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Del reggaetón a la mayor vitrina cultural de la televisión mundial. Un artista que ya fue invitado en 2020 como figura de apoyo y regresa como protagonista en 2026. Lo que su show representa en términos culturales y políticos, y por qué desata reacciones polarizadas en un país donde el poder se codea con la impunidad.

por Redacción asistida por IA

Puerto Rico y su música en el centro del escenario más visto de la televisión. El puertorriqueño Bad Bunny, cabeza del halftime show del Super Bowl LX, no llegó allí por casualidad ni por moda: está ahí porque millones de personas en todo el mundo consumen su música, comparten su estética y lo reconocen como un símbolo cultural global.

Su presencia en ese marco de masividad obliga a una lectura más profunda que la superficial celebración de hits o puestas escénicas. El Super Bowl no es un concierto más, es un ritual de la cultura norteamericana con alcance planetario: alrededor de 110 a 130 millones de espectadores lo siguen cada año, un ámbito donde la música, el deporte y la identidad colectiva convergen.

Bad Bunny no es ajeno a la política cultural. Antes de su nombramiento como cabeza del medio tiempo, canceló presentaciones en el continente estadounidense en 2025 en respuesta a la intensificación de redadas de inmigración, en una decisión que fue interpretada como solidaridad con comunidades vulnerables y crítica a políticas del gobierno.

Esa relación entre su arte, su identidad y su entorno social no desaparece al pisar el césped de Levi’s Stadium: se transforma en desafío. Una parte de Estados Unidos entronca su molestia con el uso preponderante del español en su repertorio y su figura como representante de una comunidad que a menudo es colocada en los márgenes de la narrativa nacional.

La reacción de sectores conservadores ha sido intensa. Desde llamados a eventos alternativos como el “All-American Halftime Show” con artistas asociados a valores tradicionales hasta declaraciones explícitas del presidente Donald Trump calificando su participación como un “afrenta” a la grandeza americana, el conflicto refleja más que una disputa musical: es un sismógrafo de tensiones sobre identidad, lenguaje y hegemonía cultural.

El dato que muchos omiten en el análisis simplista es que Bad Bunny ya estuvo en un Super Bowl: como invitado en el espectáculo de 2020 junto a Shakira y Jennifer López, un momento que no provocó la misma escala de controversia.

Ese antecedente es clave: la diferencia en la recepción no se explica solo por su música, sino porque hoy su figura se ha consolidado como referente de una comunidad que demanda reconocimiento y espacio propio en el relato público, mientras ciertos sectores reaccionan ante cualquier símbolo de transformación social y cultural con discursos de rechazo.

A diferencia de manifestaciones explícitamente partidarias, la intervención del artista en el medio tiempo de 2026 no consiste en discursos políticos programáticos, sino en el acto mismo de ocupar la gran vitrina cultural con su estética, su idioma y su historia. En el cierre de su actuación, la imagen proyectada —“The only thing more powerful than hate is love”— y el gesto de unir banderas latinoamericanas con una afirmación de orgullo, son señales simbólicas que transportan significado más allá de lo musical.

Ese es el núcleo de la tensión: la masividad de un espectáculo global no es solo una medida de alcance, sino de influencia narrativa. La cultura popular, en este contexto, se convierte en campo de disputa sobre quién define qué es “América”, qué se celebra y qué se excluye.

Bad Bunny está en ese campo con una presencia que desafía marcos tradicionales, haciendo que la masividad no sea un refugio neutral, sino un terreno donde las ideas y convicciones se chocan con el poder en sus múltiples formas.