Amor eterno: la ciencia dice que nos enamoramos apenas dos veces

¿Estado permanente o aspiración intermitente? Un estudio del Kinsey Institute midió lo que la poesía exagera: el enamoramiento intenso es más escaso de lo que creemos.
por Redacción asistida por IA
Hay una industria cultural montada sobre la promesa del “amor para siempre”. Canciones que juran eternidad, películas que congelan el beso final como si fuera un punto de llegada y no el comienzo del desgaste. Pero cuando la estadística entra en escena, el romanticismo se despeina.
Un estudio del Kinsey Institute, publicado en la revista Interpersona y replicado por Infobae, preguntó a más de 10.000 adultos solteros en Estados Unidos cuántas veces estuvieron “apasionadamente enamorados”. La respuesta promedio fue 2,05 veces en toda la vida. Ni una eternidad. Ni diez. Apenas dos.
El dato es incómodo porque rompe el mito binario: no es “una sola vez” como en las novelas, ni es un carnaval infinito de flechazos. Es algo más austero. Más humano. El 14% dijo no haber sentido nunca ese tipo de amor; el 28% lo vivió una vez; alrededor del 30%, dos. Tres o más ya es minoría.
La pregunta de fondo es otra: ¿el amor es un estado o una aspiración? Si por amor entendemos ese vértigo químico —insomnio feliz, obsesión elegante, mensajes que se releen veinte veces— la ciencia sugiere que es un fenómeno episódico. Una suerte de eclipse emocional. Impacta, ilumina, pero no se queda.
Eso no invalida las relaciones largas. Simplemente las coloca en otro registro. La pasión, en términos psicológicos, no es lo mismo que intimidad o compromiso. Puede encender la mecha, pero no necesariamente sostiene la estructura. Como el fósforo: imprescindible para iniciar el fuego, inútil para mantenerlo ardiendo durante años.
La estadística también funciona como espejo generacional. Muchos jóvenes aún no reportan haber sentido ese amor arrasador, pero la probabilidad crece con la edad. Es decir, el enamoramiento no es patrimonio exclusivo de la juventud; es más bien una posibilidad que aparece —o no— en distintos momentos del recorrido vital.
El hallazgo tiene algo de alivio. Si el amor apasionado ocurre, en promedio, dos veces, entonces no haberlo sentido todavía no es anomalía. Y haberlo perdido no es sentencia definitiva. Tampoco haberlo vivido más de una vez es traición a la épica romántica. Es, simplemente, estadística.
En tiempos de aplicaciones, vínculos líquidos y discursos que oscilan entre el cinismo y la idealización, el estudio baja la espuma. El amor no es una línea recta ni una reserva infinita. Es un pico. Una cima que no todos alcanzan, y que casi nadie habita de manera permanente.
Tal vez ahí radique su valor. Si fuera constante, perdería intensidad. Si fuera ilimitado, perdería sentido. La ciencia no mata al amor. Lo vuelve más raro. Y en esa rareza, paradójicamente, más deseable.