¿Por qué pasa lo que está pasando en el mundo?

Un alegato contra el nihilismo contemporáneo

Mi padre era un repertorio andante de citas, con las que pretendía inculcarme enseñanzas profundas. Al advertir en mí indicios de una propensión a creerme importante, solía recitarme en latín un pasaje del libro del Eclesiastés que empezaba con la famosa consigna bíblica “Vanitas, vanitates et omnia vanitas” / “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Con ello me quería alejar drásticamente de toda superficialidad, y me indicaba una y otra vez la infinitesimal y misérrima porción de lo creado, que cada uno de nosotros representa en términos relativos, en las magnitudes cósmicas de la Creación. Me instaba permanentemente a desafiarme, a comprenderme y a comprender mis circunstancias. Me enseñó a entender las miserias humanas y a amar la complejidad existencial de este animalito insignificante, imbuido de un sorprendente anhelo de trascendencia. Me obligó a discutirle sus pensamientos y a cuestionarme una y otra vez mis propias argumentaciones. Deseaba que razone más y sentencie menos.
Cada vez que intento desentrañar las razones de los sucesos que observo, intento seguir sus consejos. Trato, no siempre con éxito, de desembarazarme de la pretensión de considerarme portavoz de la verdad exclusiva. He aprendido que aquel que dice tener todas las certezas suele ser un necio o un fanático.
Tengo la costumbre cada tanto de ver la reseña de noticias del Canal 26. Es un noticiero internacional donde se desgrana información cruda, con nulo o escaso aporte de opinión de los cronistas. Se trata hoy casi de una excepcionalidad que merece ser destacada. Lo informado se somete al escrutinio racional del televidente con bastante menor parcialidad con que se lo suele hacer habitualmente en otros medios, tan teñidos de una parcialidad ideológica, que suelen oficiar de distorsionadores deliberados de lo real.
La visión del noticiero abruma al espectador sensible. Con excepciones esporádicas, lo que vemos es una sucesión de tragedias, eventos tortuosos, episodios de violencia, descripciones de guerras y muertes inútiles, todo decorado con declaraciones altisonantes de líderes mundiales cada vez más caricaturescos y peligrosos.
Es tal el despliegue de noticias absurdas y la carencia de sentido común que observamos, que tenemos una cierta predisposición apocalíptica, y nos asustamos ante una realidad inquietante, a la que consideramos inédita. En ocasiones el asombro se torna estupor y no podemos creer lo que estamos viendo… nos sentimos inmersos en una extraña pesadilla de insensatez colectiva.
Cuando esa sensación desagradable empieza a invadirme, retrotraigo mi mente a la imagen paterna y recuerdo su voz melodiosa recitar la continuidad de aquellos párrafos bíblicos: “Lo que ha sucedido, vuelve a suceder… nihil novum sub sole” (no hay nada nuevo bajo el sol).
Papá se divertía explicándome que los problemas humanos se repiten cíclicamente y que la raíz de nuestros males es más o menos la misma, con circunstancias diferentes, con tiempos distintos, con tecnologías novedosas, pero con el mismo espíritu humano sometido a las tensiones que le exige descifrar las razones de su existir.
Cada vez que veo a Trump, a Milei, a Putin, y a tantos otros haciendo alarde de prepotencia, de falta de sentido humanitario, y portadores de una inmensa vanidad superflua, me recuerdo aquella cita y me basta echar un rápido vistazo histórico para darme cuenta que carecen de originalidad. Sus mensajes no son nuevos. Son una puesta en escena renovada de las mismas patologías repetidas en la historia universal.
El ser humano es un animal que necesita dotar a su vida de un sentido existencial. Sin este direccionamiento se precipita a un vacío difícil de soportar. Desde las primeras comunidades humanas la divinidad ocupó un rol preponderante, casi una especie de ordenador social en base a lo cual se estructuraron las sociedades.
Las corrientes fundamentalistas teocráticas dejaron una huella sangrienta espantosa, y Dios se usó como excusa para matar a mansalva. La maldad absoluta, en estado puro, es difícil de encontrar. Por ello, para enseñorearse del mundo, el mal no trepida en usar a Dios y disfrazarse de los pretextos más nobles para justificar su existencia.
Las guerras religiosas, el exterminio del que piensa diferente y la discriminación al otro han sido moneda corriente, recurrente en nuestra historia. Lo que conocemos como Historia suele ser la narrativa absurdamente apologética y epopéyica de monstruosos asesinatos colectivos. Nuestras naciones se construyeron derramando sangre, robando y expoliando civilizaciones enteras y sometiendo por la fuerza a quienes eran diferentes. El planeta está lleno de estatuas erigidas en honor de asesinos masivos, honrados por su aptitud eximia para matar a mansalva.
Suena duro, pero es constatable empíricamente.
Hartos de sangre y de dioses vengativos, hace un par de centurias empezó un lento proceso en las geografías universales, donde los pensadores empezaron a desafiar a la divinidad, y algunos, con petulancia gritaron que “Dios ha muerto”.
