“Estanflación” económica y extranjerización de la decisión política en Argentina

sistoteran

Reflejos de una crisis que ha llegado para quedarse

Esto es irrefutable. No admite interpretaciones. Es una fría demostración numérica proporcionada por los propios organismos oficiales.

¿Cómo podemos sostener con veracidad que estamos domesticando la inflación, si desde hace seis meses que el índice de precios no deja de subir?

Peor aún, este gobierno se ha encargado hace unos días de dinamitar la poca confianza pública en los números oficiales.

La remoción del titular del INDEC, Marco Lavagna, puso indirectamente al descubierto una maniobra evidente de distorsión deliberada de datos para impedir que las mediciones se ajusten a la realidad.

Quienes nos gobiernan han sido feroces detractores, con razón a mi juicio, de las jugarretas de Guillermo Moreno para manipular los cálculos del organismo de estadísticas. Esta adulteración, decían, generaba desconfianza, imprevisibilidad, y afectaba directamente la incidencia real económica en sectores muy importantes, atados de hecho a los resultados de estos estudios. El ajuste por inflación de salarios, jubilaciones, títulos públicos, etc. se distorsionaba inevitablemente.

Hoy esos furibundos censores de antaño incurren en el mismo despropósito con un desparpajo que asusta.

Unilateralmente decide el gobierno, y lo anuncia en forma pública, impedir la aplicación del nuevo esquema de medición elaborado por el INDEC que actualizaba las bases a ponderar, que databan del año 2004, para sustituirlas por otras más actuales.

El trabajo se había anunciado casi un año atrás con bombos y platillos. Era un retorno a la honestidad intelectual en materia de estadística pública. Se realizó una importante tarea profesional con la mayor meticulosidad posible.

Pero cuando Milei advirtió que el nuevo sistema de cálculo implicaría reflejar una inflación mayor que la que surgía de los viejos modelos, resolvió dar marcha atrás.

Las torpes explicaciones correspondieron a Caputo. Con una inimputabilidad digna de mejores causas, y poniendo su mejor cara de tonto, dijo que iban a “esperar que la desinflación se acentúe y consolide antes de aplicar la nueva metodología”.

La frase es tan absurda que casi conmueve y nos lleva a ser misericordiosos en los epítetos que podríamos usar para adjetivarla.

La verdad es que decidieron mentir. Y mintieron mirándonos de frente, sin vergüenza alguna.

Se supone que el nuevo índice era una herramienta más precisa, más eficaz y veraz para medir la inflación en la Argentina. ¿Entonces, por qué tenemos que esperar que se produzca la “desinflación” para empezar a medir? Casualmente la medición es una comparación que determina la situación y los pasos a seguir. ¿Cómo entonces voy a direccionar mis pasos si de antemano me estoy mintiendo ex profeso respecto de los datos de las realidades sobre las que debemos trabajar?

Pero no estamos en presencia de una mentira cualquiera. Es una mentira con serias consecuencias económicas.

Los trabajadores al momento de sentarse a discutir su situación salarial toman como referencia básica los resultados de los índices oficiales. Y si estos son mentirosos, obviamente los aumentos concedidos a base de estos resultados falsos, serán menores que los que corresponderían. Lo mismo vale para las jubilaciones, o los títulos públicos que cotizan con el CER. La mentira causa daño a personas y empresas, y dificulta el cálculo económico real.

Si el viejo índice estableció para enero el 2,9%, con total seguridad el nuevo estaría mostrándonos valores superiores al 3%. Y esa corrección tiene efectos psicológicos concretos que afectan a los actores económicos.

El primer punto entonces que quiero destacar es que la inflación no solo no ha sido derrotada, sino que hace ya seis meses que viene en continuo crecimiento. NO BAJA, SUBE, Y SUBE TANTO QUE NOS MIENTEN SIN PUDOR PARA OCULTARNOS LO QUE EN REALIDAD ESTA PASANDO.

Una digresión al margen, que sin embargo viene al caso.

Nadie subestima la enorme dificultad que implica resolver el problema inflacionario, pero resulta chocante que se presente como un éxito lo que hasta ahora es un fracaso.

Sin entrar en ponderaciones de valor, de nuevo apelemos a los datos fríos.

En febrero de 1991, el índice de inflación mensual en la Argentina dio como resultado un 27%. El Plan de Convertibilidad se aprobó por ley el día 27 de marzo de 1991. La inflación de Noviembre de 1991 fue del 0,4 % mensual.

Nos pueden gustar o no los mecanismos elegidos, pero ese es un caso concreto de baja de inflación en un lapso breve de tiempo.

Javier Milei en más de veinticinco meses no solo no ha podido perforar el mítico umbral del cero coma de inflación, sino que en sus últimos seis meses de gestión los números nos muestran inflación sostenida al alza.

