DAVOS: las potencias medias buscan romper el juego de los grandes

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No fue un discurso de ocasión ni una pieza diplomática para el aplauso fácil el primer ministro canadiense Mark J. Carney, expresó algo más inquietante —y a la vez más revelador—: el reconocimiento explícito de que el orden internacional tal como lo conocimos ya no existe, y que insistir en fingirlo se ha convertido en una forma de autoengaño estratégico.

Carney no habló de “transición”, habló de ruptura. No apeló a la nostalgia del multilateralismo clásico ni al consuelo de las instituciones debilitadas. Planteó, sin eufemismos, que el mundo entró en una etapa de rivalidad descarnada entre grandes potencias, donde la integración económica dejó de ser garantía de prosperidad para convertirse en instrumento de coerción.

Aranceles, finanzas, energía, cadenas de suministro: todo es hoy palanca de presión. Y frente a ese escenario, el mensaje fue tan incómodo como claro: adaptarse no alcanza.

El fin de la “ficción amable”

Uno de los pasajes más potentes del discurso recupera a Václav Havel y su célebre concepto de “vivir dentro de una mentira”. Durante décadas —admite Carney— países como Canadá colocaron el cartel en la vidriera: el del “orden internacional basado en normas”. Sabían que no era del todo cierto, que las reglas se aplicaban de manera selectiva, que los poderosos se reservaban excepciones. Pero el sistema funcionaba… hasta que dejó de hacerlo.

La afirmación es brutal por su honestidad: la ficción era útil mientras el hegemón garantizaba bienes públicos globales. Hoy ya no. Y seguir actuando como si nada hubiera cambiado solo profundiza la vulnerabilidad de quienes no juegan en la liga de las superpotencias.

El mundo no quiere más antagonismo, pero tampoco subordinación

El punto más interesante —y menos declamatorio— del planteo canadiense es que no propone un alineamiento automático ni una reedición de bloques ideológicos. Tampoco una retirada nacionalista hacia “fortalezas” autosuficientes. Advierte, incluso, que ese camino sería más pobre, más frágil y menos sostenible.

Lo que emerge es otra cosa: la búsqueda de un tercer espacio, impulsado por las potencias medias, que no quieren ser ni peones ni botín en la disputa entre gigantes.

“No estar en la mesa es estar en el menú”, sintetiza Carney con crudeza. Y agrega una verdad incómoda: cuando los países intermedios negocian solos con un hegemón, no ejercen soberanía; la representan mientras aceptan la subordinación.

Realismo basado en valores: pragmatismo sin cinismo

Canadá propone lo que denomina un “realismo basado en valores”. No es ingenuidad multilateral ni moralismo vacío. Es asumir que el mundo es áspero, que los intereses divergen, pero que renunciar a los principios no garantiza seguridad.

La clave está en la coherencia: aplicar los mismos estándares a aliados y rivales, reducir vulnerabilidades internas, diversificar relaciones externas y construir fuerza propia. Solo así —plantea el discurso— una política exterior basada en valores deja de ser retórica y se convierte en capacidad real.

Potencias medias: juntas o irrelevantes

Tal vez el mensaje más disruptivo de Davos no esté dirigido a las grandes potencias, sino a las medianas. A ellas les dice, sin rodeos: compitan entre ustedes por el favor del poderoso y perderán todas; cooperen entre sí y podrán crear reglas que funcionen.

No se trata de revivir un multilateralismo declamativo, sino de construir coaliciones flexibles, tema por tema, capaces de compartir costos, reducir coerción y generar autonomía real. Comercio, energía, defensa, tecnología, inteligencia artificial: la cooperación selectiva aparece como la única alternativa al sometimiento individual.

Quitar el cartel

La metáfora final vuelve a Havel: quitar el cartel de la ventana. Dejar de fingir que el viejo orden sigue vigente. Nombrar la realidad tal como es. Y, desde allí, construir algo nuevo.

En tiempos donde el antagonismo entre potencias amenaza con arrastrar a todo el sistema internacional a una lógica de suma cero, el discurso canadiense —si efectivamente fue pronunciado en esos términos— expresa algo que muchos piensan y pocos dicen: el mundo no necesita más hegemonías sin reglas, pero tampoco puede sobrevivir aferrado a reglas que ya no se cumplen.

Las potencias medias parecen haberlo entendido antes que nadie. Y en esa comprensión, quizás, esté germinando la salida a un mundo cada vez más tenso, fragmentado y peligroso.

Porque la nostalgia no es una estrategia. Y fingir, mucho menos.

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