El riesgo país baja, pero seguimos en el fondo de la tabla

La caída del riesgo país argentino por debajo de los 500 puntos básicos marcó un hito que rápidamente se convirtió en noticia. No ocurría desde 2018 y, en términos financieros, implica una mejora concreta en la percepción de riesgo soberano. Sin embargo, el dato cobra otra dimensión cuando se lo pone en contexto regional e histórico: la Argentina mejora, pero sigue lejos de la normalidad financiera y del promedio sudamericano.
por Redacción asistida por IA
Con un riesgo país en torno a los 480–490 puntos, el país logra perforar un umbral simbólico. Pero al cruzar las fronteras, la comparación vuelve a ser incómoda. Salvo Bolivia, todos los países de Sudamérica exhiben riesgos país inferiores, en muchos casos claramente por debajo de los tres dígitos. Chile, Uruguay, Perú, Paraguay, Brasil y Colombia se mueven en rangos que el mercado considera estándar para economías emergentes. Argentina, aun en su mejor registro reciente, permanece en el fondo de la tabla regional.
La baja existe y es relevante, pero no alcanza para cambiar de liga.
Qué mide el riesgo país y por qué importa
El riesgo país es un índice elaborado por JP Morgan —el EMBI— que mide el sobrecosto que debe pagar un país para endeudarse respecto de los bonos del Tesoro de Estados Unidos, considerados libres de riesgo. En términos simples, refleja cuán confiable resulta un Estado para cumplir con sus compromisos financieros.
En la práctica, este indicador funciona como una credencial de acceso al mundo financiero global. Impacta directamente en:
- El costo y la disponibilidad del crédito soberano.
- El financiamiento de empresas privadas.
- La llegada de inversiones productivas.
- El costo del capital para proyectos de largo plazo.
Un riesgo país alto no impide toda inversión, pero la vuelve más cara, selectiva y escasa.
Argentina desde 1983: picos, pisos y un patrón repetido
Mirado en perspectiva histórica, el recorrido del riesgo país argentino desde el retorno de la democracia muestra un patrón persistente de volatilidad extrema.
Década del 80: crisis de deuda e hiperinflación, con niveles implícitos de riesgo superiores a los 1.500–3.000 puntos y acceso prácticamente nulo al crédito.
Años 90: estabilización macroeconómica y apertura financiera. Argentina alcanza sus pisos históricos, con el riesgo país entre 200 y 300 puntos hacia 1997–1998.
2001–2002: default y colapso financiero. El riesgo país supera los 7.000 puntos, máximo histórico.
2003–2007: fuerte baja tras la reestructuración, con valores en torno a 400–600 puntos, aunque sin volver a los mínimos previos.
2016–2017: último piso relevante, con el indicador entre 350 y 450 puntos.
2018–2023: nueva escalada, con picos que superaron los 2.000 puntos.
2026: descenso sostenido hasta perforar los 500 puntos, el nivel más bajo en casi ocho años.
El dato central es contundente: Argentina pasó más tiempo con riesgo país alto que en niveles compatibles con el financiamiento normal.
El umbral de la competitividad
La experiencia regional es clara. Países con riesgo país por debajo de los 400 puntos acceden al crédito internacional en condiciones razonables y atraen inversiones de manera sostenida. Por debajo de los 300 puntos, el financiamiento deja de ser una rareza y pasa a ser una herramienta habitual de desarrollo.
Hoy, aun con la mejora reciente, Argentina se mantiene un 60% por encima de ese umbral. La baja es una condición necesaria, pero todavía insuficiente para hablar de un cambio estructural.
El mercado no anticipa milagros: responde a señales. Orden macroeconómico, disciplina fiscal, previsibilidad política y reglas estables son los factores que, históricamente, permitieron sostener bajos niveles de riesgo país. Cuando esas condiciones se diluyen, el indicador vuelve a escalar.
Por eso, la noticia no es solo que el riesgo país bajó, sino que la verdadera prueba será su persistencia en el tiempo. La Argentina mejoró, sí, pero sigue lejos del promedio regional y de sus propios mejores registros históricos.
Salir del fondo de la tabla no depende de un dato puntual, sino de romper un ciclo que, desde 1983, alterna breves ventanas de normalidad con crisis recurrentes.