Como metodología de su lucha antiinflacionaria ha implementado primero una megadevaluación, luego una paulatina subvaluación del dólar con una tablita que trae funestos recuerdos de tiempos muy tristes, fomentando así el carry trade y la bicicleta financiera. Ancló el dólar como primaria medida para controlar los precios y generó una inflación en dólares en su puja por obligar a los argentinos a “sacar los dólares del colchón”. Se endeudó salvajemente y forzó “blanqueos” para hacerse de moneda extranjera y afrontar vencimientos de una deuda que él mismo había contribuido a generar en su anterior paso por la función pública. Fomentaron además una irrestricta política de apertura de importaciones como método artificial de baja de precios. En el camino desmantelaron la estructura administrativa del Estado y desfinanciaron la Educación y la Salud Pública mientras en simultáneo estigmatizaban y destrozaban la Obra Pública generando una preocupante desinversión en el sector con consecuencias gravísimas que se verán en el corto plazo.

En términos absolutos y relativos, el proceso de Caputo no tiene ni siquiera aproximación a los logros obtenidos por Cavallo en materia de baja de inflación, ni en tiempo, ni en efectividad.

Caputo nos condujo además, con su predisposición innata a la timba, a un escenario donde el default estuvo a veinticuatro horas de acaecer, y no se produjo, solamente por una intervención providencial e interesada del gobierno de los Estados Unidos.

Parece sin embargo que, al menos para buena parte de los argentinos, el equilibrio económico se asocia simplemente a dos variables: la estabilidad cambiaria y el índice inflacionario.

Respecto de la segunda, el edificio está empezando a tambalear. Respecto de la primera, por ahora la devaluación mundial del dólar y la intervención yanqui pareciera estar alcanzando para ahuyentar fantasmas.

Pero se hace imperativo hablar de un tercer tema del que ya se están verificando las primeras señales preocupantes.

Argentina está inmersa en recesión.

Recesión es nada más ni nada menos que una caída de la actividad económica sostenida en el tiempo. Recesión implica menos trabajo para la gente, de menor actividad, menos consumo y de menor calidad.

Sus consecuencias son pavorosas. Desempleo y pérdida fuerte de capacidad de consumo se suman a un silencioso y progresivo endeudamiento de las familias, el incremento de la morosidad y el rechazo de cheques que afectan de a poco la denominada cadena de pago.

Los economistas no se ponen nunca muy de acuerdo en definir cuándo una economía puede considerarse inmersa en un marco recesivo. Arbitrariamente existe una especie de consenso que hilvanar en sucesivo dos trimestres con índices de caída de la actividad económica ya puede tildarse de recesivo.

Eso está pasando en la Argentina.

Y nos vemos asfixiados por una doble pinza entre inflación creciente y recesión que se conoce con el nombre de “estanflación”.

Los síntomas visibles de esta circunstancia ya son percibidos cada vez más por los argentinos de a pie.

Y entonces el gobierno, con enjundia admirable, emprende de nuevo sus maniobras de distracción.

Caputo nos dice que él “nunca se compró ropa en la Argentina”. La declaración, una bofetada para los inmensos conglomerados de personas que no han tenido la suerte de salir jamás de nuestro país con propósitos turísticos, es tan formidablemente ridícula que hizo que demasiada gente hablara de ella.

Con aire sobrador redobló la apuesta e hizo alarde de su traje adquirido en Massimo Dutti. Patético sería, si no fuera en realidad una estrategia para no hablar de lo que precisamente importa.

Adorni nos dice muy suelto de cuerpo que no entiende por qué alguien dice que se pierden fuentes de trabajo si, en vez de fabricar un “jean” en nuestro país, lo importamos. El solo hecho de detenernos a comentar este disparate es demostración cabal del triunfo de su trabajo de distracción.

Con sonoridad de clarines triunfales se anuncia la creación de la “Oficina de Respuesta Oficial”, cuyo objetivo sería “desmentir periodistas y versiones en los medios”. De nuevo otra cortina de humo. Una especie de twiter oficial con destino a obligar a debatir sobre lo que el gobierno quiere y olvidarnos de lo que la gente padece.

Pero nada de lo que digan o hagan para distraernos evitará que veamos lo que sucede.

Estamos en estanflación, y no podemos ocultarlo.

El gobierno se sostiene con el aire insuflado por las elecciones de medio término, pero sobre todo, por la extranjerización de la decisión política que, aunque parezca mentira, a muchos parece razonable.

La situación de sumisión absoluta, de subordinación incondicional que Milei ha adoptado para con Donald Trump tranquiliza los mercados, y la sombra protectora de Scott Bessent, de momento difumina tensiones cambiarias.

