones militares o bloqueos estratégicos se justifican con argumentos morales selectivos. Plataformas digitales y grandes conglomerados mediáticos ordenan la agenda global, amplificando conflictos secundarios mientras silencian disputas estructurales. El resultado es un mundo hiperexpuesto a información, pero desinformado en lo esencial.
En este contexto, la clase política tradicional aparece atrapada en una negación peligrosa. Muchos dirigentes siguen analizando la realidad con categorías que ya no explican nada. Hablan de soberanía mientras resignan control. Defienden instituciones que no se animan a usar. Denuncian al poder económico, pero gobiernan sin enfrentarlo. Esa distancia entre discurso y acción no es inocua: vuelve funcional a la política a un sistema que la excede y la utiliza.
La sociedad, por su parte, acompaña este proceso en estado de anestesia. No por ignorancia, sino por agotamiento. La crisis permanente desgasta la capacidad de reacción. La indignación dura lo que dura una tendencia. La bronca se canaliza en redes, pero no se traduce en organización ni en demanda estructural. El conflicto se fragmenta; el poder, no.
Lo que el libro deja en evidencia —y lo que los hechos confirman— es que la democracia no está siendo derrocada: está siendo vaciada. Se conserva la forma, pero se pierde la capacidad de decidir. Se vota, pero los márgenes de acción real son cada vez más estrechos. En ese vacío prosperan liderazgos autoritarios, tecnocráticos o mesiánicos que no cuestionan la lógica depredadora: la administran con otro tono.
Por eso La hora de los depredadores no debería leerse como una crítica al sistema desde afuera, sino como un manual involuntario de cómo el sistema ya funciona. No denuncia una anomalía: describe una normalidad peligrosa. Y coloca una pregunta incómoda en el centro del debate público: ¿hasta cuándo una sociedad puede tolerar ser espectadora de su propio vaciamiento?
El tiempo que vivimos no necesita más relatos épicos ni consignas morales. Necesita diagnóstico, conflicto político real y recuperación de capacidad de decisión. Porque si algo demuestra esta etapa es que los depredadores no avanzan sólo por su fuerza, sino por la renuncia colectiva a enfrentarlos.