Del “me gusta” al obituario

Alguna vez fue la plaza pública digital. Hoy, para muchos, es el cementerio virtual. Entrar a Facebook se parece cada vez más a recorrer una página de avisos fúnebres: fotos en blanco y negro, recuerdos de escuela, aniversarios de muerte, el invariable “que brille para él la luz que no tiene fin”. La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿en qué momento la red social que prometía conexión y empatía se convirtió en un archivo constante de despedidas?
Facebook nació en 2004 como un campus extendido de Harvard University. Su creador, Mark Zuckerberg, la pensó como una herramienta para conectar estudiantes. La promesa era simple: vínculos, comunidad, cercanía. Dos décadas después, el paisaje es otro. La red no sólo creció: envejeció con sus usuarios.
Los datos disponibles muestran una tendencia clara. En Estados Unidos y Europa, el segmento de mayor crecimiento en Facebook en los últimos años fue el de mayores de 45 y 55 años, mientras que los menores de 30 migraron hacia plataformas como TikTok o Instagram. En América Latina el fenómeno es más gradual, pero la curva etaria también se desplazó. Facebook dejó de ser el territorio adolescente para convertirse en el espacio donde la generación que abrió su cuenta en 2008 hoy transita la madurez.
Ese corrimiento tiene consecuencias culturales. Las redes no sólo reflejan la edad de sus usuarios: reproducen sus temas. Si una comunidad envejece, sus preocupaciones cambian. Aparecen recuerdos de la secundaria, fotos de archivo, homenajes a familiares, aniversarios de casamiento. Y, de manera inevitable, obituarios.
No es casual. A medida que una generación entra en la franja de mayor riesgo biológico, la muerte se vuelve estadísticamente más presente. Lo que antes estaba confinado a la sección fúnebre de un diario hoy se publica en tiempo real, amplificado por algoritmos que priorizan interacciones emocionales intensas. La muerte genera comentarios, reacciones, compartidos. El sistema la distribuye.
¿Fue previsto por sus creadores? Es difícil afirmarlo, pero la arquitectura de la plataforma sí contempla la persistencia post mortem. Facebook permite convertir un perfil en “conmemorativo” cuando el titular fallece. El muro permanece activo como espacio de recuerdo, administrado por un contacto legado. En la práctica, eso implica que la red se va poblando de perfiles congelados en el tiempo, cápsulas digitales que sobreviven a sus dueños.
La dimensión futura es aún más inquietante. Estudios académicos proyectaron que, si la red mantuviera su ritmo de crecimiento, hacia fines de siglo podría albergar más perfiles de personas fallecidas que vivas. Aunque esas proyecciones dependen de variables inciertas, el fenómeno ya está en marcha: cada año se suman millones de cuentas inactivas por muerte. Facebook no sólo es una red social; es también un archivo demográfico.
En paralelo, los jóvenes construyen identidad en otros territorios digitales. Facebook queda como espacio de familia, barrio, escuela, comunidad local. Allí se anuncian nacimientos, cumpleaños y, cada vez más, despedidas. Se transformó en una especie de acta civil permanente, donde la vida y la muerte se notifican con la misma interfaz.
Para muchos usuarios, la experiencia se volvió emocionalmente pesada. Abrir la aplicación ya no garantiza distracción sino la posibilidad de un nuevo duelo. La red diseñada para producir dopamina mediante el “me gusta” hoy dispara, con frecuencia, melancolía.
La pregunta no es sólo tecnológica, sino cultural. ¿Estamos asistiendo a la primera generación que deja un rastro digital completo de su existencia? ¿Qué ocurrirá en diez años, cuando esa masa de perfiles conmemorativos sea aún mayor? ¿Se convertirá Facebook en un archivo histórico de escala inédita o en un territorio cada vez más silencioso?
Las redes sociales prometieron eternidad digital. Lo que no previeron —o no dimensionaron— es que la eternidad también incluye la muerte. Y que, cuando una comunidad envejece en línea, el algoritmo no distingue entre celebración y despedida.