El egoísmo virtual: mirar, usar… y no dar nada

Pará un segundo. Esto lo hacés. Todos lo hacemos.
Entrás a una cuenta. Te gusta lo que ves. Volvés. Consumís. Te sirve. Te entretiene. Te informa. Y sin embargo… no tocás el corazón. No seguís. No comentás. Nada. Pasás, tomás y seguís de largo.
¿Qué te cuesta un “me gusta”?
¿En qué lugar de tu cabeza reconocer al otro te pesa tanto?
¿De verdad sentís que si seguís a alguien perdés algo?
Miremos un caso que ves todos los días. Un video con cientos de miles de visualizaciones. La cuenta, estancada. Pocos likes. Casi ningún seguidor nuevo. Eso que te gustó, que incluso mandaste por WhatsApp, no tuvo devolución. Circula el contenido, no crece quien lo hizo.
Y hay otra escena, más áspera. Leés una buena nota. A la semana aparece “la misma” idea en otra cuenta. Recortada, reescrita, adaptada… sin una sola mención a la fuente. Nadie cita. Nadie agradece. Se toma y se firma.
No es descuido. Es método.
Se instaló una lógica rara: consumir sin comprometerse. Como si interactuar fuera caro. Como si dar crédito fuera perder terreno. Entonces mirás, sacás, replicás… pero no devolvés. Y así, de a poco, el ecosistema se llena de contenido sin origen y de cuentas que crecen sobre el trabajo ajeno.
Después están los comentarios. Ahí sí aparecés. Pero no para construir. Para corregir con soberbia, para tirar ironía, para descargar. Lo positivo lo dejás en silencio; lo negativo, lo escribís. Porque eso mueve más. Porque eso “garpa”. Y las plataformas lo empujan.
¿Siempre fuimos así? Un poco sí. La diferencia es que ahora se ve. Todo queda expuesto. Medido. Comparado. Y lo que antes era un gesto menor —no reconocer, no citar— hoy es práctica masiva.
La pandemia aceleró el vicio: más pantalla, menos filtro, menos paciencia. Y en el medio, una idea que se coló sin que la discutamos: que cada perfil es una marca y que reconocer a otro “te resta”. Como si el crédito fuera un juego de suma cero.
No lo es. Nunca lo fue.
Un “me gusta” no te empobrece. Seguir a alguien no te quita nada. Citar una fuente no te hace menos. Al contrario: te ordena, te legitima, te ubica en una conversación en serio.
Pero elegís no hacerlo.
Entonces, más directo: ¿por qué?
¿Miedo a “inflar” a otro?
¿Pereza?
¿Ego?
¿La ilusión de que, si no reconocés, el mérito te queda más cerca?
Mientras tanto, el sistema premia lo rápido y castiga lo riguroso. Lo que circula sin origen rinde más que lo que se trabaja con método. Y así, el piso baja. Todos consumen. Pocos construyen.
No es una lección. Es un espejo.
Si te gusta algo, reconocelo. Si lo usás, citá. Si volvés, seguí. No cambia el mundo, pero cambia el clima. Y en redes, el clima es todo.
Porque si todos toman y nadie devuelve, en algún momento no va a quedar nada que valga la pena tomar.
Y ahí, la pregunta sería si el problema es la red… o lo que hacemos con ella todos los días.