Un libro formidable de Albert Camus que se llama “El hombre rebelde” nos describe ese camino intelectual cuyas huellas todavía perduran en el alma de los pueblos. Camus nace en Argelia en 1913 y muere en Francia en 1960. Es un pensador angustiado que ha vivido entre guerras. El Siglo XX es el centenario del horror llevado a su máxima escala. El mal cuenta ya con una tecnología devastadora y el fantasma de la muerte violenta adquiere una naturalidad espantosa. Primera Guerra Mundial, Revolución Bolchevique, ascenso del fascismo al poder en Italia, irrupción de Hitler y el nacionalsocialismo en Alemania, Segunda Guerra Mundial, bombas atómicas, guerra fría, guerra de Corea, sangrienta lucha entre los independentistas argelinos y la represión francesa, son el escenario histórico en el que se escribe “El hombre rebelde”.
La obra intenta describirnos como la rebelión metafísica es un ingrediente complementario de las revoluciones humanas, y formula un análisis muy interesante de las sucesivas corrientes culturales en su desenfrenada búsqueda de explicaciones ante tamaña dosis de horror. No pretendo reseñar aquí una obra compleja, de una magnitud intelectual muy densa, que transita por un análisis del pensamiento de Hegel, Nietzsche o Marx, entre otros. Lo que quiero dejar aquí es la sensación que su lectura me produjo y su comprensión a la luz de lo que estamos viviendo en la actualidad.
Pienso que tenemos hoy las consecuencias indirectas de un reflujo de aquel nihilismo que describía Camus. La palabra nihilismo deriva del latín “nihil” que significa nada.
El término lo inmortalizó el novelista ruso Iván Turguénev en su obra titulada “Padres e hijos”, en la que acuñó el vocablo para identificar a uno de sus protagonistas, Yevgueni Bazárov, al que se considera como el prototipo de una corriente filosófica que sostiene que la vida carece de sentido o propósito, despreciando las emociones y adhiriendo a un crudo materialismo.
Dostoievsky, feroz antagonista de Turguénev, con el que mantenían una relación de odio recíproco, retomó el tema y escribió “Los endemoniados”, una dura novela en la que, basado en algunos hechos reales de la vida del nihilista Serguéi Necháyev; y usa su relato para construir una fuerte crítica contra el nihilismo, al que considera la fuente de todos los males de su Rusia natal. Esta novela es una de sus grandes obras maestras y, según el propio Dostoievsky, en una carta dirigida a Máikov, le confiesa que el principal tema de su novela “es el que verdaderamente, consciente e inconscientemente, me ha atormentado toda mi vida: la existencia de Dios”.
En un memorable capítulo Dostoievski pone en boca de Kirillov, un nihilista que ha llevado su ateísmo al extremo de decir que la no existencia de Dios todo lo justifica, y que la consecuencia natural de esa negación implica que no hay más voluntad que la del Hombre, y reivindica para sí mismo el derecho a suicidarse. El profeta de la nada, consecuente con su prédica, extingue su existencia, retornándola a la nada.

Más allá de las implicancias literarias, filosóficas y psicológicas que la lectura de Camus, Turguénev y Dostoievski nos produzcan, el hecho cierto es que son descriptivas de una corriente de pensamiento que se caracteriza por haber perdido el sentido de su existir.
Desaparecida la promesa de la recompensa eterna, cuyo postulado definía Marx como un remedio que la religión ofrecía como “el opio de los pueblos” para adormecer la rebeldía ante la explotación, había que sustituir el destino fatídico de los hombres. Se propone al materialismo histórico como un horizonte y el individuo se subsume completamente en un estado totalitario que lo asfixia. En el otro lado del mundo el materialismo consumista desenfrenado se transforma en razón de ser existencial.
La caída del régimen soviético dio en apariencia un punto final a los conflictos. Solo en apariencia. La globalización no ha traído los beneficios prometidos, o al menos no han servido para pacificar el mundo y propiciar la vigencia del sentido común.
Un nuevo nihilismo, paradojalmente fundamentalista religioso, se ha extendido en el mundo. Es como si de repente algunos redescubrieran, no al Cristo misericordioso de los evangelios, sino al Dios colérico y vengativo del viejo testamento. Una nueva oleada de guerras sangrientas sacude el mundo conocido. Dios está presente en los discursos de los líderes, pero es un Dios combatiente, al servicio de la guerra, una especie de renovada cruzada inquisitorial que justifica las locuras más notables.
Los nihilistas contemporáneos se han apropiado de la tecnología, han instaurado lo que llaman con acierto “la batalla cultural” que es una manera elegante de su pretensión de imponer un pensamiento único, basado en el poder de la fuerza bruta, un predominio de raigambre patriarcal, fundamentalismo religioso y abandono deliberado de las formas civilizadas de comportamiento social.
No hay nada nuevo bajo el sol
Los anarquistas de antaño se dan la mano metafóricamente con los populistas de ambos extremos ideológicos que han copado el centro de la discusión intelectual. Con petulancia han intelectualizado el absurdo y se sienten iluminados, portadores de un mensaje dogmático que debe imponerse inclusive por la fuerza. Renacen los extremos avivados recíprocamente en una retroalimentación perversa, y todo aquel que propicia el entendimiento entre las partes es considerado un pusilánime.
