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El “Peronpragmatismo” de Osvaldo Jaldo no nació ayer. Tampoco es una rareza exótica en la fauna política argentina. Ya hubo gobernadores que, aun viniendo de veredas ideológicas antagónicas al poder central, eligieron la cercanía antes que la épica del choque. Pero eran otros tiempos. Sin redes. Sin exposición permanente. Sin la lupa microscópica de una sociedad que hojea, captura y sentencia en segundos.

por Néstor Luna (Director)

En el anecdotario reaparecen escenas conocidas: los días de Raúl Alfonsín y la lejanía con Fernando Riera; la intervención de Carlos Menem que desplazó a José Domato y dejó el poder en manos del Chiche Araoz; Julio Miranda administrando la provincia mientras el país consumía presidentes a velocidad inédita; más cerca, Juan Manzur repitiendo como latiguillo que “Tucumán necesitaba un gobierno provincial y uno nacional del mismo signo en tiempos de Mauricio Macri”.

Pero lo de Jaldo es distinto. No es solo pragmatismo. Es un experimento. Y no un experimento en soledad: es compartido con la presidencia libertaria de Javier Milei.

Algunos aseguran que el tranqueño, desde el primer minuto, dejó en claro una convicción cruda: “a los distintos —la palabra utilizada en privado fue menos diplomática— conviene seguirles la corriente”. No enfrentarlos. No desafiarlos. Acompañarlos. Y en poco más de dos años lo hizo a rajatabla. Sin medias tintas. Sin dobles discursos.

Las incógnitas ya no pasan por la táctica. Pasan por el fondo. ¿Y si las formas libertarias no le resultan tan ajenas? ¿Y si en lo profundo no hay tanta distancia entre la ideología que expresa Milei y el peronismo que percibe Jaldo? Dicho sin anestesia: Jaldo puede ser Milei con otra estética. Otra cadencia. Otro decorado. Pero no necesariamente otro pensamiento.

La única verdad es la realidad. Y la realidad muestra que algunas fichas se acomodan solas cuando el tablero es favorable. ¿Qué sería hoy Tucumán si no gobernara Jaldo con Milei en el sillón de Rivadavia? La pregunta no es ejercicio retórico. Es cálculo político en estado puro.

Con un gobierno nacional que no aplica el manual clásico de la negociación federal, pensar la relación provincia–Nación es casi un acto de ficción. Milei no juega a lo que se jugaba antes. Y en ese escenario, Jaldo decidió no desafiar la lógica sino surfearla.

En la centralidad política provincial, sin oposición con volumen en cargos públicos y con buena parte de los antiguos adversarios integrados o neutralizados, el gobernador limpió la vereda de enfrente. Por decisión o por consecuencia, dejó a La Libertad Avanza sola como referencia opositora. La polarización de 2025 puede ser apenas la antesala de 2027.

El pragmatismo extremo tiene una deriva peligrosa: termina sintetizando la política en emociones primarias. Miedo u odio. Miedo a perder lo poco —o lo mucho— que garantiza el statu quo. Odio hacia quienes parecen disfrutar de que nada cambie o de que todo se rompa.

Después de la aprobación de la reforma laboral, las heridas que quedaron no son administrativas. No son de gestión. Son de pertenencia. De identidad. Son peronismo contra pragmatismo.

Nadie osa contradecir en público. Pero el murmullo existe. Y crece. Porque hay una regla básica en política: nadie elige una copia si puede optar por el original. Y nadie guarda el miedo demasiado tiempo sin que, tarde o temprano, se transforme en odio.

Jaldo se percibe peronista. Quizás lo sea en su propia narrativa. O quizás nunca lo fue en términos doctrinarios y simplemente nadie se animó a decirlo mientras el poder ordenaba silencios.

El experimento está en marcha. La incognita es si cuando llegue el momento de la polarización definitiva, Tucumán elegirá identidad o eficacia. Original o copia. Convicción o cálculo.

Y en esa encrucijada, el “peronpragmatismo” dejará de ser estrategia para convertirse en veredicto.