TRESGOBERNADORES

Una Gaceta vieja, una imagen de 2016 y cuatro dirigentes abrazados en Casa de Gobierno. Diez años después, la política tucumana parece haber descubierto el secreto de la juventud eterna: cambiar de cargos para que nada cambie demasiado.

Los diarios viejos tienen un destino práctico los domingos: ayudar a prender el fuego del asado. Papel noble, tinta ya discutida por la historia y titulares que alguna vez parecieron urgentes.

Uno los arruga sin culpa.

Pero cada tanto el archivo se defiende.

Entre suplementos amarillentos, avisos de electrodomésticos que ya no existen y promesas políticas que tampoco, apareció la foto. Página par interior. Agosto de 2016. Una escena clásica del poder tucumano: abrazos, sonrisas, gesto de victoria. Cuatro hombres celebrando en Casa de Gobierno.

Ahí están los tres gobernadores que marcaron el último cuarto de siglo de la provincia y, a su lado, quien hoy ocupa un despacho turístico en la Nación. Todos jóvenes en la foto. O al menos más jóvenes. Todos convencidos de que estaban protagonizando un momento histórico.

La política siempre cree estar viviendo momentos históricos.

Lo curioso es que diez años después la imagen no parece un recuerdo. Parece una escena en pausa.

Porque si uno mira con atención, lo que cambió en la foto fue apenas el vestuario del poder. Los cargos rotaron, los despachos se mudaron algunos kilómetros y los discursos aprendieron palabras nuevas. Pero los nombres siguieron orbitando alrededor del mismo sistema político, como planetas que se niegan a abandonar su gravedad.

Una década es tiempo suficiente para muchas cosas.

Para que un chico que entraba a la primaria termine el secundario.

Para que un teléfono inteligente quede obsoleto tres veces.

Para que el precio de un asado se vuelva material de estudio sociológico.

Y también debería ser tiempo suficiente para que una provincia muestre cambios profundos.

Sin embargo, el archivo tiene un humor extraño: cuando uno mira esa foto de 2016, la sensación es que el tiempo tucumano se mueve con una lógica distinta. No corre: gira.

Mientras tanto, la realidad fue acumulando datos menos festivos.

En el Gran Tucumán, la pobreza llegó a superar el 55% en 2024, el registro más alto en décadas. Más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza. Una estadística que no entra cómoda en ninguna foto de celebración.

En paralelo, el mercado laboral se volvió cada vez más frágil. Desde 2016 creció con fuerza el trabajo informal y el cuentapropismo, ese eufemismo elegante para describir a miles de personas que se inventan un empleo todos los días para sobrevivir.

Nada de eso aparece en aquella imagen.

Las fotos del poder nunca muestran lo que ocurre fuera del encuadre.

Tal vez ahí radique el misterio de su longevidad. Los protagonistas envejecen, los cargos cambian de nombre, los discursos se reciclan, pero el sistema político mantiene una estabilidad casi biológica. Una especie de juventud institucional que desafía al calendario.

Mientras tanto, nosotros también cambiamos.

Los que en 2016 mirábamos esa foto como una postal del presente hoy la observamos como arqueólogos domésticos, con el asado esperando y el carbón manchando las manos.

La política tucumana, en cambio, parece haber encontrado una fórmula notable: permanecer.

Permanecer en los nombres.

Permanecer en las lógicas.

Permanecer incluso cuando todo alrededor se mueve.

Sucede que quienes aparecen en esa imagen no suelen revisar demasiado los archivos. El poder rara vez lo hace. Los archivos tienen la mala costumbre de recordar lo que el presente preferiría olvidar.

Pero alguna vez —aunque sea frente a un espejo o en la soledad del insomnio— la pregunta aparece.

Diez años es mucho tiempo para una vida.

¿También lo es para una provincia?

Porque gobernar durante décadas debería permitir algo más que perfeccionar la continuidad. Debería habilitar balances, comparaciones, auditorías de la realidad.

La política suele prometer cambios históricos.

El archivo, en cambio, es más modesto. Solo muestra fotos.

Y a veces alcanza con una para entender que, mientras el país cambiaba de crisis en crisis, Tucumán perfeccionaba otra especialidad: la de mantenerse exactamente en el mismo lugar… pero con traje nuevo.