Cuando Argentina deja de tejer futuro

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textil

El 27 de enero de 2026 será recordado como otra página oscura para la industria manufacturera argentina. La histórica empresa textil Emilio Alal, con más de un siglo de actividad en Corrientes y Chaco, bajó sus persianas y despidió a 260 trabajadores ante un contexto económico que volvió inviable su producción: competencia de importaciones a bajo costo, caída del consumo y costos internos que estrangulan a las fábricas locales.

Pero este no es un hecho aislado: es parte de una crisis sistémica que devora al corazón productivo del país. Entre diciembre de 2023 y junio de 2025, cerca de 380 empresas textiles cerraron y 11.500 empleos formales se perdieron en el sector industrial. La productividad textil cayó 24% interanual en octubre de 2025, muy por encima del promedio manufacturero.

La utilización de la capacidad instalada se desplomó por debajo del 35% en muchas plantas, un nivel históricamente bajo. En muchos casos, fábricas medianas y pymes tienen suspendidos o desvinculados a miles de trabajadores mientras las máquinas quedan en silencio.

Este achicamiento del sector es más profundo que una mala coyuntura: hay sectores donde 6 de cada 10 empresas redujeron empleo en el último año.

El sector textil no está aislado. Su crisis expone tres fallas estructurales del modelo económico actual:

  • Competencia de importaciones sin reglas claras: productos baratos de Asia y mercados globales, muchas veces con menores aranceles, presionan los precios locales.
  • Consumo interno débil: la retracción del salario real limita la demanda de productos nacionales.
  • Costos internos y financieros elevados: tasas de interés altas, cargas impositivas, energía y logística encarecida que erosionan la competitividad.
  • Para dirigentes industriales y sindicales, estas condiciones replican recetas que no producen trabajo ni industria, sino que reproducen pérdida de capacidades productivas.

La sombra de los 90: ¿lo que no aprendimos?

La crisis textil de hoy recuerda, con matices, el fenómeno que vivió la Argentina en los 90 con el llamado ajuste estructural. Durante ese período, medidas de liberalización, privatizaciones y apertura arancelaria llevaron a una caída dramática de la producción industrial y a un incremento marcado del desempleo.

Sabemos por investigaciones económicas e históricas que ese proceso implicó:

  • Retracción severa del empleo manufacturero y cierre de plantas.
  • Pérdida de capacidades productivas acumuladas en décadas.
  • Aumento de la dependencia del mercado externo y menor diversificación productiva.

Hoy también se repiten discursos que impulsan sectores extractivos o de baja densidad laboral como motor único de la economía. La advertencia de los analistas sindicales y de organizaciones fabrilistas es clara: “soportar una estrategia que dependa de tres sectores —minería, energía y agricultura— no alcanza para garantizar empleo suficiente en un país de casi 50 millones de habitantes”.

La industria no solo da empleo formal: es el tejido que sostiene otras actividades —servicios, educación técnica, investigación, encadenamientos productivos— y produce valor agregado antes de exportar o vender en el mercado interno.

Cuando la industria se achica:

  • Se exportan materias primas en lugar de productos terminados.
  • Se crean menos empleos de calidad.
  • Se pierde independencia tecnológica y productiva.
  • Se exporta trabajo y se importa lo que antes se producía acá.

Esto no es solo un problema argentino. En países con fuerte dependencia de recursos naturales —como algunos estados petroleros africanos— se observa un fenómeno conocido como “maldición de los recursos”: riqueza exportable concentrada en pocos sectores que no impulsa crecimiento sostenido ni distribución amplia de empleo. La evidencia global indica que depender de commodities sin diversificar hacia manufacturas tiende a limitar el desarrollo económico a largo plazo.

¿Puede un país prosperar sin industria?

Algunos países ricos en recursos naturales —como Noruega o Australia— han utilizado sus ingresos de petróleo o minerales para financiar educación, infraestructura y servicios, pero también diversificaron su economía e industrializaron sectores de alto valor agregado, revirtiendo los riesgos de dependencia exclusiva de recursos.

En cambio, economías que no diversifican ni industrializan suelen enfrentar:

  • Crecimiento económico volátil
  • Empleo precario o insuficiente
  • Distribución de riqueza desigual
  • Vulnerabilidad a shocks externos

La pregunta que queda flotando tras cada fábrica que cierra es simple y brutal: ¿qué modelo queremos? ¿Uno que produce riqueza local, empleo y soberanía productiva, o uno que exporta soja y minerales y consume importaciones en lugar de manufacturas nacionales?

Mientras las máquinas se detienen, no solo se pierden empleos: se quiebra el futuro colectivo. Una patria sin industria es una patria sin tejido social sólido. Producir no es una opción: es la columna vertebral del desarrollo. (Redacción asistida por IA)

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