Bad Bunny, del Super Bowl al Monumental

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Tras el golpe simbólico de vaciar sus redes y protagonizar el espectáculo más visto del planeta, el artista puertorriqueño aterriza en Buenos Aires con un show de escala inédita y lógica de evento total.

por Redacción asistida por IA

Después de su actuación en el Super Bowl LX, con una audiencia global superior a los cien millones de espectadores, Bad Bunny confirmó su regreso a la Argentina. El movimiento fue coherente con la construcción de mística que lo rodea: días antes del partido final de la NFL, el artista había vaciado sus redes sociales, un gesto que en la industria funciona como preludio de relanzamiento y reconfiguración narrativa.

La parada local será en el Estadio Monumental, en Buenos Aires, con tres fechas previstas para febrero de 2026. No es un dato menor: el Monumental, con capacidad superior a las 80 mil personas tras su remodelación, implica un salto cualitativo respecto de su última visita al país en 2022, cuando agotó dos Vélez en el marco del World’s Hottest Tour. La escala ya no es la del fenómeno urbano; es la de un artista global que compite en la liga de los shows de estadio más convocantes.

El tour actual acompaña el lanzamiento de “Debí Tirar Más Fotos”, álbum que alcanzó el número uno del Billboard 200 y se mantuvo varias semanas en la cima. Ese rendimiento comercial consolida una tendencia: Bad Bunny dejó de ser solo un líder del streaming latino para convertirse en un actor central de la industria musical global.

La dimensión técnica del espectáculo es otro punto de análisis. En el Super Bowl, su puesta combinó escenografía móvil, narrativa visual vinculada a la identidad caribeña, cuerpos de baile de gran formato y una arquitectura lumínica pensada para televisión y estadio simultáneamente. Ese estándar obliga a una infraestructura acorde en Argentina: escenarios modulares de gran porte, sistemas de sonido line array de última generación, pantallas LED de alta resolución y una distribución sectorizada del campo —con zonas diferenciadas cercanas al escenario— que modifica la experiencia tradicional del recital masivo.

La demanda de entradas confirmó el diagnóstico previo: preventas agotadas en horas y ampliación de sectores para absorber público. En términos económicos, el evento impacta sobre la cadena de valor local —hotelera, gastronómica y logística— y se inscribe en una temporada donde Buenos Aires vuelve a posicionarse como plaza estratégica del circuito internacional.

Hay, además, un componente simbólico. Pasar del show central del fútbol estadounidense al estadio más grande del país en menos de una semana instala una narrativa de continuidad: no es una estrella que baja al sur; es un artista que integra a la Argentina en la misma línea de producción cultural que Nueva York o Miami.

El desembarco no es solo un recital. Es la confirmación de que la industria del entretenimiento latino dejó de pedir permiso. Y que el Monumental, esta vez, será parte de esa escena global.