El caos como método… y como rutina

En la segunda quincena de enero, la política comarcana regresó con virulencia a las redes sociales. Se reeditó, aunque de manera invertida, una lógica conocida: si antes las redes amplificaban lo que publicaban los medios, hoy son los medios los que se hacen eco de lo que se postea en redes. En ese contexto, vale la pena distinguir entre posturas y estrategias.
Hay una escena que se repite con precisión casi mecánica en la política contemporánea: la provocación elevada a virtud, el exabrupto presentado como franqueza, la agresión verbal convertida en identidad. Todo parece espontáneo. Nada lo es. Todo parece disruptivo. Todo está ensayado.
La novedad, en realidad, no existe. Existe la repetición. Existe el calco. Existe la convicción —sincera y algo ingenua— de estar protagonizando una ruptura cuando apenas se está replicando una técnica.
Giuliano da Empoli lo describió con claridad en Los ingenieros del caos: la política dejó de ser el arte de procesar complejidades para transformarse en una ingeniería de emociones básicas. No se trata de convencer, sino de activar. No de explicar, sino de irritar. El conflicto no es un accidente: es el producto.
Lo interesante no es que este modelo haya sido importado. Lo verdaderamente revelador es la devoción con la que se lo aplica, incluso en sus versiones más rudimentarias. Desde el aspirante a concejal de la localidad más pequeña hasta el influencer sin pasado ni proyecto, todos repiten la misma liturgia: enemigo difuso, lenguaje tosco, certeza absoluta. Todos distintos. Todos idénticos.
La estrategia, presentada como audaz, se apoya en una simplificación extrema: reducir la política a un combate moral donde el grito sustituye al argumento y la viralización reemplaza al sentido. El insulto no es un exceso; es una contraseña. Quien insulta pertenece. Quien no, queda fuera del juego.
Pero hay una confusión de fondo que el entusiasmo suele ocultar: simplificar no es clarificar. Hacer ruido no es tener potencia. Y provocar no equivale a pensar. Cuando la estrategia se vuelve burda, deja de ser estrategia y pasa a ser hábito. Y el hábito, en política, rara vez conduce a algo nuevo.
El propio Da Empoli advierte lo que rara vez se menciona entre los entusiastas del caos: este modelo no construye orden ni produce horizonte. Desgasta el lenguaje, erosiona la confianza pública y empobrece la conversación democrática. Después del estallido viene el vacío. Después de la furia, el silencio.
La paradoja es evidente: quienes se presentan como antisistema terminan siendo sus engranajes más previsibles. No desafían la lógica del poder; la reducen hasta volverla vulgar. No rompen la política tradicional; la degradan hasta que parezca innecesaria.
Tal vez, en tiempos de griterío permanente, el verdadero gesto disruptivo no sea provocar sino pensar sin necesidad de hacerlo. No copiar el caos, sino animarse a la incomodidad de la inteligencia. No repetir el manual, sino escribir algo que no esté ya subrayado.
Porque cuando la rebeldía se convierte en fórmula, deja de ser rebeldía. Y cuando el caos se vuelve rutina, ya no inquieta: se vuelve previsible.