El poder que se comunica y el periodismo que se debilita

PERIODISMOOFICIAL

En la era de las redes y los equipos oficiales sobredimensionados, la comunicación institucional avanza sin mediaciones mientras el oficio periodístico pierde terreno, precisión y silencio para pensar.

Hay un dato que dejó de ser anecdótico para volverse estructural: en muchas áreas del Estado hoy trabajan más comunicadores que periodistas en varias redacciones privadas. No es una metáfora. Es una reorganización del poder simbólico. Mientras los medios ajustaron recursos, el aparato público entendió que la disputa ya no es solo por la gestión, sino por el relato de la gestión.

Las plataformas digitales —Facebook, X, Instagram, TikTok— consolidaron ese giro. El funcionario puede hablar sin intermediarios, emitir sin repreguntas, instalar agenda sin contraste inmediato. La lógica es eficiente: menos fricción, más control. Pero eficiencia no es sinónimo de calidad democrática.

Aquí conviene diferenciar oficios. El comunicador institucional tiene una tarea clara y legítima: difundir actos de gobierno, ordenar el mensaje, construir identidad narrativa. Trabaja para una estructura. El periodista, en cambio, no trabaja para la estructura sino frente a ella. Su función es interrogar, contextualizar, comparar. No embellece; examina. No celebra; contrasta. Cuando esa frontera se diluye, la información pierde tensión y se convierte en versión.

Durante años se repetía en las redacciones una máxima sencilla: “los diarios que se escriben para el poder no los lee la gente”. No era una consigna romántica, era una regla empírica. El lector percibe cuándo un texto nace del interés público y cuándo responde a una conveniencia política. Hoy el soporte cambió, pero la advertencia sigue intacta. El contenido pensado para agradar al poder podrá circular, pero difícilmente genere confianza.

La degradación no es solo externa. Parte del ecosistema mediático también resignó exigencia. La urgencia por publicar, la precarización laboral y la falta de formación rigurosa erosionaron el método. El periodismo no es intuición ni militancia; es técnica. Requiere lectura de datos, contraste de fuentes, comprensión histórica y económica. Sin ese andamiaje aparece la fragilidad conceptual: se confunden opiniones con hechos, consignas con información, énfasis con evidencia.

La grandilocuencia ocupa el lugar de la precisión. Los anuncios se inflan, los informes se reiteran, las cifras se presentan sin contexto comparativo. El copy-paste de comunicados oficiales reemplaza a la elaboración propia. La palabra pierde densidad y el discurso público se vuelve autorreferencial.

En paralelo, el escenario digital amplifica otro fenómeno: el ruido permanente. No hay pausa. No hay silencio. Y sin silencio no hay pensamiento. La conversación pública se parece más a una superposición de consignas que a un intercambio de argumentos. En ese clima, el periodista que no resulta funcional se expone a campañas de descalificación. El hater no discute ideas; intenta erosionar reputaciones. No busca refutar; busca ensuciar. Es una forma de disciplinamiento que opera desde la periferia digital pero con efectos concretos.

El resultado es paradójico. Nunca hubo tanta producción de contenidos y, sin embargo, crece la desconfianza. La ciudadanía no abandona las noticias por apatía sino por saturación y sospecha. Cuando la información parece propaganda, el receptor se desconecta. No porque la realidad no importe, sino porque el relato dejó de ser creíble.

La democracia necesita comunicación institucional. Pero depende del periodismo. Uno organiza el mensaje del poder; el otro organiza el derecho de la sociedad a entenderlo. Sin precisión, sin sentido común y sin rigor, la palabra pública se vacía. Y cuando la palabra se vacía, el ciudadano deja de escuchar.

Recuperar el oficio no es nostalgia. Es condición de credibilidad. En tiempos de ruido constante, la verdadera diferencia profesional tal vez consista en algo más simple y más exigente: volver a preguntar, verificar y pensar antes de publicar.