La tecnología permite difundir el disparate con mayor velocidad y eficiencia. Las primeras víctimas son las mentes infantiles y juveniles, recipientes frágiles, que absorben con ingenuidad el odio y la angustia que les transfieren las realidades virtuales, oxímoron absoluto, ya que lo virtual, por definición, no es real. El resultado es que las sociedades van nutriéndose de personalidades superficiales, educadas por el algoritmo, llevadas a una fragilidad emocional que conlleva a un incremento exponencial de las enfermedades de salud mental y los suicidios.
Los nuevos nihilistas ni siquiera saben que lo son. Algunos hablan con altisonancia fanática de Dios y nos indican temerosos el advenimiento cercano del Anticristo. Pero, en su fundamentalismo exacerbado, no comprenden que en el trasfondo de sus mentalidades fanáticas solo hay una ficción, una vertiginosa acentuación de sus egoísmos, impregnados de un nauseabundo e insensato afán de lucro. Muchos de ellos profetizan un futuro tecnocrático perfecto, con transhumanos inmortales, con todas las necesidades satisfechas, pero, por las dudas adquieren extensiones de tierra gigantescas en países remotos, alejados, al menos en teoría, del epicentro de una conflagración mundial que consideran inevitable.
A veces pienso que el dilema de la vida no es tan solo la búsqueda de la felicidad, cuya definición es de por sí dificultosa, sino que radica esencialmente en descubrir el sentido de la existencia y en lograr un adecuado manejo y disfrute de nuestras emociones interiores. El algoritmo pretende adueñarse de nuestras mentes para determinar nuestro sentido y configurar a su antojo nuestras emociones. Esa pretensión, de consumarse, garantizaría la pérdida de nuestra libertad vital…
Retornando al título de esta columna: ¿Por qué pasa lo que está pasando en el mundo? Contesto: Pues sencillamente el hombre reitera en tiempo presente errores pasados, potenciados por las herramientas contemporáneas.
Repasando mi novela “Hitler, un pecado colectivo” puedo ver la reiteración histórica de las mismas brutalidades con disfraces renovados. La reivindicación de la fuerza bruta como elemento decisorio de los conflictos de intereses, es la misma. La discriminación cambia de destinatario, pero subsiste en la esencial diatriba contra el otro. La propaganda se ha sofisticado, pero sigue manteniendo su eficacia ponzoñosa. La aniquilación del humanismo en aras de ideologías dogmáticas con pretensiones dominantes, es la de siempre.
Por eso, porque no hay nada nuevo bajo el sol, es que no hay que tener miedo. Ya hemos vivido circunstancias parecidas, y hemos sobrevivido como especie. Pero, para sobrevivir ha sido necesario adaptarse una y otra vez a los desafíos del momento.
Me parece que el verdadero desafío de lo contemporáneo es el ejercicio de una resistencia pasiva pero firme, consistente en no dejarnos atropellar por la máquina y la propaganda, en defender a capa y espada nuestra capacidad de discernimiento, en pensar para diseñar estrategias que no nos hagan caer en la trampa del nihilismo.
La Nada es una entelequia despreciable. El Hombre es un creador nato de expectativas y ensoñaciones. No puede ni debe perder su impronta emocional. No me propongo evangelizar, ni reivindicar religiones contra la Nada materialista, el debate es más bien de índole filosófica. Sin una filosofía sólida que apuntale la excelsitud del ser humano como un animal con sentido de trascendencia, el retorno al vacío existencial será inevitable.
Hay en este texto un no se qué generacional que quiero transmitir. A esta altura de mi vida, mi definiciones existenciales están robustas y consolidadas, y me han regalado una vida consistentemente feliz. Soy consciente que soy un derivado de aquellas profundidades intelectuales heredadas de mi padre y de mi abuelo. Mi abuelo, aquel filósofo sólido, cuyas obras he releído hace muy poco y que me devolviera la frescura de su pensamiento basado en la observación empírica de lo real, mejorada con la facultad extraordinaria que posee el hombre para abstraer y razonar desde esa plataforma material aprehendida por sus sentidos.
En este legado luminoso generosamente heredado me quiero apoyar para regalarles a mis hijas y a mi nieta en camino, un sentido esperanzador de la existencia. Me gustaría tener la capacidad de transmitirles mis emociones racionalmente elaboradas, para que adquieran el equilibrio emocional imprescindible para vivir y sobrevivir al avasallamiento de la máquina y la locura imperante.
El mundo tuvo, tiene y tendrá insensatos decididos a incendiarlo. Pero también tuvo, tiene y tendrá personas razonables, cultoras del sentido común, de la fraternidad y la empatía, de la cooperación y la solidaridad entre los seres humanos.
Es ese núcleo de “hombres y mujeres rebeldes” donde radica la fortaleza indeclinable de la especie.
Por Sisto Terán Nougués