Aguilares: cambian corsos por ollas populares

Aguilares no expuso una contradicción. Expuso una coherencia. La coherencia de un sistema que funciona exactamente como fue diseñado —y tolerado— durante años: gestión superficial, ciudadanía indulgente y crítica que llega siempre después del desastre.
Las imágenes de las ollas populares tras las inundaciones recorrieron la ciudad con la fuerza de lo auténtico. Vecinos organizándose, cocinando, asistiendo donde el Estado no llega o llega tarde. No hay nada objetable en eso. Lo incómodo es otra cosa: que la solidaridad vuelva a ocupar el lugar estructural de la política pública, mientras la gestión se administra en clave de evento.
No es un problema de corsos. Es un problema de prioridades. Y, sobre todo, de incentivos. El show no se impone: se demanda
Los gobernantes no gobiernan en el vacío. Gestionan como se los vota, como se los aplaude y como se los tolera. El cotillón no desplaza a la obra pública por capricho: lo hace porque rinde, porque genera visibilidad inmediata, porque no exige procesos largos ni conflictos incómodos. Y porque, durante demasiado tiempo, fue suficiente.
La ciudadanía también es parte del engranaje. Se compra el show, se naturaliza la precariedad estructural y se acepta vivir en zonas inundables como si fuera un dato del paisaje. Hasta que deja de ser abstracto y el agua entra en la casa. Recién ahí aparece la indignación. Tardía, pero intensa. Moralmente correcta, pero políticamente ineficaz.
Emergencia como forma de gobierno
La repetición es el dato central. Las lluvias no sorprenden. Las inundaciones tampoco. Lo que se repite no es el fenómeno climático, sino la renuncia sistemática a resolver lo estructural. Drenajes, planificación urbana, obras de fondo: todo eso queda siempre para después, mientras la política administra la emergencia como si fuera una fatalidad inevitable.
Las ollas populares, en ese esquema, cumplen una doble función. Asisten, pero también absuelven. Permiten que el Estado siga corriendo de atrás porque “la comunidad responde”. Transforman la falta de gestión en épica social. Y desactivan, sin quererlo, la exigencia de responsabilidades.
Sociedad espectadora, crítica de ocasión
Hay una escena que se repite con precisión quirúrgica:
– Antes: tolerancia al gobierno liviano.
– Durante: silencio.
– Después: indignación.
Pero el estatus quo nunca se rompe. Los funcionarios siguen siendo funcionarios. Los inundados, inundados. La crítica no se traduce en cambio porque no cuestiona el pacto de fondo, solo el mal momento.
En un contexto donde el clima de época empuja hacia la despolitización de la gestión, donde se celebra el show y se desprecia la administración, Aguilares no es una excepción: es un ejemplo. La antipolítica no elimina al Estado; lo vacía de responsabilidades. Y eso también se legitima socialmente.
Lo que no se quiere escuchar
Cambiar corsos por ollas populares no es un gesto heroico. Es una señal de alarma. No porque falte solidaridad, sino porque sobra resignación. Porque se sigue aceptando que lo estructural sea siempre postergable y que la tragedia funcione como único momento de lucidez colectiva.
Aguilares no enfrenta solo una emergencia climática. Enfrenta algo más profundo: la naturalización de una política sin planificación y de una ciudadanía que la acepta mientras no duela.
Hasta que duele.
Hasta la próxima lluvia…