Pocos, o nadie, tiene interés en conocer los condicionamientos reales que acepta nuestro gobierno a cambio de esta “pax financiera”. Se firma un acuerdo con los Estados Unidos que es un rosario de concesiones unilaterales, diría imposiciones, que se escribieron a espaldas de los presuntos sectores afectados y/o beneficiados, y sin que los trazos finos del mismo nos permitan entender sus verdaderos alcances.

Pero esta fantochada se exhibe como un logro. Estados Unidos, el imperio todopoderoso, nos cobija en su seno.

La apuesta de Trump ha sido ganadora. Por apenas unos dos mil millones de dólares controla a la Argentina. Bastante menos de los setecientos mil millones de dólares que estaba dispuesto a poner para apoderarse de Groenlandia.

La adhesión es absoluta. Cualquier cosa que haga Trump es de inmediato replicada con obsecuencia indigna por Milei. Y nos encolumnamos en todo y para todo, aunque sea que se nos solicite reivindicar la tortura como un procedimiento legítimo, lo que efectivamente hicimos oportunamente en Naciones Unidas.

Quizás por eso se produce una especie de extranjerización de la realidad política argentina. Hay una especie de percepción subconsciente de que Bessent es más decisorio que Caputo y que la suerte de Trump no nos es indiferente.

Tal vez por ello, tirios y troyanos, como reza el dicho, dirigimos nuestra mirada y nuestro análisis a lo que está ocurriendo en los Estados Unidos.

Y vemos que Trump, el ídolo de barro al que Milei adora hasta la genuflexión, no las tiene todas consigo.

Acorralado por el fantasma de los archivos de Epstein, que lo vinculan a hechos de pedofilia y delitos sexuales horrorosos, es víctima a la vez de su propia torpeza por la violencia que ha desatado en las ciudades estadounidenses con el accionar ilegal y criminal del ICE, su fuerza paramilitar de choque urbano. Esto se traduce en derrotas electorales inesperadas, que de a poco ponen en riesgo sus mayorías parlamentarias y está intentando sofocar las primeras deserciones ya verificadas entre las filas republicanas. La inesperada y homogénea resistencia de la Unión Europea le ha hecho postergar, al menos de momento, sus pretensiones invasoras respecto de Groenlandia. Y no todo son flores en el proceso de la guerra de aranceles que pusiera en marcha con torpeza elefantiásica.

Por si fuera poco, al cachetazo recibido de parte de Bruce Springsteen el ícono del rock norteamericano con su ya legendario canto de protesta titulado “Streets of Minneápolis”, hay que añadirle ahora la furia que le ha generado la irrupción ferozmente latina e identitaria que Bud Banny desarrollara en el ya mítico show del entretiempo del Súper Bowl. Plagado de simbolismo, el evento llegó al paroxismo cuando Ricky Martin cantó las estrofas de la canción “Lo que le pasó a Hawai”.

El desafío a Trump y a sus premisas supremacistas blancas no pudo ser más explícito y contundente. Se cantó solamente en español, se expresó con claridad que América es mucho más que los Estados Unidos e ingresó flanqueado por las banderas de todos los países latinoamericanos, a los que nombró uno por uno.

“La única cosa más poderosa que el Odio es el Amor” rezaba un cartel que encabezaba el acto. Reivindicó a Puerto Rico, se aferró a su bandera, y le pidió a Ricky Martin que cantara en tono de súplica que “no suelte la bandera ni olvide el lelolai, que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawai…”

En 1898 Hawai fue anexionado a los Estados Unidos sin un referéndum de su población, el reino dejó de existir, su bandera fue arriada definitivamente y su soberanía extinguida. La población nativa fue duramente segregada y hoy se considera que solo el 6% de los habitantes actuales de Hawai son de pura cepa nativa y el número apenas llegaría al 21% si consideramos una ascendencia nativa mixta. Menudo ejemplo de extranjerización forzada.

Un inédito desafío a las pretensiones imperiales norteamericanas, un recordatorio de que lo americano tiene raigambres latinas de las que estamos orgullosos y un clamor que reclama contra la violencia en las calles de los Estados Unidos. Y todo esto se hizo para la televisión mundial en el evento deportivo más importante del año, el que podríamos decir el deporte nacional por excelencia de los Estados Unidos.

La reacción de Trump fue tan furibunda y destemplada que dejó al descubierto cuanto le dolió la presentación del artista portorriqueño.

A los efectos de este análisis, solo interesa destacar que el Trump que Milei adora, no es tan todopoderoso como parece. En el interior de la sociedad estadounidense aflora ya el germen de laebelión contra el aspirante a dictador. Nadie puede tener dotes de augur, pero no todas son rosas en el horizonte de Trump.

Convendría entonces que el gobierno deje de mirar tanto afuera y dirija su mirada hacia quienes debieran ser los destinatarios esenciales de sus políticas: los ciudadanos argentinos.

Sisto Terán Nougués

Buenos Aires, Febrero 13 del 2026