Cuando la política cruza la línea

Las grandes crisis suelen actuar como una lupa. Amplifican lo mejor y lo peor de una sociedad. Las inundaciones que golpean a Tucumán en estos días no sólo dejaron rutas cortadas, evacuados y pueblos enteros bajo el agua. También dejaron al descubierto algo más profundo: el nivel de deterioro del clima político.
Cada vez que el agua avanza, también crece la disputa por las responsabilidades. Funcionarios provinciales apuntan al desfinanciamiento de la Nación para el mantenimiento de obras hídricas. Dirigentes libertarios replican señalando obras inconclusas y cuestionando el gasto político de la provincia. En el medio, las redes sociales se convierten —como tantas veces— en el escenario donde la discusión se degrada. Allí casi todo se dice con agresividad, con ironía o con desprecio.
Pero lo que durante años quedó limitado al terreno digital esta vez se trasladó al cuerpo.
El episodio que terminó con el diputado nacional Federico Pelli con la nariz fracturada tras un cabezazo de Marcelo Segura, hombre cercano al ministro Darío Monteros, es mucho más que una disputa entre dos personas. Es la expresión física de un clima que se viene incubando desde hace tiempo.
En el video del episodio se observa una escena que ya se volvió demasiado habitual en distintos puntos de la provincia: hombres que se mueven como custodios informales del poder. Figuras que, sin investidura institucional clara, se arrogan el derecho de ordenar, desplazar o impedir la presencia de otros en espacios públicos.
No es la primera vez que ocurre. El propio Segura ya había protagonizado un episodio anterior cuando “invitó a retirarse” al tiktoker Alan Paredes durante otra cobertura. El mensaje implícito es siempre el mismo: alguien decide quién puede estar y quién no. Quién puede registrar imágenes y quién debe irse.
Ese comportamiento no es menor. En democracia, el espacio público no tiene dueños. Mucho menos en medio de una emergencia donde lo que está en juego es el derecho de la sociedad a ver, registrar y comprender lo que ocurre.
Cuando se naturaliza la idea de que alguien puede controlar cámaras, teléfonos o presencias, lo que se empieza a erosionar no es sólo el trabajo periodístico. Es algo más profundo: la lógica misma de la vida democrática.
Las democracias no se rompen de un día para otro. Se desgastan lentamente. Primero se degrada el lenguaje. Luego se naturaliza la descalificación. Después aparece la intimidación. Y finalmente la violencia.
Por eso el cabezazo que fracturó la nariz de un diputado nacional no es solamente un incidente. Es una señal.
Las condenas en redes sociales, los posteos solidarios y las declaraciones institucionales suelen aparecer rápidamente. Pero el problema no se resuelve con tuits. Se resuelve con conductas. Con límites claros. Con dirigencias que entiendan que la violencia política no es un exceso de temperamento sino una amenaza directa a las reglas del juego democrático.
Tucumán atraviesa una emergencia hídrica que exige coordinación, responsabilidad y presencia del Estado. Sin embargo, lo que aparece muchas veces es otra escena: disputas de poder, territorialidades informales y una escalada de agresividad que termina desplazando el foco del verdadero problema.
Quizá este episodio sirva para algo más que alimentar la polémica del momento. Tal vez sea una oportunidad para preguntarse qué tipo de política se está construyendo.
Porque cuando en una sociedad se empieza a aceptar que la violencia es parte del paisaje, el riesgo no es sólo para quienes reciben el golpe. El riesgo es para todos.