No todo lo que brilla es O.R.O.

El Gobierno nacional lanzó la Oficina de Respuesta Oficial, una nueva herramienta para “combatir la desinformación” y responder a lo que considera operaciones mediáticas. La iniciativa abre un debate sensible sobre comunicación estatal, libertad de opinión y los límites entre respuesta y control.
El Gobierno nacional oficializó la creación de la Oficina de Respuesta Oficial (O.R.O.), una dependencia destinada a intervenir en el debate público para desmentir informaciones que el Ejecutivo considere falsas, malintencionadas o parte de operaciones políticas y mediáticas.
La presentación se realizó a través de redes sociales, con una cuenta específica en X que sigue exclusivamente al presidente Javier Milei y a la Oficina del Presidente. Según el comunicado oficial, la nueva oficina apunta a “dar la batalla contra la desinformación”, bajo el argumento de que en el actual ecosistema digital la sola difusión de información resulta insuficiente.
Desde el Ejecutivo se aclaró que la O.R.O. no busca censurar ni limitar la libertad de expresión, sino ofrecer una respuesta institucional frente a versiones que, según su diagnóstico, distorsionan la realidad. La dependencia funcionará bajo la órbita de la Dirección Nacional de Comunicación Digital y se inscribe en una estrategia comunicacional más activa y confrontativa por parte del oficialismo.
Las reacciones fueron inmediatas. En el plano político y mediático aparecieron comparaciones con experiencias del pasado reciente, así como advertencias sobre el riesgo de que el Estado asuma el rol de verificador último de la verdad. El debate no es nuevo, pero vuelve a cobrar fuerza en un contexto de alta polarización y consumo fragmentado de información.
El nombre elegido tampoco pasó inadvertido. O.R.O. es una sigla cargada de simbolismo en la Argentina, especialmente en un país donde aún resuenan discusiones sobre las reservas, su administración y el traslado de parte del oro del Banco Central al exterior en años recientes. Para algunos, una coincidencia; para otros, una elección poco feliz.
La creación de la oficina también expone una tensión difícil de soslayar: la defensa de la libertad de opinión como baluarte democrático frente a un escenario donde la desinformación es real, pero donde las fronteras entre fake news, interpretación y crítica política suelen ser difusas. Más aún cuando buena parte del actual ecosistema digital se consolidó, en los últimos años, a partir de campañas agresivas, ejércitos de trolls y circulación masiva de contenidos falsos o engañosos desde distintos sectores.
En ese marco, el interrogante queda abierto. Si la O.R.O. será una herramienta para ampliar el acceso a información oficial o si puede convertirse, con el tiempo, en la antesala de un discurso único es algo que no se define por su anuncio, sino por su uso. En comunicación política, como en casi todo, la línea entre responder y disciplinar nunca es explícita: se cruza de a poco.