Reforma laboral: qué te cambia a vos y que queda como estaba

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El Senado le dio media sanción a una reforma laboral que el Gobierno vende como “modernización”. Ahora bien: si sos trabajador, la pregunta es otra. ¿En qué te cambia la vida concreta y en qué no?

Primero, lo que no se tocó.

No hubo cambios en Ganancias. Los gobernadores frenaron cualquier intento de volver a mover esa pieza. Eso significa que el esquema actual sigue igual. Tampoco hubo una cirugía profunda sobre las estructuras sindicales. Las “cajas” grandes no se alteraron. Los gremios no salieron a la guerra, y eso ya dice bastante.

Uno de los puntos fuertes es el famoso “banco de horas”. ¿Qué implica? Que las horas extra no necesariamente se paguen como extra en el momento. Se pueden compensar con tiempo libre más adelante. En los papeles suena flexible. En la práctica, dependerá de quién tenga la lapicera. Si tu empresa está ordenada y cumple, puede ser una herramienta útil. Si no, puede ser una forma elegante de estirar la jornada sin que lo sientas en el bolsillo ese mes.

También hay modificaciones en vacaciones y modalidades de contratación. Se amplían márgenes para acuerdos más “flexibles”. Otra vez: en teoría moderniza; en la realidad, puede traducirse en menos rigidez para el empleador y más incertidumbre para el empleado.

Ahora, lo que sí cambia.

Se alivian cargas y riesgos para las empresas en algunos frentes. El mensaje es claro: contratar debería ser menos costoso y menos riesgoso. El Gobierno apuesta a que eso genere más empleo formal. El problema es que esa promesa ya la escuchaste otras veces.

Entonces, ¿quién gana y quién pierde?

Los empresarios obtienen más margen de maniobra.

Los sindicatos no sufren un recorte estructural.

Las provincias mantienen su equilibrio en Ganancias.

Y el trabajador formal ve cómo algunos derechos se “reordenan” bajo la idea de adaptarse al siglo XXI.

Ahora bien, hay una discusión más incómoda.

Muchos de los derechos que hoy parecen ceder en el texto legal, en la práctica ya estaban erosionados. La pandemia cambió la lógica del trabajo. El home office rompió horarios clásicos. Miles de fábricas cerraron en la última década. El empleo estable dejó de ser la norma para buena parte del sector privado. Y el Estado, como siempre, juega en otra liga: estabilidad, licencias y un paraguas que el privado no tiene.

El concepto de “trabajo” ya no es el mismo que en los 90 ni que en 2003. Es más precario, más híbrido, más incierto. La ley llega tarde a una realidad que ya cambió.

Por eso la sensación de hipocresía generalizada.

El Gobierno habla de revolución.

Los gremios hablan de resistencia pero negocian.

Los empresarios hablan de alivio pero no garantizan empleo.

Y vos seguís mirando si el sueldo alcanza hasta fin de mes.

La reforma no es una motosierra contra el sistema sindical ni una refundación del mercado laboral. Es más bien un ajuste fino dentro de un esquema que nadie quiso dinamitar. Se tocan bordes, no el corazón del modelo.

La pregunta de fondo no es solo si se pierden o no derechos. Es si este marco nuevo va a generar trabajo real, registrado y sostenido. Porque si no pasa eso, todo lo demás es discusión técnica para especialistas.

En síntesis: cambia la letra chica. El tablero grande sigue bastante parecido.

Y en esa rueda donde todos dicen haber ganado algo, el que todavía espera una mejora concreta es el mismo de siempre.