La retórica del vacío: cuando comunicar es simular que se comunica

Hay un género en expansión dentro de la política contemporánea: el posteo institucional que dice mucho sin decir nada. Abunda en verbos nobles —“articular”, “fortalecer”, “impulsar”—, se apoya en sustantivos indiscutibles —“desarrollo”, “agenda”, “territorio”— y concluye con una épica mínima de consenso. Nadie podría estar en desacuerdo. Ese es, precisamente, el problema.
La lógica es conocida: reunión, foto, texto largo. Pero el contenido efectivo tiende a cero. No hay datos, no hay decisiones, no hay conflicto, no hay precisión. Solo una secuencia de generalidades que podrían aplicarse a cualquier encuentro, en cualquier lugar, con cualquier actor. Una plantilla. Un catálogo de buenas intenciones.
Este fenómeno no es solo una percepción. En comunicación política y estudios de audiencias, conceptos como la “sobrecarga informativa” —desarrollada por el futurista Alvin Toffler— describen cómo el exceso de mensajes reduce la capacidad de procesarlos. Más reciente, la economía de la atención, sistematizada por autores como Herbert Simon, advierte que la abundancia de información produce escasez de atención. Traducido al lenguaje político: cuanto más se publica sin sustancia, menos se lee incluso cuando hay algo relevante que decir.
Las redes sociales, que prometían desintermediar la comunicación, terminaron generando un nuevo intermediario: el algoritmo. Y ese algoritmo premia volumen, frecuencia, repetición. En ese marco, muchos equipos de comunicación optan por la cantidad como sustituto de la estrategia. Publicar se convierte en un fin en sí mismo. Estar, aunque no haya nada que mostrar.
El resultado es una paradoja: se comunica más, pero se informa menos. La saturación no construye agenda; la diluye.
La ciudadanía, expuesta a este flujo constante de obviedades, desarrolla una forma de inmunidad. Deja de leer. O peor: deja de esperar contenido relevante de esos canales. Cuando finalmente aparece una medida concreta o un dato importante, llega tarde o no llega.
Hay, además, una confusión de base entre visibilidad y comunicación. La foto cumple una función —mostrar presencia, validar un encuentro—, pero no reemplaza al contenido. Sin información verificable, la imagen queda reducida a un gesto vacío. Y el texto que la acompaña, si no agrega valor, se vuelve ruido.
¿Es una mala práctica arraigada o una falta de estrategia? Probablemente ambas cosas. La inercia institucional empuja a replicar formatos. Nadie quiere ser el que publique menos. Pero comunicar no es llenar espacios: es seleccionar, jerarquizar y decir algo que merezca ser leído.
La evidencia empírica en comunicación digital es consistente: mensajes claros, breves y con datos concretos generan mayor retención y credibilidad que textos extensos cargados de abstracciones. El problema no es la longitud; es la ausencia de contenido.
En ese sentido, el desafío no es técnico sino conceptual. Implica asumir que no todo encuentro necesita ser comunicado, y que no todo comunicado necesita ser largo. Implica también entender que el silencio selectivo puede ser más eficaz que la verborragia constante.
Porque en el fondo, el riesgo no es solo estético. Es político. Cuando la comunicación pública se vuelve previsible, genérica e intercambiable, pierde su capacidad de construir sentido. Y cuando eso ocurre, deja de cumplir su función básica: informar. Pasa a ser otra cosa. Un ritual. Una puesta en escena donde se habla mucho para no decir nada.
*Lecturas recomendadas sobre sobrecarga informativa y economía de la atención: