EEUU e Israel lanzan una ofensiva directa contra Irán y abren un escenario de guerra regional

La operación conjunta apunta a un cambio de régimen en Teherán. Hay decenas de muertos, ataques cruzados en varios países del Golfo y riesgo de bloqueo en el Estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo mundial.
Por primera vez desde la revolución islámica de 1979, Washington y Jerusalén activaron una operación militar coordinada con un objetivo explícito: debilitar o derribar al régimen iraní. La ofensiva, lanzada en la madrugada del sábado, combinó ataques aéreos de gran escala contra instalaciones estratégicas, mandos militares y objetivos sensibles en Teherán y otras ciudades.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, confirmó que la campaña “durará lo que haga falta” y la definió como un intento de eliminar lo que considera una “amenaza existencial”. El presidente estadounidense, Donald Trump, habló de una operación “masiva” —bautizada en Washington como Furia Épica— y exhortó abiertamente a la población iraní a sublevarse cuando concluyan los bombardeos.
Según reportes de agencias internacionales, los primeros blancos incluyeron centros de mando, complejos vinculados al programa nuclear y residencias oficiales. Medios iraníes informaron de al menos un centenar de muertos, entre ellos civiles, tras el impacto en una escuela en el sur del país y un pabellón deportivo en Lamerd. Las cifras no han sido verificadas de manera independiente.
En paralelo, fuentes regionales citadas por Reuters aseguraron que altos mandos militares iraníes habrían fallecido bajo las bombas. Teherán no confirmó oficialmente esas versiones. La capital amaneció con columnas de humo visibles en distintos barrios y cortes casi totales de internet y telefonía móvil.
La respuesta iraní fue inmediata. Misiles y drones fueron lanzados contra territorio israelí y contra bases estadounidenses en Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Israel declaró el estado de emergencia y cerró su espacio aéreo. En Jerusalén y Haifa sonaron sirenas antiaéreas durante horas. Las autoridades israelíes informaron de heridos y daños puntuales, sin precisar balances definitivos.
La escalada impactó de lleno en el Golfo Pérsico. La misión naval europea Aspides comunicó que ningún buque puede atravesar el Estrecho de Ormuz, paso clave por el que transita cerca del 20% del comercio mundial de crudo. Un eventual bloqueo prolongado tensionaría los mercados energéticos y podría disparar el precio internacional del petróleo en cuestión de días.
El trasfondo es una enemistad estructural que en los últimos dos años abandonó la lógica de la guerra encubierta —ciberataques, asesinatos selectivos y operaciones indirectas— para entrar en una dinámica de enfrentamientos abiertos. Israel e Irán ya se habían cruzado en 2024 y 2025 con intercambios de misiles y ataques limitados. Esta vez, el objetivo declarado excede la disuasión: se trata de alterar el equilibrio interno del poder en Teherán.
Netanyahu llega a esta ofensiva en un contexto político complejo, con elecciones previstas para octubre y encuestas que no garantizan la continuidad de su coalición. Trump, por su parte, endurece su narrativa sobre la “aniquilación” del programa nuclear iraní y asume públicamente la posibilidad de bajas estadounidenses.
En Teherán, el Gobierno calificó el ataque como una agresión directa contra la soberanía nacional y llamó a la “resistencia”. Las autoridades aseguraron que el abastecimiento de combustible y medicamentos está garantizado, aunque medios locales reportaron largas filas en gasolineras y compras masivas de alimentos básicos en el norte de la capital.
El riesgo inmediato es la regionalización plena del conflicto. Si milicias aliadas de Irán, como Hezbolá en Líbano, se suman activamente, Israel anticipó que ampliará su radio de acción contra infraestructuras estratégicas. Washington ya había reforzado su presencia aérea en la zona con cazas de quinta generación y aviones de reabastecimiento.
La pregunta no es si habrá más rondas de ataques, sino hasta dónde escalarán. Oriente Próximo entra en una fase de alta volatilidad, con tres variables críticas: la estabilidad interna iraní, la reacción de los actores del Golfo y el impacto energético global. El margen para la diplomacia se estrecha a medida que la lógica militar se impone sobre las negociaciones nucleares que, hasta hace días, seguían formalmente abiertas.
El conflicto dejó de ser un intercambio calculado de advertencias. Ahora es una guerra declarada, con consecuencias que exceden ampliamente a los protagonistas directos.