FRANCOSYCATALAN

El reciente reordenamiento del directorio de YPF no solo vuelve a exponer la pérdida de centralidad de Guillermo Francos dentro del esquema libertario. También deja en una zona de fragilidad política a quienes históricamente orbitan bajo su padrinazgo, entre ellos el tucumano Lisandro Catalán.

Francos, desplazado del lugar estratégico que ocupaba en la petrolera estatal, conserva un asiento en el directorio y percibe honorarios. Sin embargo, su degradación jerárquica es inocultable: ya no representa el poder real del Ejecutivo ni participa del núcleo de decisiones donde hoy se define la política energética y, sobre todo, la política de poder del Gobierno nacional.

La llegada de Manuel Adorni como director con acción de oro —sin cobrar sueldo, pero con capacidad de veto— consolida un mensaje claro: el poder no se mide por cargos ni por trayectoria, sino por nivel de confianza directa con el Presidente. En esa lógica, Francos quedó afuera.

El efecto arrastre: Catalán, entre la formalidad y el vacío de poder

En la misma jugada, la continuidad de Lisandro Catalán en el directorio de YPF debe leerse con cuidado. Catalán no es un actor autónomo dentro del esquema libertario: su construcción política siempre estuvo asociada a Francos, quien lo promovió y sostuvo en distintos espacios de poder.

Por eso, la degradación de Francos impacta de lleno en la proyección de Catalán. Su permanencia en YPF garantiza un cargo, pero no incidencia. En la jerga política, conserva el conchabo, pero perdió la palanca. No forma parte de las “fuerzas del cielo”, ni del círculo que hoy define el rumbo del Gobierno.

Lejos del centro de gravedad libertario, Catalán queda atrapado en un rol institucional sin capacidad real de decisión, en una empresa donde el poder efectivo ya cambió de manos. Para Tucumán, el dato es incómodo pero preciso: hay nombre propio, pero no hay poder propio.

YPF vuelve a funcionar como un termómetro del momento político. Y el diagnóstico es claro: el declive de Francos no es individual, arrastra a su estructura, a sus apadrinados y a toda una forma de hacer política que ya no tiene lugar en el esquema de Milei.

En el Gobierno libertario, la lógica es implacable: sin acceso directo al Presidente y a su hermana, no hay poder real. Todo lo demás es relato…

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